El centenario del Beato Josemaría Escrivá
Annabelle Sánchez Duarte
El martes 26 de junio nuevamente conmemoramos la fiesta del Beato Josemaría, quien está alcanzando tantos favores de los cuales millares de personas en el mundo entero son receptoras de tanto afecto como nos prodiga. Es justo que nos acordemos de él y del aniversario de su nacimiento que celebraremos el 9 de enero del 2002. Se cumplirá entonces el centenario del nacimiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y no queremos que esta fecha pase inadvertida para todos los ciudadanos nicaragüenses, algunos de los cuales ya conocen la existencia del Opus Dei en Nicaragua desde el mes de julio de 1992.
Una vez más recordamos el mensaje que el Beato Josemaría nos ha transmitido: es querer explícito de Dios que todos busquemos la santidad en medio del mundo, a través de nuestro trabajo ordinario, en todas las circunstancias y, haciendo de éstas, ocasión de acercar otras almas a Dios. Es éste un mensaje, como él solía decir, “viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo” pues sigue constituyendo una novedad para la gran mayoría de los cristianos católicos los cuales pensamos que la santidad es sólo para personas especiales y privilegiadas.
El Beato Josemaría poseía una vigorosa personalidad que Dios le dio y de la cual él supo hacer un instrumento idóneo para llevar adelante la misión que Dios le encomendó. Solía sonreír con frecuencia y siempre demostró una gran acogida para todas las personas que le buscaron o que encontraba en sus andanzas. Sonreía, abrazaba, decía cosas divertidas y bromeaba —¡tenía un buen humor increíble!— con la gente a la que trataba habitualmente y a la que recibía en su residencia porque le llegaban a visitar de cualquier parte del mundo. Quería apasionadamente a todas las personas, a todos los países, al mundo entero en el que vivimos y nos movemos y demostraba su amor con obras. Allá por el mes de marzo de 1971 le conté que yo era de Nicaragua y él, con cariño, quiso que le contara detalles sobre mi patria... la sorprendida fui yo cuando me habló con conocimiento de la situación global del país y me pidió que tuviera paciencia, que ya llegaría el Opus Dei a Nicaragua en su momento.
Tenía gran capacidad de comunicación y para relacionarse con personas de las más variadas situaciones y circunstancias de la sociedad. Puede decirse que era un hombre que se adaptaba a todos los temperamentos y a todo tipo de formación que tuvieran sus interlocutores. Sus palabras llegaban directas, sin rodeos, hasta el fondo del alma a personas de los más variados orígenes, de cualquier raza o país. Todo esto combinado con una gran delicadeza en el trato y con unos ojos que miraban profundamente y con gran amabilidad. Realmente estar hablando con el Beato Josemaría constituía una gran fuente de serenidad y de paz porque era eso lo que él transmitía en su conversación.
Tenía un gran optimismo y por esa razón estaba siempre alentando a ser mejores y más alegres y todo eso sin olvidar ni esquivar las dificultades y los problemas, sin ignorar la mediocridad y el pecado, sin rehuir ni tratar de ocultar el hecho tangible del dolor humano. Muy propias de su personalidad fueron la espontaneidad y la dignidad en sus palabras y en sus gestos. Trataba cordialmente con toda clase de personas y para todas tenía algo muy personal que hacía que las personas se sintieran inmediatamente en confianza. Continuamente enseñaba, como él mismo luchaba por hacerlo así, a vencer las dificultades una y otra vez, sacando nuevos impulsos, recomenzando las veces que hiciera falta, luchando por vencer los defectos personales y saber sufrir con alegría. En una ocasión comentaba: “...yo he tenido y sigo teniendo muchos defectos. ¿A ver quién no tiene defectos? ¡A ver, uno que no tenga defectos, que lo ponemos en un museo...! Yo tengo muchos defectos, y estoy luchando contra ellos desde chico; y mientras me dure la vida seguiré luchando”.
Amaba el mundo apasionadamente porque amaba a Dios, con esa misma fuerza con la que quiso siempre llevar a todos hacia el amor de Dios. Y una vez decía a miles de personas que le escuchaban: “Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”.
* Doctora en Educación. 
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