Clausura del Año Jubilar
Miguel Cardenal Obando y Bravo
Al clausurar el Año Jubilar, debemos preguntarnos ¿hemos sido dóciles a la voz del Espíritu? ¿hemos sido fieles en el seguimiento de Cristo? ¿hemos sido asiduos en la escucha de la Palabra y en el acercamiento a las fuentes de la gracia? ¿nos hemos reconciliado con Dios y con nuestros semejantes? ¿se ha realizado en nosotros una auténtica conversión.
La conversión es un cambio interior. En la Biblia la palabra conversión significa “volver”, corregir el rumbo; es decir, cambiar sinceramente.
La conversión es un paso hacia adelante. Un paso del egoísmo al amor. Un paso de la mentira a la sinceridad. Un hombre falso en su corazón será también falso en la familia, falso en la oficina, falso en su trabajo, falso en la campaña política, falso en los cargos públicos que se le confían. Al revés, un hombre sincero y leal será capaz de cambiar toda estructura en la que encuentre doblez o engaño.
La vida no crece ni se desarrolla cuando los hombres se encierran en sus propios egoísmos. Hay vida cuando el hombre ama, trabaja y ora. Hay vida allí donde el Espíritu está presente.
En el principio del tiempo el Espíritu engendró la vida sobre el caos de las aguas. El Espíritu comunicó la vida al barro frío, con el cual se modeló al primer hombre.
El Espíritu hace nacer la vida allí donde hay desierto, roca, hambre y destrucción. El Espíritu fecunda la vida en el seno virginal de María para que la Palabra se haga carne. El Espíritu entregó la vida nueva al Mesías crucificado y lo resucitó para siempre.
Nada es más hermoso que servir a la vida. Hacer crecer y proteger la vida. Es tal vez la más grande responsabilidad entregada a los hombres. ¿Quién no ha visto el gozo de un padre y de una madre al comunicar la vida? ¿Quién no ha sentido la vida compartida en la amistad?
Muchos hombres buscan la vida. Los cristianos sabemos que la vida se nos da, pero la merecemos dándola. Como Ezequiel estamos invitados a llamar al Espíritu para que haga revivir a los muertos. Que tengan músculos, carne, nervios y piel. Que el hombre camine con dignidad y que mire el futuro con esperanza.
El Espíritu Santo lleva a la unidad, ayuda para que los seres humanos puedan entenderse. Los hombres en Babel pretendieron construirse una torre tan alta, que llegara hasta los cielos y no lograran entenderse.
Muchas veces procuramos manejar a Dios y tenerlo entre las manos. Creemos que a Dios hay que buscarlo en las alturas y olvidamos al hermano que está a nuestro lado. Es la permanente tentación de todos los hombres.
El resultado es evidente. Terminamos destrozados y dispersos. Sin posibilidad de entendernos y con muy distintos lenguajes. Cada uno con su propio idioma, con su vocabulario y su diccionario.
Nuestras lenguas se confunden en las ciudades, calles y países. No tenemos una palabra común, porque hay muchas torres de Babel levantadas en nuestros horizontes, y a lo largo de la tierra.
Cada uno de nosotros tiene una torre de Babel en su propia vida. El corazón habla un lenguaje que no conoce la inteligencia. Y nuestra sensibilidad está disgregada de nuestro cuerpo, y no hay diálogo con nuestra propia intimidad.
Hay también una Babel familiar en la sociedad de nuestros días. Esposos que no dialogan. Padres e hijos que no se encuentran. Orgullos y encierros que hieren la convivencia. Desgarradoras separaciones de incomprensión muchas veces viviendo bajo el mismo techo, pero con enormes distancias afectivas.
El día de Pentecostés, las torres de Babel caen estrepitosamente. Se produce el milagro y se realiza lo imposible: los hombres se entienden, dialogan, hablan la misma lengua.
Los partos, medos y elamitas, los que vienen del Ponto y de Asia, de Frigia o de Panfilia, de Egipto o de la zona de Libia, cretenses y árabes, todos escuchan la misma palabra y se comprenden.
El Espíritu nos hace comunicarnos, oírnos y entendernos. El Espíritu Santo sana nuestras heridas y restaura nuestra convivencia.
El milagro de Pentecostés se vuelve a producir cada vez que un hombre o una mujer perdona al que lo ofendió, y cada vez que los enemigos se reconcilian. Pentecostés se realiza cuando la palabra nos comunica y el amor nos une. Pentecostés es el día que nos respetamos como personas y nos valoramos como hijos de Dios.
Que el Espíritu Santo nos ilumine, para que en las próximas elecciones busquemos el bien de Nicaragua. Todos somos responsables del destino de nuestra Nación, y de que el proceso electoral se realice de la mejor manera posible.
Los laicos
Los laicos son “la sal de la tierra y luz del mundo” (Mt. 5, 13), por ello les corresponde penetrar del espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que vivimos.
Para los fieles laicos la participación en el compromiso político es la forma más noble de vivir la caridad porque de esta manera se comprometen en la acción en favor de la justicia, de la verdad y de la promoción de la dignidad de la persona humana.
Los jóvenes
Les corresponde a los jóvenes de manera muy especial asumir con vigor la convicción de que son el presente y el futuro de Nicaragua. Los jóvenes están llamados a vencer el abstencionismo, la desconfianza y la apatía mediante una vida digna y una participación más responsable, tanto en el proceso electoral como en la vida social de nuestra Nación.
Las autoridades públicas
Los gobernantes deben responder con justicia a la misión que han recibido de la sociedad. La honestidad, la veracidad, el afán de justicia, la renuncia a los intereses personales o de grupo, la búsqueda del bien de todos, la preocupación por los más débiles, deben ser actitudes habituales que manifiestan al pueblo el valor de la autoridad pública y así hagan más fácil la colaboración y el respeto a ella.
“La Iglesia aprecia la democracia en la medida en la que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”. 
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