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MARTES 6 DE FEBRERO DEL 2001 / EDICION No. 22274 / ACTUALIZADA 01:00 am

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Opinión
Un mundo de eterna oscuridad

Adolfo Bonilla

Muchos de los lectores se habrán preguntado cómo se sentirá ser ciego, pero ¿cuántos se habrán hecho la pregunta alguna vez de cómo será nacer ciego? Ustedes tendrían que imaginarse a un niño que ya comienza a pensar, pero que no tiene ni la más remota idea de qué cosa es él, ni qué es lo que pasa a su alrededor; oye voces, pero no sabe de dónde provienen ni qué sentido tienen porque no ve a las personas que las emiten y además no se le ha formado en la mente el concepto de los seres vivientes ni de las cosas.

Es más, él no logra atinar cómo será él, ni qué es lo que le corresponde hacer ni cómo debe hacerlo. Tiene el sentido del tacto, pero como nunca ha tenido la oportunidad de percibir por medio de la vista los objetos, cosas y seres en su entorno no puede forjarse en el cerebro una idea clara de qué es lo que toca, oye, huele o siente con el paladar. El esfuerzo de alguien que permanezca en las insondables tinieblas de la ceguera natal ha de ser el de tratar de debelar el inefable enigma sobre sí mismo y lo que lo rodea. Jamás ha visto algo (o a alguien) que le proporcione una pista para descifrar esa misteriosa incógnita.

Depende de los que estén en su derredor que esta criatura se vaya enterando de lo que es el mundo de eterna oscuridad donde le tocó vivir desprovisto de ese sentido de tanta importancia para el desarrollo pleno del ser humano. La persona que esté a cargo de este prójimo tendrá que armarse de mucha empatía, paciencia y comprensión para ir guiando lenta y generosamente sus pasos en medio de su noche perpetua.

El caso de la niña Karla Patricia Moreno, publicado en este mismo Diario, me hizo recordar un documental que se presentó en la televisión sueca hace unos quince años sobre un niño que nació en estas condiciones, quien logró ponerse de pie como a los cinco años de edad. Claro, nunca había visto a otra gente y por consiguiente no sabía que se esperaba que se pusiera de pie y caminara. Su mentecita no registraba siquiera las formas ni los espacios ni tenía el sentido de nada.

No obstante, el amor y dedicación de su madre hizo posible que paulatinamente este nuevo ser se desarrollara casi normalmente, porque todos los demás sentidos y habilidades corporales los tenía intactos. Fue a través de la música que inclusive esta persona carente de visión física pudo sentir satisfacción en este planeta. Tocaba piano y cantaba, imitando voces de grandes cantantes. Además, aprendió a bailar acompañado de su mamá.

Este programa televisivo fue de impacto, porque lo hace pensar a uno que hay quienes vienen a esta tierra privados de lo más elemental para sobrevivir por sí mismos y aún así llegan a disfrutar de esta vida muchas veces ingrata de por sí. Estos casos a veces nos hacen reflexionar que aunque tengamos íntegras todas nuestras aptitudes naturales aún así renegamos y nos sentimos inconformes, insatisfechos e infelices, cuando todo nos lo ha proporcionado Dios (o la naturaleza) para que lo utilicemos y nos sintamos felices.

Este tipo de situación debe ser preocupación (mejor aún, ocupación) permanente de los ministerios y entidades estatales, así como también de instituciones privadas y de la “sociedad civil” que desarrollan algún tipo de actividad social. Tareas como éstas (de ayudar a los más desvalidos) son las que debe programar cualquier gobierno que esté de turno, para darle respuesta a las angustiosas necesidades de la población. ¿Cuándo llegará a ser realidad esta clase de aspiración? ¡Confiemos en que vendrán días mejores!.

* El autor es periodista.  
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