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¿Quién anda ahí?
Federico Hernández Aguilar
Somos cuentos contando cuentos… Fernando Pessoa
El poeta sufí de Córdoba, Al Mutamar-Ibn al Farsi, vivo entre 1118 y 1196, piensa que los grandes emisarios tocan a la puerta con dos nudillos, precisamente cuando la puerta gime cerrada al fondo de algún pasillo obscuro, tan iluso y atravesado de prejuicios como un tren de pasajeros. Mas cuando llegan, los emisarios saben deletrearnos el asombro con una familiaridad preciosa —algo que se aprende tras muchas horas frente a relojes antiguos—, y saben guiar el cardumen de los instantes a la vera de un camino silencioso. Cuando llegan, pues, los emisarios, nos devora el tiempo sin fruición, cómplice del bronce y los destierros. Humo convenido puebla voz, garganta, boca de los emisarios. Les apesta el aliento a relicario y a falta de inocencia cada uña. No lo dicen, pero les disgusta el hombre que los ha visto venir, porque es árida la espalda del que sabe, y a su paso, como cangrejos, todos va dejando anillos fugitivos en la arena Y si nadie los conoce, ¡cómo se relamen de gusto los emisarios! Mienten, entonces, por costumbre. Y dejan que los hombres se mueran de repugnancia, de su propia certeza de morirse.
Así de indescifrantes son los emisarios, que no los detiene ni el olor a bautizo de las horas, ni el crepitar fecundo de la remolacha al ser mojada, ni las torpes hazañas del veneno. Nada es más denso que su inminente sed y nada menos ágil que su absoluta lengua.
Una vez, hace ya muchos años, un filósofo quiso esperar la visita de los emisarios en compañía de una mujer, prendido en fiebres y al asedio lechoso de un acto consumado. El resultado fue, por cierto, extravagante, y lo menos curioso fue el apetito involuntario de los rudos visitantes. Tampoco el Marajá de Iliamina, que se contaba entre los sabios del mundo, pudo evitar que por el tragaluz de su impericia entraran los emisarios, que utilizaron la parcial ramificación de sus venas para doblegarle. De aquel acontecimiento gris da cuenta el honroso testimonio de una palmera, eternizada desde entonces por los poetas ciegos de Iliamina. Y hubo quien buscó refugio, desde luego, en los olivos, en las acacias, en las cuatro miradas de la luna, en alguna profecía retadora… Todo inútil. Los emisarios han viajado por los nueve continentes del asma y han hallado su camino entre salivas, corchos, sábanas, cortinas, músicas hirvientes y ufanas lluvias, princesas musulmanas y frisos de epopeyas inmortales. Nadie los ha visto, pero todos han visto sus huellas digitales en el cielo —ese infame pedazo de cartón que se arruga ante el grave, alevoso paso de una nube ensimismada—. Nadie los ha visto, pero los emisarios han ganado. Han vencido a los escépticos y han acallado sus reclamos, sus torpes reclamos prostituidos de vida conocida. Ellos, los emisarios, son implacables; los hombres, aplacables. En una balanza, por supuesto, el equilibrio está condenado al fracaso. Un par de nudillos… y es todo.
* El Salvador, 1974. Libros publicados: Con el Permiso de Ustedes (1997); El segundo verbo (Poesía,1997); Inconclusiones (Cuatro ensayos filosóficos, 1998); Mordiendo la manzana (Poesía, 1999); Gotas (Aforismos y epigramas, 1999); Brusca prosa (Ideas, juicios y vislumbres, 1999) y Once maneras de iluminar mi sombra (Poesía, 2000). |
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