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Fernando Botero: ‘He tenido días mágicos’
Sergio Ramírez *
Desde que decidió radicarse en el extranjero, este es el año en que Fernando Botero ha estado más presente en Colombia. Sentado en un cómodo sofá de un apartamento con una maravillosa vista sobre Bogotá, dice que donar su colección de arte moderno y contemporáneo es la mejor idea que ha tenido en su vida.
Sin embargo, hace dos años su paciencia se puso a prueba. Los dirigentes de Medellín, la ciudad que originalmente iba a recibir la colección completa, no parecían ponerse de acuerdo en la necesidad de construir una nueva sede para el Museo de Antioquia que tenía un déficit de 500 millones de pesos, y la apatía de la ciudadanía era generalizada. “En ese momento llegó la oferta del Banco de la República que era más clara y más rápida. La acepté porque, además, soy un hombre de 68 años y no me puedo poner a esperar toda la vida”.
¿Pensó que el proyecto de Medellín se iba a frustrar?
No fue eso. El proyecto entró en una fase burocrática, las decisiones dependían de mucha gente y hubo una cantidad de trabas que hicieron prolongar la decisión. No se sabía si se hacía o no y en dónde, pero nunca perdí la ilusión. Estuve un poco frustrado por la demora, pero siempre mantuve mi decisión de hacer esa donación. Era difícil porque tenían que decidir el destino del Palacio Municipal y que le den a uno el Palacio Municipal no es simple.
¿Qué siente un artista cuando colecciona arte?
Levantarse por la mañana y tener frente a la cama un Renoir o llegar a la casa y ver un Picasso y un Bacon, es obviamente un placer. Y para decir la verdad, también da prestigio social. Ser artista y coleccionista son dos gozos distintos.
¿Por qué?, ¿cuál es la diferencia?
Uno es mucho más tolerante como coleccionista que como artista. Cuando se es artista, uno actúa sobre lo absoluto. Para guiarse en el gran laberinto que es la creación, uno tiene que ser muy estricto y muy poco generoso.
Hay que ser muy cerrado a la banda, porque la creación requiere una coherencia, una disciplina de pensamiento muy grande. Cuando se es coleccionista uno es coleccionista de lo que uno alcanza a adquirir. Hay dos limitaciones: La capacidad económica y la oportunidad de lo que existe en el mercado. Si una persona es riquísima y quiere, por ejemplo, comprar un Vermeer no lo puede hacer porque no hay ninguno en manos privadas.
Siempre hay algo que uno quisiera comprar y no puede.
Claro. Ésa, la colección imaginaria que haría un artista.
¿Cuál es la suya?
Si fuera a coleccionar imaginariamente tendría una colección con Vermeer, con Velázquez, con Piero de la Francesca, con Rembrant, con todos los primitivos italianos... Pero en la vida real uno no tiene el dinero para comprar las obras maestras de la pintura y algunas no están en el mercado. Entonces hay que conformarse con lo que puede adquirir.
Una colección implica una visión, un concepto central. ¿Cuál es el suyo en esta colección?
Tenía una colección que estaba muy inclinada hacia lo figurativo, que es mi campo de acción en el arte. Tenía cuadros impresionistas y de artistas como Picasso, Chagall, Max Beckmann, todos más o menos dirigidos hacia la figuración. Pero cuando empecé a jugar con la idea de hacer un pequeño museo en Colombia, empecé a incluir obras de pintores abstractos muy conocidos para mostrar un panorama un poquito más completo de lo que es el arte del siglo XX. Son obras importantes, coherentes, serias, muy claras en su intención y muy personales, pero las adquirí porque quería completar la donación. Algunas tal vez no las hubiera comprado para mí, pero como lo que quería era que este pequeño museo tuviera un carácter didáctico, entonces necesitaba ser más abierto en el criterio de adquisición.
¿Cómo comenzó la colección?
En la década del 60 comencé a coleccionar arte precolombino, después compré cuadros coloniales, luego dibujos de pintores conocidos, luego óleos, y de un momento a otro me fui llenando de cosas sin darme cuenta.
Uno no empieza como coleccionista, empieza comprando cosas que le gustan para ponerlas en la casa. Pero llega un momento en que, a pesar de que está lleno de cuadros, sigue comprando y empieza a mandar a un depósito. Entonces se da uno cuenta de que es verdaderamente un coleccionista. La primera vez que yo vi mi colección fue en Madrid, cuando la expuse antes de traerla, y todavía no estaba completa. Ahora en Bogotá y Medellín la veré por primera vez completa. Es mucho mejor que sentarme solo en una bodega a ver esos cuadros.
¿Qué le quedó faltando?
Hay lagunas grandes, no hay un Cézanne o un Van Gogh, no hay un Gauguin, porque son cuadros supremamente costosos, un precio que yo no puedo pagar.
¿Conservó algún cuadro?
Bueno... conservo algunas cositas de Pedro Nel Gómez y muy poco más. Lo regalé todo, pero eso no significa que no pueda volver a empezar.
¿Con esta donación Fernando Botero logró tener un museo en vida?
No, esto no es el museo Botero. En el Museo de Antioquia habrá un piso con obras de Botero, pero el resto no. En la Luis Ángel Arango la mitad del espacio está dedicada a otros artistas. A muchos artistas les han hecho museos después de muertos pero, como en el caso de Picasso, es casi siempre una forma para que la familia pague los impuestos. El Estado no me está rebajando impuestos ni nada parecido. Es un regalo que para mí no tiene ninguna retribución o provecho personal fuera del enorme placer de hacerlo. No hay segundas intenciones.
En Medellín todo el proyecto de renovación urbana se llama Ciudad Botero.
Me siento más que agradecido, ha sido una generosidad enorme conmigo, me siento muy honrado y no puedo ser indiferente a esas manifestaciones de aprecio por mi trabajo y por mí mismo. Hay una relación muy grande entre la gente y mi trabajo, y eso es lo máximo que puede esperar un artista. En Colombia no hay mucho interés para invertir en cultura.
¿Cree que ese gesto suyo puede ser un estímulo para que otros inviertan en proyectos culturales?
El alcalde de Medellín y la sociedad de pronto se dieron cuenta de que a través de la cultura se podía cambiar la imagen de la ciudad. El nuevo proyecto ha salido en páginas enteras en el New York Times, el Miami Herald, el Toronto Star. Hablan del nuevo museo, de la transformación urbana, de la plaza de las esculturas y se empieza a pensar que en Medellín se pueden hacer cosas. Esperamos que realmente haya una gran transformación de la ciudad, del espíritu, una transformación moral de la sociedad
¿Siente alguna nostalgia por haberse desprendido de esas obras?
Obviamente uno se apega a las cosas con las que ha vivido, sobre todo si son obras de arte importantes. Pero siento tanto placer de hacer esto, que francamente no pienso que me hacen falta estas obras. Instalando estos museos he tenido unos días mágicos. Saber que miles de personas verán estas exposiciones es un placer muchísimo más grande que el placer egoísta de tener esas obras en mi apartamento y sentarme yo solo en una silla a mirar esos cuadros. Además, puedo empezar otra colección. Seguramente caeré en la tentación de comprar más cosas.
* Artgos Int.-Colombia. |
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