El voto democrático
¿Es correcto o no hablar del voto democrático y, por lo consiguiente, también de un voto que no es democrático? ¿Es justo decir que el voto por los sandinistas no es democrático, y que en cambio, el que recibirán los candidatos liberales y conservadores sí será un voto democrático?
De manera ineludible esta discusión se ha planteado en la actual campaña electoral, ante la posibilidad real de que el FSLN —que gobernó entre 1979 y 1990 con procedimientos no democráticos e inclusive totalitarios—, pudiera ganar las elecciones del 4 de noviembre próximo y regresar al poder en enero del 2002.
En realidad, el voto, en tanto que manifestación concreta de la voluntad política del ciudadano que lo ejerce, en sí mismo no es democrático ni antidemocrático. El voto es la expresión del derecho al sufragio y bien puede servir para escoger a un gobernante genuinamente democrático y libertario, o para elegir a uno corrupto, incapaz y antidemocrático. El voto es como un arma de fuego, con la que se puede proteger la propiedad y salvar la vida de una persona, o despojarla de sus bienes, lastimarla y hasta asesinarla.
Tal fue el caso de Adolfo Hitler, que mediante el voto popular subió al poder en Alemania, en 1933. Y lo es actualmente en Cuba, China Popular, Vietnam, Corea del Norte, Libia, Irak e Irán, donde cada cierto tiempo se hacen elecciones en las que las masas votan para refrendar al régimen totalitario, que además se califica a sí mismo como “democracia popular”.
Lo cierto es que el voto tiene dos sentidos fundamentales. Uno es el que determina su contenido político y expresa la voluntad del elector, independientemente de que quien lo ejerza sea una persona derechista, izquierdista, centrista o sin partido. Y el otro es el sentido técnico del voto, que se usa en el lenguaje de las ciencias políticas y las prácticas electorales: voto público, voto secreto, voto nominal, voto por lista, voto directo, voto delegado, voto personal, voto por correo, voto igual, voto reforzado, voto único, voto de arrastre o de cascada, voto individual, voto corporativo, etcétera.
De la misma manera, pero muy convencionalmente, es que se usa también el concepto de voto democrático, de igual modo que se habla de voto de castigo, voto útil, voto inteligente, etc., pero sólo como juicios de valor, no como categorías jurídicas realmente existentes.
De modo que quienes en la actual contienda electoral hablan de voto democrático se refieren sin dudas a que votar por los partidos y candidaturas liberales y conservadoras constituye una opción inequívoca a favor de la continuidad de la democracia, en tanto que votar por el FSLN y sus candidatos significa de alguna manera optar por la restauración parcial o total de un sistema revolucionario y totalitario, como lo fue el régimen sandinista de 1979 a 1990.
Pero de lo que debería hablarse en realidad es de opción electoral democrática, o sea el conglomerado de electores cuyos sentimientos y valores políticos son más propensos a generar, mediante el ejercicio del sufragio, un gobierno respetuoso de la libertad individual y de la propiedad privada. Y en ese caso se puede hablar también de votantes no democráticos, que son los que usan el voto para optar por un sistema de gobierno que si bien cumple uno de los requisitos de la democracia, como es la elección popular, sin embargo apunta a suprimir o restringir en alguna medida los otros requisitos democráticos, como son las libertades individuales, el derecho de propiedad privada, el principio de legalidad, la libertad de prensa irrestricta, etc.
En conclusión, el voto democrático no es sólo la contribución que hace cada ciudadano a la formación de un gobierno cualquiera, sino una opción para fortalecer y perfeccionar la democracia. Pues, como lo advirtió el papa Juan Pablo II el 15 de febrero de este año —y lo citaron los obispos de Nicaragua en su documento del 16 de agosto pasado—, refiriéndose a la votación peruana del año pasado en la que resultó reelegido el después derrocado ex presidente Alberto Fujimori, “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto”. 
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