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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 29 DE JUNIO DE 2002
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Una lectura de “Es cara musa”

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Ezequiel D’León Masís

Originada en El Salvador durante los años cincuenta y consolidada en los sesenta, la llamada “Generación comprometida” congregó a escritores que situaron su actividad intelectual dentro de la tendencia que propugnaba la atención consecuente respecto a los asuntos sociales y que, al mismo tiempo, acogía los valores estéticos vanguardistas de algunas corrientes extranjeras. En esto último, quizá, radicó su mérito literario real.

En efecto, la obra inicial de Alfonso Kijadurías (1940) emergió con escritos que abarcaron una clara preocupación por lo social en esa atmósfera circunstancial de la “Generación comprometida”, amén de la plena ejecución del verso libre. En esta ocasión, recuerdo el verbo irreligioso de aquel poema titulado “Panfleto”, que agitaba “toda la historia escrita en la mejilla izquierda/ de este país que en su ironía se llama salvador”.

Dividido en cuatro secciones, conectadas a su vez por un ritmo reflexivo común, el libro “Es cara musa” (Concultura, 1998) reúne parte de la poesía reciente de Alfonso Kijadurías, quien —sin el prejuicio del mal gusto de repetir los discursos— parece advertir nueva causa en los vicios y errores que subsisten en la modernidad, a saber: el consumismo, la corrupción, el sibaritismo y la imprecisión del caos mediático.

Kijadurías se vale, incluso, de las posibilidades del intertexto y la reescritura para guiar el fondo de sus secuencias poemáticas; inserta referencias oportunas para el lector avezado, colocándolo al centro de perspectivas simultáneas en el texto.

“Es cara musa” refleja, en sentido rotundo, los dilemas de la existencia contemporánea y, asimismo, propone la representación del mundo entre el asombro y el desconcierto alienante. Así, empieza por establecer un concepto sobre el placer como fundamento impulsor de la dialéctica de la civilización y, con palabras que bien pudieran ser de Herbert Marcuse, alega: “Sin eros no hay historia. Baldío todo”.

A medida que adquiere ese razonamiento, el poeta asimila su oficio en un espacio desolado, hostil para sí.

No obstante, el lenguaje, como instrumento idealizante, suplanta esa realidad que atosiga al ser humano. Sí. La poesía es un mero registro testifical, pero rescata la esencialidad de las cosas que ha sido suprimida por la rutina inmediata del utilitarismo rapaz. Lo que tampoco quiere decir que esté incluida en el lenguaje una garantía de supervivencia: “Yo que escribo estas líneas dejaré de existir”, admite Kijadurías.

En “Es cara musa” prevalece, en fin, un estilo aforístico, agudo, casi siempre enclavado en retruécanos que afirman y niegan lo que nombran, especie de claroscuros que procuran interpretar las contradicciones e incoherencias de nuestra vertiginosa época de cambios sociales.

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