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MIéRCOLES 7 DE FEBRERO DEL 2001 / EDICION No. 22275 / ACTUALIZADA 01:00 am

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Opinión
Recordar y comparar

.Cada pulgada de tierra que se expropie, ya sea con fines de redistribuir riqueza o para el beneficio público, debe ser pagada a su propietario original, algo que el gobierno sandinista nunca hizo

Eduardo Duquestrada Ortiz

Mientras más leo nuestra historia se hace más obvio que ésta ha sido triste desde su inicio, y aunque antes de la independencia todo mal se consideraba importado, la realidad es que desde 1821 no hay otra verdad que la causada por nosotros mismos. Desde los liberales de Máximo Jerez, José Santos Zelaya, Anastasio Somoza y Arnoldo Alemán, hasta los conservadores de Tomás Martínez, Adolfo Díaz, Emiliano Chamorro y Fernando Agüero, todos de una forma u otra han abusado, manipulado y desperdiciado el poder. Podemos leer a Ortega, Ayón, Belli, Pérez, Wunderich, Gámez o Diederich y encontraremos diferentes interpretaciones para explicar los mismos acontecimientos que nos han empujado hasta aquí, y por más que discernamos o concordemos, siempre el resultado es el mismo. Pero no sólo ha sido la derecha, pues como en pocos lugares de Latinoamérica, la izquierda también tuvo su oportunidad, y como muy bien sabemos, también la desperdició.

De igual forma, esta etapa no se escapa de las interpretaciones sobre por qué y cómo se llegó a un nuevo y estrepitoso fracaso, y más si se toma la visión de los que son sandinistas y se compara contra aquella de sus más fieros opositores; pero aún dentro del círculo de los que administraron el poder durante la revolución encontramos serias diferencias. Uno de estos desacuerdos se da entre el ex vicepresidente de la República, Sergio Ramírez, quien en su libro “Adiós Muchachos” culpa a la incompetencia de los propios dirigentes de la revolución como la principal causa de la debacle económica de los 80’s, mientras que el ex ministro de Reforma Agraria, Jaime Wheelock, en su artículo del 3 de febrero en LA PRENSA, aduce que “ A partir de 1984 cuando se intensificó la guerra..., la economía empezó a declinar en forma pronunciada”. Estadísticamente hablando, Wheelock está en lo correcto al mencionar que la producción de nuestro país se recupera en 1981 y vuelve a declinar a partir de 1984; lo que no es acertado es aseverar que la recuperación es resultado directo de la aplicación extensiva de la reforma agraria, sino más bien de la abundante ayuda externa, principalmente proveniente de Europa. La ayuda externa a Nicaragua, entre el 81 y el 84 ascendió a 257 millones de dólares de los 488 que se dirigió a toda Centroamérica, o sea el 53% de toda el área. Al mismo tiempo, la participación del agro en el Producto Interno Bruto del país descendió del 29.6% al 27.8% en el mismo período.

Dicho esto, por mi parte creo que ayudó más la incompetencia que la guerra en causar el desastre, y un buen argumento es El Salvador, y como subraya Ramírez, “aún sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico”.

Pero el aspecto más obvio, y que hasta leer al Sr. Wheelock, creía no ser un asunto de debate, fue la posición irrespetuosa del gobierno sandinista hacia la propiedad privada. Mientras Wheelock en su artículo afirma que el gobierno del que él fue parte “no fue enemigo de la propiedad privada”, Ramírez afirma en su libro que “la mayor inseguridad se creó en el régimen de la propiedad”, no sólo porque se fue más allá de la confiscación de los bienes de Somoza, sino porque “el proceso se dio bajo bases jurídicas tan pobres” que hoy en día hay gran cantidad de bienes inmuebles expropiados que siguen registrados a nombre del propietario original.

Hoy, con nuevos bríos, hablan hasta los que estaban escondidos, y ampliamente nos dejan ver que no sólo no han cambiado, sino que sus conceptos democráticos básicos están seriamente distorsionados.

Es cierto, CEPAL y muchos economistas y políticos creen, como creo yo, que uno de los grandes problemas estructurales de Latinoamérica ha sido la extrema desigualdad en la tenencia de la tierra, y que la reforma agraria es una de las formas de combatir la pobreza. Aún así, repartir tierra per se, no lleva a nada, si dicha política no se planifica con capacitación y financiamiento. Pero lo más importante es ante todo, que cada pulgada de tierra que se expropie, ya sea con fines de redistribuir riqueza o para el beneficio público, debe ser pagada a su propietario original, algo que el gobierno sandinista nunca hizo. Si un gobierno, el que sea, confisca una propiedad y no indemniza a su dueño, el acto se convierte en un robo, “pure and simple”. Sólo quiero terminar recordando al ex ministro, que el día que le llamé para discutir el pago del terreno que él habitaba desde hace muchos años (sabiendo que no le pertenecía), sin que yo le preguntará me ofreció su versión de por qué se encontraba en dicha situación, diciéndome “vos sabés... en esa época había una gran confusión”. De eso, no nos cabe la menor duda.

* El autor es economista.  
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