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Poesía salvadoreña
La esfera imaginaria
Alfonso Kijadurías
VII
Contra esa opaca envoltura que opaca al mundo la frescura de lo nuevo. Abajo la opresión: la soga mercantil, la religión bancaria, los viejos y roñosos pensamientos, la corrupción: ese hedor milenario; la suciedad del mundo y el moho que lo cubre. La gran danza macabra. Vuelve, regresa y nombra lo innombrable. No está bien que el poeta se vuelva en servidor del estado, pues su misión es denunciar el engaño, dar forma al mundo e impedir que se duerma.
IX
No hay nada más solitario que la eternidad, ni nada más incómodo que la condición humana. Como si alguien arrancara las delgadas cáscaras de la noche, como una fuerza extraña forcejeando a mi lado en la oscuridad el día se abre con su blancura de lichy, primer día del año, del nuevo comienzo del tiempo que también vuelve a nacer. Pululación informe de lo hondo. Te sostiene el misterio, las estrellas que miran nuestra noche. Ah deliciosa pobreza, nadie disfruta tus frutos como yo. Aunque venga el olvido no dejaré de ser el que antes fui y mañana será. Un ser seguro que no se cansa de fingir su nada. La claridad te viene del río por donde ves pasar la eternidad del día, del día que los espejos guardan con asustada inocencia. La luz baja a señorear sobre las sombras dejadas por el sueño, el sueño del renacimiento de la renovación. Por ese camino vienen los pasos y las palabras, la claridad que ilumina el calabozo, la gota de agua en el rojo universo de una rosa crucificada en su pasión. En tono mi ser un ojo mira por mí. Será el ojo de Dios? |
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