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LUNES 11 DE NOVIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22909 / ACTUALIZADA 02:30 am
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El vilipendiado mercado

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

La costumbre que tengo de guardar cosas curiosas me ha hecho conservar una tarjeta de Navidad que el gobierno sandinista puso en circulación en 1984. Una obra del pintor primitivista nicaragüense, Leoncio Sáenz, adorna esa tarjeta. Se llama “Nacimiento”. En ella aparece un ángel que, sobrevolando el pesebre de Nuestro Redentor, lleva consigo una cinta que dice: “Vengo a anunciarles que en Nicaragua ha nacido el hombre nuevo”. Y por supuesto que con un mensaje así no tenía más remedio que guardarla. ¡Ah, esa costumbre mía de analizarlo todo y de fijarme en los detalles!

Quizás algunos que hayan visto esa pintura de Sáenz consideren que no refleja más que una simple sensibilidad artística, pero, para mí, lo que está plasmado con absoluta claridad es nada menos que la visión utópica de la ideología socialista que se apoderó de nuestra Patria en aquellos aciagos y tristes días.

El “hombre nuevo” que nacería en Nicaragua y en el resto del mundo estaba supuesto a ser producto de la revolución socialista —en Nicaragua llamada sandinista—, la que, al eliminar la propiedad privada —“fuente de todo mal en el hombre”— haría surgir un hombre fraterno, cooperador y solidario. Atrás quedaría el hombre competitivo, avaro, prepotente y egoísta de las sociedades capitalistas. Esa absurda mentalidad utópica causó la muerte de decenas de millones de personas en todo el mundo durante el sangriento siglo XX, y, para desgracia nuestra, aún permanece viva en la mentalidad anti mercado.

El mercado es visto por los socialistas como la expresión del vicio y la concupiscencia del hombre y la mujer, y como un mecanismo diabólico que permite el enriquecimiento de unos cuantos a costa del empobrecimiento de la mayoría. El Estado, en cambio, bajo la dirección de la clase política, es visto por ellos como un ente noble y desprovisto de interés alguno como no sea el de salvaguardar los intereses de la sociedad.

Aparte de que lo anterior es un verdadero disparate, cabe aclarar que el mercado no es más que el ámbito en el que los seres humanos intercambian, libre y pacíficamente, bienes y servicios a precios negociados y de acuerdo con arreglos institucionales. Presupone, entonces, la existencia del concepto de propiedad, ya que no es posible intercambiar lo que no es de uno. Es, en otras palabras, una expresión de la libertad individual y de la búsqueda de la felicidad, porque uno solo está dispuesto a dar lo que le es propio si, a cambio de lo que da, obtiene algo que considera que mejorará su bienestar.

Cuando esos intercambios se hacen sin la interferencia de terceros, se habla entonces de la existencia de un mercado libre. Y si las personas que intercambian lo que es suyo son a su vez las que conforman la sociedad, no tiene sentido, entonces, de hablar de un interés privado como contrapuesto al interés de la sociedad.

Pero cuando el Estado se entromete en los arreglos voluntarios, el mercado deja de ser libre y se convierte en un mercado intervenido. La clase política siempre alegará que la intervención la hace para “corregir las imperfecciones del mercado” (como si su intervención pudiese perfeccionarlo). Pero lo que en realidad hacen los políticos al intervenir con leyes y regulaciones que afectan precios, cantidades o zonas geográficas, no es más que beneficiar a un determinado grupo económico o gremial en perjuicio de otros que, por lo general, son los más pobres.

La búsqueda perenne del bienestar, que es muy propia de la naturaleza humana, sólo puede darse sin perjuicio de otros cuando existen mercados libres. Además, éstos son esenciales e indispensables para que el deseo de crear riqueza no sufra merma. La tecnología, aunque necesaria, no es suficiente para ello, y quien no lo crea así sólo tiene que echarle un vistazo a las sociedades socialistas que, aun disponiendo de tecnología, han demostrado, históricamente, ser incapaces de producir riqueza.

Quienes creen que es posible crear una sociedad no competitiva y productiva a la vez, gustan de criticar la famosa “mano invisible” de Adam Smith, pero casi un siglo antes del gran escocés, ya el filósofo holandés de origen portugués, Baruch Espinoza, había observado que “cuando cada hombre busca con más ahínco lo que le es útil, son los hombres más útiles los unos para los otros”. Y eso sólo es posible en el mercado libre, institución indispensable para conservar la libertad y para mejorar la condición de vida de todos.

*El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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