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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 29 DE JUNIO DE 2002
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Huyendo de Estigia

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Salvador Canjura

Ramón Mendoza era un comerciante como tantos otros. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente. Recorría el país de un extremo a otro en autobús. Compraba en San Miguel lo que vendía en Izalco y gastaba en San Salvador. Probablemente su estilo de vida era una herencia de su madre, una húngara vestida de árabe que acompañaba los juegos mecánicos en cuanta fiesta patronal hubiese. Ella leía la mano a los enamorados por treinta centavos. A los maridos que se creían engañados les cobraba veinte centavos más. “Eso es para que aprendan a no ser desconfiados”, decía a su hijo Ramón, quien vestía un traje de turco y se encargaba de cobrar las consultas que ella impartía.

Ramón no entendía la razón por la cual su madre no le había permitido llevar un nombre extranjero. Miles de veces platicaban acerca de ello:

—Pero, ¿por qué no puedo tener tu apellido? —inquiría el pequeño.

—Porque así no te señalarán -contestaba fríamente la madre, sin mirarlo a los ojos como era su costumbre.

Años después, por fin pudo entender que en El Salvador se sospechaba de los extranjeros, sobre todo de los húngaros, quienes tenían fama de ser gitanos, duchos en echar mal de ojo y robar a los recién nacidos de los brazos de sus madres. Por eso eligieron como apellido Mendoza, tal como aparecía en un mapa de Argentina que casualmente tuvieron la oportunidad de ver unos días antes de obtener la ciudadanía. Siendo adulto, Ramón meditaba: “afortunadamente no escogimos como apellido Jujuy o Neuquén”.

Siempre tuvo suerte como vendedor. Su piel blanca, el cabello muy negro y sus ojos grises, le habían permitido ser muy popular entre las mujeres. Cuando cumplió cuarenta años advirtió que estaba perdiendo el encanto, por tanto se vio obligado a viajar a los lugares más apartados del país. Tal vez en los pueblos más pequeños no conocieran a las personas con ojos claros. Así logró sobrevivir por unos años más, hasta la fecha fatídica en que su cara se llenó de arrugas y su cabello de canas. Había engordado y sus manos temblaban como gelatina. Cada día le resultaba más difícil mantener el paso agitado que llevaba. Estaba tratando de vender unas telas en Suchitoto cuando escuchó el rumor de que una enfermedad extraña había matado a muchas personas en los alrededores.

—Pucha —dijo para sí—, esto no es conmigo.

Tomó el primer bus que salía de allí y se sintió a salvo. Dos o tres buses más lo llevaron a Ilobasco, en donde vendió las telas y compró varias artesanías que pensaba vender en otra región. Se disponía a almorzar cuando escuchó que muchos ancianos habían muerto sin causa evidente. Observó algunos ataúdes que se dirigían a las casas de los difuntos. No esperó más y salió de la ciudad rápidamente.

Estaba muy intrigado por lo sucedido en los últimos sitios que había visitado. Desgraciadamente, tuvo que soportar durante unos días más estas trágicas escenas. A cualquier sitio que llegaba, la muerte hacía sentir su presencia reclamando víctimas. Ramón huyó de una ciudad a otra, de un caserío a un poblado, pero era en vano, la muerte acechaba en todas partes. En Nahuizalco tuvo que soportar nuevamente este horrible espectáculo. Estaba conversando con un antiguo amigo suyo acerca de los extraños sucesos de esos días. De pronto, su compañero de diálogo perdió el habla, puso una mano sobre su corazón y cayó fulminado por un infarto. Las personas que observaron la escena auxiliaron al infeliz; Ramón quedó tan impresionado que empezó a correr despavorido por las calles, salió de la ciudad y abordó un camión que lo llevó a la entrada de Armenia.

El fugitivo estaba agotado, no recordaba cuándo había dormido dos horas seguidas por última vez.

Tampoco recordaba cuál había sido su última comida. Se sentó al borde del camino, sobre unas piedras, cerca de una ladrillera. Quería pensar, saber qué hacer. Estuvo meditando unos diez minutos, divagando de una idea a otra, mas un tufo insoportable lo volvió a la realidad. Una pestilencia como no había sentido en su vida lo hizo estremecerse sin control. Volteó a todos lados para averiguar la fuente de ese olor, sin descubrirlo. Quién sabe de donde, apareció una anciana harapienta, su piel era cobriza y estaba cubierta de una infinidad de arrugas y arañazos. Arrastraba la pierna izquierda, en cuyo extremo se podía observar una pelota de carne a manera de pie. Sobre la cabeza acarreaba un canasto desvencijado, a punto de hacerse mil pedazos. La anciana llevaba dentro del armatoste una infinidad de caites que parecían tener doscientos años de antigüedad. Las suelas estaban podridas y las correas eran una colección de hilachas desteñidas.

—¡Ay! —se quejó la anciana— ¡Qué cansancio!

—¿Qué le pasa, abuela? —musitó Ramón, temeroso de esa mujer.

—Es que no aguanto más. ¡Tengo que descansar un rato! —la anciana se sentó junto a Ramón y abrió vigorosamente su único ojo; estudió a su acompañante de pies a cabeza y dejó escapar un suspiro de alivio. Los labios entreabiertos delataban dos encías carcomidas y sin dientes, la lengua negra y raquítica se movía de un lado a otro de la boca, saboreando las palabras que pronunciaba.

—¿Por qué me mira así? —dijo Ramón, cada vez más nervioso. Sudaba profusamente y sentía un mareo embarazoso.

—¡Ah! ¡Es que por fin te encuentro! Te he buscado por todas partes, te he seguido a todos lados y siempre has salido corriendo. Mirá cuántos caites he gastado en estos días. Dicho esto, la mujer bajó el canasto de su cabeza y lo depositó a sus pies. Mientras tanto, Ramón se armó de todo el valor que pudo y enfrentó resueltamente a la anciana: —¿Quién es usted, vieja? —las palabras salieron de la boca del hombre como un susurro.

La mujer dejó escapar una risotada estruendosa y contestó: —Soy la muerte. ¿No me has reconocido?

—¡No puede ser! —dijo él, sintiendo enloquecer. Las piernas no le respondían y su corazón palpitaba rápidamente- ¡La muerte es un esqueleto y tiene una guadaña!

—Ay hijo —dijo la vieja, colocando su mano en la de Ramón—, esos son cuentos de húngaros.

Esas fueron las últimas palabras que él escuchó. Su cuerpo fue cayendo al suelo, mezclándose con la arcilla. Las personas que vieron el cadáver quedaron impresionadas por la expresión de terror en el rostro de aquel desconocido. Horas después, el juez de paz asentó en la partida de defunción que la causa de la muerte del ciudadano Ramón Mendoza, de cincuenta y seis años de edad, salvadoreño por naturalización, había sido un ataque al corazón. El informe del forense señalaba que el occiso no había ingerido alimentos en varios días, añadiendo que despedía un olor muy desagradable, como de zapatos viejos, cuya causa no pudo ser determinada.

(El Salvador, 1968) ha publicado el libro de cuentos “ Prohíbido vivir”.

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