Opinión
Una invitación fuera de lugar
 | El terreno de la política, sobre todo el
ligado a la lucha por el poder, es
altamente controversial y alejado de la
jurisdicción del instituto religioso |
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Emilio Alvarez Montalván
El ofrecimiento que el CSE cursó a la Iglesia Católica para que se desempeñe como observadora de las próximas elecciones, será difícilmente aceptado por la jerarquía. Para empezar, el terreno de la política, sobre todo el ligado a la lucha por el poder, es altamente controversial y alejado de la jurisdicción del instituto religioso. Por ello siempre consideramos acertada la decisión de la Curia Romana de no auspiciar partidos con apelativo confesional, como lo hacen aquí algunas denominaciones evangélicas y también los socialcristianos, que incluso compiten entre sí. La sabia recomendación de Jesucristo de dar al “César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, ha probado ser una prudente y sabia posición.
Por otra parte, el CSE está en entredicho, no sólo en su imparcialidad, sino en su eficiencia. Se ha visto forzado a aplicar una ley llena de incongruencias y contradicciones que han merecido severas críticas y deberá reformarse. Por otra parte, la integración del CSE es cien por ciento partidarista, por lo cual difícilmente se apartará de los intereses politizados de sus miembros. En todo caso, su prueba de fuego será la candidatura para alcalde de Managua de Pedro Solórzano aún pendiente.
Tanto ese caso como en la anunciada impugnación de la inscripción preliminar del PC, será crucial para demostrar el grado de independencia del CSE.
Además, el carácter de observador nacional de Etica y Transparencia debidamente autorizado por la ley y el propio CSE, introduciría con la presencia de la Iglesia Católica la posibilidad de dos dictámenes, que confundiría a la opinión pública. Lo que hubiera hecho el CSE si busca un aval calificado, es solicitar asistencia técnica del Instituto Federal Electoral de México y seguir sus recomendaciones.
Finalmente señalamos que la separación de la Iglesia del Estado es una conquista aceptada, incluso por el Vaticano, que prefiere manejar ciertos asuntos terrenales en su carácter de Estado soberano, aparte de cualquier actividad doctrinaria. Así se explica que mantenga la Santa Sede relaciones diplomáticas cordiales con países de educación laica como Francia y México, entre otros.
Otra situación se da con organizaciones de católicos que en su calidad de ciudadanos reciben adecuado entrenamiento y participan en la observación electoral y también como facilitadores de la concurrencia a las urnas del votante. Así sucedió en las elecciones de 1996 en algunos departamentos del norte bajo la iniciativa de Monseñor Abelardo Matta y cuya actuación e informe final fue muy apreciado, sin que ello comprometiese a la Iglesia Católica como institución divina respetada por tirios y troyanos.
El autor es analista político. 
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