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Música
La dimensión espiritual del jazz
Frank Martínez Báez *
Al terminar la guerra de secesión norteamericana, en Nueva Orleans (1865) las marchas militares sudistas —del sur— sonaban al igual que la música antillana de los criollos y el gospel y los cantos espirituales de la población negra, originaria de África oriental. De esa hibridación surgiría a finales de siglo, un nuevo estilo musical: el ragtime, música de carácter sincopado que fue consolidándose gracias a las innovaciones de Scott Joplin (1868-1917).
En efecto, fue en los albores del Siglo XX que el sonido había evolucionado para constituir lo que hoy conocemos como el jazz, otro elemento importante de la corriente musical fue el blues, que ejerció gran influencia en el jazz, género heredero del gospel y de los cantos espirituales para expresar sus sentimientos rituales y/o religiosos de las reminiscencias del espíritu africano en América. El blues se caracteriza por su canto triste y pausado, música que expresa el dolor y la nostalgia del desarraigo de la tierra que los vio partir y no más.
Por más que reine la división de la música docta y la llamada música ligera, aún cuando la línea que separa las dos artes se halla cada día más imprecisa, es inadmisible en un tratado de técnica instrumental moderna no hablar aunque sea levemente del jazz. De hecho, éste ha influenciado técnicamente en algunos instrumentos musicales.
El jazz como una corriente más de la música, probablemente requiera de mucha sensibilidad, destreza e imaginación para interpretarse e improvisar en algunos pasajes melódicos...
Para interpretar este estilo de música se requiere de conocimiento técnico, armónico y melódico, porque no cualquier músico podrá decir que toca jazz (interpretar o componer) sin poseer el dominio de suficientes elementos.
En los Estados Unidos el jazz ha tenido desarrollo a partir de fuente afroamericana, y también parcialmente europea. Los ritmos, la síncopa negra, la polifonía y la técnica instrumental son negros y americanos, mientras que la armonía es sin duda alguna europea. Cabe advertir que la realización comercial del jazz es obra exclusiva de los blancos de New York.
El jazz como género musical se apoya esencialmente en el ritmo sincopado negro y la técnica instrumental. El ritmo sincopado fue introducido en Norteamérica por los negros y por los mexicanos, y puede decirse que era corriente en esa nación antes de la guerra civil, en el siglo pasado.
Pero al referirnos al jazz actual, es necesario establecer una línea de confín entre el ragtime, que sobresalió hace aproximadamente 30 años y el foxtrot, la síncopa tiene una función muy limitada; mientras que el jazz moderno ha introducido en la conexión polifónica todo un enjambre de combinación de sonidos y tiempos, que se adaptan a la división rítmica general del trozo. En el jazz la improvisación es la base de todo el desarrollo musical, al margen de cualquier esquema preestablecido como una síntesis de estilo.
Al introducirse nuevas tecnologías, es decir, instrumentos electrónicos y uno que otro computarizado como el sintetizador, la guitarra eléctrica entre otros, puede que el jazz se haya visto alterado. Evocar el espíritu del jazz es expresar el sentido de la libertad —que era el perenne anhelo de los negros ante el sistema opresor de los blancos—, cada intérprete desarrolla melodías en completo contraste rítmico con el fundamental del trozo. Cada músico (instrumentista) improvisa sobre la armonía; cada uno tiene un espacio para expresar a través del instrumento lo que siente, desplazarse sobre un sinnúmero de escalas y arpegios, cada quien teje toda una filigrana de sonidos en diferentes tonos y matices, hasta bogar sobre el vaivén de las figuras musicales como el relincho de dos astros. Se trata, por lo tanto, de una polirritmia, o mejor dicho, de un contrapunto rítmico como jamás se osó en la música.
Es interesante confrontar esta técnica con la de un Stravinsky, por ejemplo. Mientras en el compositor ruso la lucha contra la metronómica del viejo ritmo simétrico se establece por un constante febril alejamiento de la línea de división rítmica, es decir, alternando persistentemente compases de numeración distinta y conservándolos idénticos para el trozo, tal es la función de la corchea o de la negra.
En el jazz la liberación del yugo arrítmico se produce ahora por desplazamientos de acentos rítmicos, que vuelven a crear el viejo cuadro 4/4, 2/2, 3/4, un mundo de contradicciones y conflictos rítmicos cuya eficacia no es inferior a la de nuestros más evolucionados maestros europeos, con la diferencia sin embargo, que el jazz logra conciliar el cantable romántico con el mecanismo moderno.
Se ve, en efecto, superponerse en el mismo trozo una melodía dulce, apacible, melancólica, apasionada y tierna al más franco rubato, a un bajo impasible, rígido e inexorable como un motor bien regulado.
Por lo demás, la ejecución jazzística es inherente al virtuosismo del ejecutante, a su valor y riqueza espiritual. Y tanto por cuanto se ha dicho sobre el jazz resulta poco en relación con la enorme importancia que ha tenido y tendrá todavía en la vida musical universal.
Sería preciso elaborar un tratado de instrumentación moderna que subraye la importancia de este arte y su profunda influencia sobre la orquestación europea. Nada de cierto se puede decir hoy sobre el futuro reservado a este arte.
Para algunos está próximo a extinguirse por falta de elementos que lo renueve. Para otros, en cambio, tiene un enorme porvenir. Sea como fuese, a mi juicio es muy posible que el jazz que en Europa parece encaminarse a su declinación como una fuerza revolucionaria de la instrumentación, puede aún contener algunos gérmenes fecundos. Semillas a la espera de su siembra. ¿Y en América?... en la América indohispana, es parte integrante del espíritu de una civilización que oculta sus grandes sufrimientos nostálgicos.
* Extensión Cultural UNAN-Managua. |
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