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VIERNES 1 DE JUNIO DEL 2001 / EDICION No. 22386 / ACTUALIZADA 11:00 pm

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Un solo tren sobre una sola vía

Mario Alfaro A.

Cuando en la primera mitad del siglo XIX rodó por la campiña inglesa la primera locomotora, los granjeros, airados y blandiendo sus bieldos y azadones, protestaron contra esa máquina infernal que dejaría estéril a las vacas y las gallinas no volverían a poner huevos, sería la ruina de la economía rural. Así es siempre cuando aparece algo nuevo que sirve para impulsar el progreso. Invariablemente se producen reacciones irracionales y supersticiosas que se oponen a lo nuevo y se pronostican los innumerables males que desencadenará cada ingenio transformador.

En Praga, en Seattle, en Washington y en Quebec, no han sido granjeros ignaros los que protestaron contra el progreso, sino turbas fanatizadas bien financiadas para que metan ruido, protesten, apedreen, escandalicen, incendien. Para ellas los choques con la policía, entre más cargados de violencia mayor es la gloria que abonan a sus protestas.

La integración de mercados es un proceso consecuente de la globalización. La globalización es tan antigua como el hombre mismo sobre la tierra, cuando en la preshistoria los pequeños grupos humanos se reunían para intercambiar alimentos, armas e instrumentos de trabajo. Los procesos de ampliación de los mercados han existido a lo largo de la historia. El primer mercado integrado fue el Imperio Romano, luego siguieron otros de menor extensión en el norte de Europa durante la Edad Media y luego otros y otros. Los imperios coloniales de España, Inglaterra, Portugal, Holanda y Francia fueron verdaderas integraciones económicas en un mundo en expansión. ¿A qué viene, entonces, poner tantos reparos a la integración económica de las Américas, sobre todo después del éxito tenido por la Unión Europea, que ahora se encamina hacia una federación política de Estados independientes?

Al finalizar el siglo XX ya estaban diseñados los grandes bloques económicos con que el mundo enfrentará las demandas del siglo XXI. La Unión Europea está en franco crecimiento; a los 600 millones de consumidores que actualmente aglutina, más temprano que tarde se unirá la Federación Rusa con sus casi 300 millones de personas. Japón, Taiwan, Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, integran un mercado de 200 millones de consumidores. Australia se aleja de los Estados Unidos y Europa y se aproxima al Asia.

El ALCA, el mercado integrado de las Américas, estará formado por 800 millones de consumidores, con casi todos los recursos que se necesitan para un proceso pleno de integración. Abundante en agricultura, ganadería, recursos hidráulicos, silvicultura, petróleo, minerales, etc., etc.

No hay tiempo para deliberar entre dudas y temores, si pertenecer o no pertenecer al ALCA, la alternativa es sí o sí. En lo que hay que poner mente es en la forma en que un país como Nicaragua debe prepararse para ser parte de esa gran aventura, que no es precisamente para perpetuar en el continente la división de países ricos y países pobres de solemnidad. La integración económica es como un sol que brilla para todos y cada quien aprovecha su luz y su calor como mejor pueda hacerlo.

El mundo, por otra parte, no podrá continuar polarizando la riqueza mundial en forma desproporcionada, con gran abundancia en unos pocos países y gran escasez en muchos países pobres. Sería como dividir al mundo en dos sociedades, una de magnates opulentos y otra de mendicantes. La integración económica es para ofrecer a los países pobres, oportunidades para producir riqueza y consolidar un frente común contra la pobreza a través del intercambio comercial y la producción.

Nunca faltan los oráculos agoreros que predicen desastres, aunque jamás pueden ellos demostrar la inevitabilidad de los desastres que anuncian. Si cada aventura humana hubiera terminado en desastre, ya no existiría el mundo que habitamos, o los seres humanos no hubieran salido nunca de las cavernas.

Existe ya un programa para que Nicaragua se apreste a ingresar en el ALCA; sobre ese programa hay que concentrar todas las iniciativas y los esfuerzos. Pero falta algo de primer orden; es el diseño de una nueva forma de Estado, cuya razón de su existencia se justifique en la leal aplicación de una regla muy sencilla: Si todos producen riqueza, todos deben disfrutarla.

* El autor es analísta político.  
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