Narrativa





Mural- instalación, técnica mixta.Alejandro Flores. Participante de la VII Bienal de Artes Visuales.
LA PRENSA/H.Esquivel.
Por: Arquímedes González
Desde que conocí a Vietnam me habló de la guerra, su tema único, permanente y recurrente. Parecía urgido de vomitar eso guardado quién sabe cuánto tiempo. No le interesaba platicar, quería ser escuchado y no interrumpido en su largo monólogo cargado de risas, estados de tristeza, reflexión y espacios en los que se quedaba pensativo como si hubiera olvidado agregar algo.
Volvía de su sueño y reanudaba su relato que nunca perdía intensidad. Era un actor narrando su vida en la montaña donde parecía haber recopilado miles de recuerdos ordenados por estaciones, fechas y horas repitiendo los ruidos que hacían los insectos y animales, describiendo la belleza de los ríos, las quebradas, los valles, las montañas, las ciudades, los olores de la selva, los tipos de explosiones y las lesiones de los heridos cargados en hamacas y trasladados a puestos de salud que quedaban a tres días de camino.
Tenía variados sonidos de la guerra reproduciendo desde el silbido de los disparos de las pistolas Makarov a las descargas de las bazucas antitanques.
Cada segundo ante diversas situaciones, sus conversaciones iban a parar a la montaña. La música era el enfrentamiento, el día nublado, los bombardeos, el cantar de los pájaros, el aburrimiento en la zanja; el ayer le traía cientos de recuerdos como si miles de documentos apilados le cayeran encima y se pusiera a revisarlos para encontrar que tenían nuevos datos, más páginas de detalles pasados por alto y que se esmeraba en rememorar.
Se fijaba en los gestos que yo hacía. Entre más interesado y asombrado me mostraba, más contento se sentía y extendía su relato, pero si me aburría, también insistía, aumentaba la voz, se ponía enfrente, me llamaba la atención tocándome el hombro, dándome palmadas en los brazos, golpeando la mesa, dando vueltas y al convencerse de que recobraba el interés, se sentaba y continuaba.
En los primeros días que lo conocí, aprovechaba desde que íbamos en el vehículo para platicarme algo corto de la guerra, como la vez que en pleno enfrentamiento se le ocurrió dispararle a una vaca y matarla para que la tropa comiera carne porque tenían tres semanas con una monótona y desesperante dieta de arroz y frijoles.
Ampliaba su historia a la hora del almuerzo con aquella vez que dejaron cagando a uno de los reclutas en medio de un inesperado tiroteo y continuaba por la tarde, tras entregar las notas, con aquellos amigos inseparables que sufrieron una emboscada y uno de ellos falleció.
El otro se escondió en la copa de un árbol. Esperó a que los rebeldes acabaran con su tropa y bajó al tercer día para encontrar al grupo completo, muerto. Buscó el cadáver de su compañero, lo descuartizó, le sacó las tripas, lo despellejó y finalmente, los huesos y la cabeza, los acomodó dentro de su mochila.
Deambuló dos semanas entre montañas y veredas, por los ríos y sin comer. Estaba flaco, con los ojos salidos y la mirada de loco. Encontró una unidad militar y ahí le ordenaron quedarse alejado del campamento por el hedor a muerto y podrido que traía.
No quiso que los restos de su amigo quedaran en un hoyo remoto porque le prometió que en caso de ocurrir lo ocurrido, le entregaría a su madre aunque fuera un dedo y se quedó en las afueras esperando por el ataúd que se lo dieron a los cinco días.
Al muchacho lo trasladaron a la capital, estuvo internado en el hospital, pero no lo atendieron sicólogos, más bien lo atiborraron de medicamentos, salió, unos años se volvió alcohólico, otra etapa drogadicto y en la última fase, violento. Quedó tan chiflado, que se le tiraba a los vehículos y en una de ésas, logró su objetivo.
Vietnam casi me seguía a mi casa con la última de sus anécdotas. Hacía un recorrido mental por los cerros, las planicies, hondonadas y colinas donde le tocó vivir esos años bajo la intemperie, sintiendo que en mayo llovía con gotas del tamaño de chibolas, en junio como si fuera una ráfaga, en julio le atacaba de frente, en agosto de espalda, en septiembre desde abajo, en octubre lodazales y en noviembre aparecían las liendres. Entre ellos se cortaban el cabello y quedaban con extraños mechones que los hacían parecer más desquiciados de lo que estaban.
En el invierno eran el frío y los pegaderos de caminos, los insoportables chayules, los necios mosquitos del tamaño de arañas, las molestas coloradillas, garrapatas y las culebras. Seguían las pulgas de las ratas o las moscas de caballos, los chinches, los gusanos venenosos, las cucarachas gigantes, las tarántulas, las arañas peludas, los sapos escupidores, los monos y los cerdos salvajes. En verano era el calor húmedo y la picazón, la falta de comida y la sed.
Me mostró su álbum de fotografías tomadas con una cámara automática que incluía un trípode, y se le miraba enflaquecido, con el uniforme demasiado grande, las botas enlodadas, su piel quemada y con el fusil al hombro, como si ese pedazo de hierro lo clavara en la tierra para que no lo alzara el viento.
En otra, aparecía en una hamaca riendo y con un cigarro en los labios, o pasando una alambrada, haciendo puntería al cielo y tenía una muy bella, tomada desde un helicóptero.
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