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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 2 DE JUNIO DE 2001
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Narrativa
La mujer mula

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David Ocón

A Cristian Santos

Salió de la Cabecera Municipal del Triángulo Minero, dejó Siuna, afligida y llorosa, mirando para abajo, sin ver más horizonte que el de los charcos y los chanchos. Angustiada por su nueva condición, incapaz de asimilar el cambio de pies y pezuñas, de piel fresca de muchacha a duro cuero negripeludo y particularmente el irresistible deseo de comer zacate tierno, siempre verdeante como abundante jade tentador incrustado en las amables colinas de Soar.

No es fácil convertirse en mula, el castigo supera a toda culpa. Mortal fue voltear y volverse estatua de sal, las mujeres desobedientes son condenadas a extrañas metamorfosis. Así la mujer serpiente se anunciaba en la carpita sucia de las fiestas de Acoyapa, se pagaban cinco reales y la pobre criatura con su blusita roja comenzaba a desenroscar la gruesa cola, húmeda y escamosa contando lastimosamente el castigo infligido por no obedecer a su madre. Otras se convertían en sirenas, difíciles de ver a simple vista, salvo en los fantasiosos libros de europeos sobre la América recién descubierta, o sentada en su roca de bronce ennegrecido a la entrada del puerto de Amsterdam.

Nuestra mula en este tiempo sofocante de cuaresma dejó el bosque tropical latifoliado y las arcillas coloradas veteadas de oro. Sola y su alma recorrió montes, valles y collados, ajena al rosa encendido posado como una nube en llamas en la copa frondosa de los cedros, sorda al ruido persistente atronador de las chicharras locas de sed y calor, cantando pegadas a las ramas, saturando el aire con su rumor chillón de mantra y oración emitida por millones de gargantas budistas.

Bajo al valle de Río Blanco, agarrado a las faldas del Musún, el enorme macizo montañoso de mil seiscientos y pico metros de altura que da origen a once ríos caudalosos siendo uno de los focos magnéticos terrestres con una poderosa emisión de energía, chorro de fuente espléndida, como Machu Picchu, Stonehenge y Santiago de Compostela.

Nuestra mula sin nombre lloró a la orilla del Paiwas, dejando su preciosa Bocana turbia y salada. Trotando, jadeando, subiendo la empinadísima cuesta de la Ponzoña, bajó al valle de Matiguás, nutrido de helequemes en plena floración de vulvas rojas, balanceándose abiertas y eréctiles al viento del Quirragua.

Todo el pueblo subía la pendiente pronunciada de las calles, hasta la iglesia de los frailes, a ver a la mujer mula, la triste ya estaría amarrada en el jardincito junto al atrio, comiendo los brotes breves, esperando con paciencia de mula que el oficiante acudiera con el hisopo de agua bendita a rociarle el hocico, la crin, el lomo, la cola, para deshacer el maleficio y revertir su metamorfosis de mula a mujer.

Esta es la historia que me contaron Cristian, me preguntás en balde cuál fue su falta, qué le dijo el franciscano, pero nadie dio detalles, sólo me limité a reflexionar lamentando no tener el conocimiento de Milagros Palma sobre el pensamiento mágico y salvaje, preguntándome desde tu género si el asunto está impregnado de machismo, ya que no se oye hablar del hombre mulo, ni del ceguo o el mocuano y el devenir de Gregorio Samsa a escarabajo no evidencia connotación de castigo, expiación de culpa.

No obstante hay en la historia algo fantástico, porque la gente imaginó a la mujer mula como híbrido de fémina y cuadrúpedo; de la cintura arriba: vientre, ombligo, senos, rostro, pelo; para abajo: jarretes, ijares, patas, cascos, una versión local de los centauros. Yo en cambio al ente pateador, lo concebí como mula total.

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Omar D’León, ‘la piel del signo’


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