Deslealtad en proyecto político
Mario Alfaro
Inspirado en la mejor tradición zelayista y somocista, Arnoldo Alemán trazó fríamente su proyecto político para hacerse con el poder y permanecer en él. Los planes no le salieron muy ajustados al diseño original y por eso ha puesto al país en situación tan peligrosa, como para destruir el sueño democrático que el pueblo nicaragüense está viviendo desde 1990.
Arnoldo Alemán ama el poder y el dinero, quiere permanecer en la Presidencia como permaneció Zelaya, como permaneció Somoza. Para eso ha jugado con factores que se le han salido de control, y aunque pone en peligro la estabilidad política del país se ha acercado bastante al objetivo de sus ambiciones.
El pacto Alemán-Ortega esconde más de lo que se puede ver. Los dos caudillos guardan “in peto” el fondo secreto de lo que han acordado, como cómplices de la mayor intriga que se haya fraguado contra un pueblo ilusionado por la democracia. Los ataques personales que se endilgan estos dos caciques, son juegos pirotécnicos que no afectan en nada lo que de mutuo acordaron y no han dejado de cumplir. El pacto va más allá de la repartición del poder entre los dos pactantes; su objetivo toral es la alternación en la Presidencia de la República: primero uno y después el otro.
Por esto es que Alemán no pudo reformar la Constitución para reelegirse inmediatamente como quería; el turno ya estaba comprometido y le pertenece a Ortega. Tras este reconocimiento, los pactistas convinieron en seguir hacia delante. Una vez eliminados los demás partidos. Inesperadamente surgió el Partido Conservador en desmedro del liberalismo, pero esto no inquieta a Alemán, que ya ha consolidado su base política en la futura Asamblea Nacional, su plataforma para la reelección del 2006. También será la plataforma electoral de Ortega para el 2011. Al menos esta es la lógica del pacto.
Somoza descubrió el secreto de compartir el presupuesto con sus opositores. Era lo que las circunstancias políticas le obligaban a conceder. Alemán ha encontrado un socio como él, un alter ego, dispuesto a alternar el poder en forma recíproca. La oposición de Somoza fue siempre inorgánica, por eso cedió menos; la oposición de Alemán es orgánica, por eso debe compartir más. Los pactistas reviven lo que en los últimos años del somocismo se dio en llamar “El Plan Colombia”, que hizo soñar a los conservadores con una alternación negociada entre rojos y verdes. Esta vez sólo ha cambiado el color de uno de los términos de la ecuación: en vez del verde, el rojinegro.
Alemán sabe, como supo Somoza, que los millones establecen una red de compromisos inevitables que sirven para manejar los intereses políticos a través de los intereses económicos. Más temprano que tarde, lo saben Alemán y Ortega, el capital piñatero y el capital chinampero se imbricarán para defenderse mutuamente. Ese será el sustrato económico que garantizará la alternación en la silla presidencial. El próximo turno le toca a Daniel, el siguiente a Arnoldo.
El proyecto político de Alemán es monstruosamente egoísta. Por un lado es desleal con el partido que lo ha apoyado a pesar de su codicia y de sus trapisondas; y es alevoso para el pueblo que le otorgó los votos con que escaló la primera magistratura y desde allí traicionó a la confianza popular.
Los conservadores enfrentan una difícil disyuntiva: dividir el voto para que Ortega gane las elecciones o apoyar a los liberales para prolongar un poco más las esperanzas de consolidar la democracia. Si apoyan a los liberales, pierden su identidad como tercer partido en el esquema político nacional; si propician el triunfo sandinista adquirirán una identidad deplorable ante el pueblo democrático.
Quizás sean miles los que desean el triunfo de los sandinistas para que éstos despojen a Alemán de sus chinampas. Tal cosa no pasaría de ser una malsana satisfacción de venganza, pues no sería una solución al problema político que Nicaragua enfrenta. La justicia para los depredadores debe llegar con los votos de los electores.
El desenlace para un final satisfactorio se sustenta en la confianza que los votantes tengan en las virtudes ciudadanas y personales de don Enrique Bolaños: El poder para evitar lo que parece peligrosamente inevitable: el retorno del totalitarismo, reside en los votos de los que quieren que este país sea democrático y para ello están dispuestos a confiar en un candidato honesto y con suficiente firmeza de carácter para hacer de ese propósito una realidad permanente.
* El autor es periodista. 
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