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SáBADO 23 DE JUNIO DEL 2001 / EDICION No. 22408 / ACTUALIZADA 11:30 pm

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El padre, el gran ausente

Humberto Belli

¿Qué será —me decía hace poco una colega de trabajo— que en el Día del Padre no se oyen para éste los poemas y homenajes que se escuchan en el Día de las Madres? Yo le contesté que había buenas razones. Le compartí entonces cómo, en las muchas promociones de bachilleres que me tocó presenciar en mis años de Ministro de Educación, veía que la inmensa mayoría de los muchachos iban del brazo de sus mamás, tal como manda la costumbre, pero sólo una minoría de las bachilleras marchaban del brazo de sus papás. En un día tan importante y emotivo como ese, la mayoría de las madres estaban pero la mayoría de los padres no.

Y es que en nuestra sociología familiar el padre es el gran ausente. Las estadísticas disponibles nos indican que aproximadamente el 20 por ciento de nuestra niñez crece sin ellos. En más de la mitad de los hogares nicaragüenses el padre abandona tarde o temprano a su mujer y a sus hijos. Lo que implica que la mayoría de los padres de nuestra sociedad, no lo son. En todo caso son sementales. Preñan o fecundan mujeres, pero no asumen el rol del padre. El papel de quien protege, ayuda, disciplina y enseña.

La magnitud de la tragedia que esto significa no es plenamente entendida, lo que en sí mismo es parte de la misma tragedia. Porque los niños(as) necesitan un padre y una madre de verdad. Así como en el orden natural es necesaria la unión del elemento masculino con el femenino para producir la nueva vida, así en el orden afectivo, social y psicológico es necesaria la presencia de un padre y una madre para que los niños(as) maduren bien.

Una de las primeras consecuencias de la ausencia del padre es la pobreza. Los índices de pobreza son más severos entre las madres solteras, divorciadas o abandonadas. En los Estados Unidos, que es una sociedad rica, el divorcio suele producir una disminución inmediata en los ingresos de la mujer que promedia el 70 por ciento, mientras que redunda en un incremento en los ingresos del varón de aproximadamente el cuarenta por ciento. No se han medido las consecuencias en nuestro país, pero no hay duda que el abandono del varón usualmente condena a la mujer a tremendas penurias. Para defenderse la mujer tiene que buscar cómo trabajar y usualmente retira de la escuela a la o las niñas mayores para que le ayuden con el resto de la prole.

Otras consecuencias de gran trascendencia son las huellas psicológicas y sociales que suelen exhibir los hijos(as) sin padre. La abdicación de la responsabilidad paterna no sólo se traduce en la multitud de madres sobrecargadas y abrumadas, sino en la cantidad de jóvenes carentes de disciplina, de modelos de identificación masculinos, de autocontrol y autoestima. Pregunte, a los niños de los semáforos por su papá, a los encarcelados por su papá, casi siempre se va a encontrar con la misma respuesta: “Nos abandonó, no lo conozco, se fue, no sé dónde vive”.

La familia es la base de la sociedad. Y la familia está a su vez sustentada en un padre y una madre. Si uno de estos pilares fundamentales falla, el resto del andamiaje social queda cuarteado.

No podrá haber Nicaragua más fuerte sin familias más fuertes, es decir, sin padres que sean padres. Cuando sólo las madres cosechan poemas, es que estamos muy mal.

* El autor es presidente de la Universidad Ave María College.  
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