No hay mal de cien años
Emiliano Chamorro emilianochamorro@hotmail.com
¿Cuál es el precio que los ciudadanos nicaragüenses debemos pagar por la paz y la seguridad ciudadana? ¿Cuánto se deberá pagar en chantaje político, en delincuencia callejera? ¿Cuál es el precio en intranquilidad social, en temor permanente, en reparticiones de poder?
La tolerancia tiene su límite, y los nicaragüenses agobiados por la enorme crisis económica, falta de empleo, hambre y muchas otras cosas más, van a explotar y de alguna manera van a tener que poner el orden. En nuestro país la anarquía es permanente y amenaza día a día a la sociedad, y por ningún lado se ve posibilidad de solución.
La población espera cambios, ya no quiere más promesas plasmadas en discursos interminables, que en cada elección los candidatos presentan para exponer su plan de gobierno. Los problemas de la gente son interminables y peor aún sin solución. Existe falta de moral en las conciencias de los líderes, y ésa no es la forma en que un país pueda alcanzar el éxito de su desarrollo. El pueblo todo lo ve y lo vive, y se indigna cuando ve que estamos gobernados por personas insensibles a las que no les importan los problemas de la gran mayoría. Y se indigna aún más cuando ve que tenemos un gobierno que se reúne con los subversores del orden público, para satisfacerlos con concesiones políticas y garantías de impunidad, mientras el pueblo en su mayoría continúa subyugado sin que nadie abogue por sus necesidades.
Tampoco se está pensando que tiene que haber un gobierno que reprima o que se caracterice por ser violento, pero tampoco queremos gobiernos sumisos que tienen que aceptar propuestas que vayan contra la economía y la seguridad ciudadana. Pero bien, aquí tal parece que los intereses del gobierno y de los sectores subversivos valen más que las demandas y los intereses de la gran mayoría, los que tenemos que pagar todos los desatinos y compromisos adquiridos entre cúpulas.
Todo los nicaragüenses que anhelamos la paz; un estado de derecho, tenemos la obligación de salir a las calles a exigir que se nos respete y a no ser chantajeados, manipulados. Protestar por sus derechos no es violentar el orden público, es imponerse para que prevalezca un verdadero estado de derecho y enseñarle a los gobernantes de turno que los gobernados tenemos nuestros deberes pero también nuestros derechos, los cuales nunca pueden ser pisoteados por un gobernante y mucho menos por partidos, grupos o personas subversivas.
Es irónico, pero en nuestro país protestan los empresarios del transporte a los que casi siempre los gobiernos de turno les satisfacen sus demandas. Igualmente protestan los productores y empresarios y también reciben sus prebendas. En cambio, nadie sale a las calles a demandar a que se mejore la economía de los miles de hogares, a los que les hace falta hasta el alimento, mientras otros se pasean entre el lujo, la vanidad y su ego desmedido, lo es el caso de la mayoría de nuestros “líderes”. Pero nada es eterno, pues, “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. 
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