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VIERNES 7 DE DICIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22575 / ACTUALIZADA 02:00 am
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La pólvora deja quemados, ¡y también sordos!

Doraldina Zeledón Úbeda

Durante las purísimas, las fiestas de navidad y fin de año, las autoridades respectivas se preocupan por controlar la venta de pólvora. Algunos organismos se aprestan para ayudar a evitar problemas. La preocupación se centra en los incendios, que dejan pérdidas económicas, y en los quemados, entre los cuales sobresalen los niños y los que manipulan los explosivos.

Sin embargo, se pasan inadvertidos los daños que causan los explosivos en los oídos, que pueden dejarnos sordos instantáneamente. El ruido impulsivo de alto nivel sonoro se caracteriza por variaciones muy grandes en un tiempo muy rápido. Según investigaciones, puede subir 35 decibeles en menos de un segundo, por lo tanto el oído no tiene tiempo para prepararse y hacerle frente, y puede resultar lesionado el oído interno. Si a los 85 decibeles de nivel de presión sonora, ya hay daño auditivo, a los 140 o más, producido por los explosivos, dependiendo de la distancia y del tiempo de exposición, el daño es inevitable, si no a lo inmediato, a corto plazo. “La onda expansiva producida por el ruido discontinuo intenso es transmitida a través del aire, generando una fuerza de destruir estructuras como el tímpano y la cadena de huesecillos (del oído interno)”. (Dr. Hernando Rendiles, Efectos del Ruido Industrial).

Si alguien se expone a estos ruidos y no queda sordo totalmente, probablemente su umbral de audición, es decir, el nivel sonoro a partir del cual puede escuchar, aumentará. Si antes podía escuchar sonidos con un nivel sonoro bajo, ahora ya no podrá escucharlos, y para conversar necesitará que le griten. Y puede suceder que no se percate del problema, porque está disfrutando del ruido, quizás ni cuenta se dará de que poco a poco va quedando sordo. Y de repente, cuando ya no escuche será demasiado tarde, y no porque esté viejo.

Otras secuelas que pueden dejar los explosivos son: problemas en el equilibrio, fatiga, zumbidos o acúfenos, estrés, la pérdida gradual de la audición.

Entonces, hay que evitar que la bomba explote muy cerca o protegerse los oídos, si es que resulta imposible prescindir de la emoción del estruendo. Y cuidar a los niños, no sólo de las posibles quemaduras, también de los efectos de las explosiones para el oído.

Comunicadora social y master en gestión ambiental.  
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