Desde Washington
Inmigrantes, promesa de cambio en el norte y en el sur
Marcela Sánchez
WASHINGTONPOST.COM.- La primera persona a la que escuché declarar que los latinos iban a destruir este país no fue a un trabajador estadounidense que acababa de perder su empleo de manos de un inmigrante recién llegado, ni a un dueño de casa consternado con la invasión extranjera de su vecindario, ni siquiera a un californiano o texano convencido de que los mexicanos planeaban recuperar su territorio. Fue a mi madre.
Todavía soltera, Inés Fonseca Martínez, había viajado por primera vez a Estados Unidos en los años 50, invitada por sus pudientes tíos. Para una joven estudiante de filosofía y letras su corta visita se convirtió en la primera oportunidad de ver de primera mano el país que admiraba por ser la cuna de algunos de sus poetas favoritos: Walt Whitman, Ezra Pound, T.S. Eliot.
Treinta años más tarde, nuevamente de visita en este país, no podía creer lo que veía. Esta vez, las personas en el vuelo de Bogotá a Nueva York eran distintas. Fue casi como si estuviera en un bus rural colombiano con la excepción de que no había gallinas cloqueando ni bultos de maíz.
Esas no eran precisamente las personas que podrían representar mejor a su país, su cultura, su generación. Ellos cambiarían el aspecto de Estados Unidos, pero con rasgos de su país que ella escasamente conocía, o conocía sólo lo suficiente como para reconocerlos tal vez entre los vendedores ambulantes de Manhattan, pero ciertamente no entre aquéllos en el Met o el Guggenheim. Me temo, pensó ella, que esta inspiradora tierra nunca será la misma.
Desde mediados de los 60, Estados Unidos dejó de ser un país de inmigrantes predominantemente europeos, a ser hoy uno donde la mayoría de ellos son latinoamericanos. Y como los europeos que los precedieron, muchos han venido huyendo de guerras, hambre y conflictos internos para encontrar seguridad y nuevas oportunidades.
Pero lo que disgustó y entristeció a mi madre para mí ha sido causa de admiración en los años que llevo viviendo en esta sociedad igualitaria. Claro que los mejor educados y los más ricos también han venido, pero no son ellos sino los vapuleados, los pobres, las masas en tropel las que han hecho a este país.
Yo entiendo porqué mi madre no vio eso. Al fin de cuentas, ella ha vivido siempre en un país –y una región– con un afianzado sistema de inequidades sociales. Pero ¿cuál puede ser la excusa de aquéllos que han vivido acá y todavía parecen incapaces o poco dispuestos a aceptar el cambio que ha estado ocurriendo en este país por años?
Si la reciente avalancha de mensajes que recibí después de escribir una columna sobre la reforma a la inmigración y sus beneficios para la seguridad interna de la nación es algún indicio, algunos en este país han decidido pelear con pasión.
Estados como California se “desintegrarán”, para citar el sentimiento de uno de los que escribió, y se convertirán en estados del “tercer mundo dominados por corrupción y pobreza”. Si se logra detener la inmigración ilegal, el dinero ahora gastado para servir a estos “criminales”, como lo puso otro, podría ser “mejor usado para construir y mantener nuestras avenidas”.
Estos escritores, algunos de ellos latinos, están en su derecho de añorar un mejor pasado, y lamentar la pérdida de un cierto modo de vida –incluso con el riesgo de, si me atrevo a decirlo–, parecer contrarios a la tradición estadounidense. Como mi madre, parecen tener sólo una visión parcializada. Pero mientras haya desesperanza en los países del sur, y en Estados Unidos aumente la demanda por trabajo barato y no especializado, inmigrantes latinoamericanos seguirán viniendo, legal o ilegalmente.
Y mientras algunos prefieren desconocer esta realidad, otros toman en cuenta el aumento de la vejez de la población estadounidense, como también las proyecciones futuras de escasez de trabajadores y la necesidad pos septiembre 11, de tener una mejor idea de quienes viven aquí. Estos últimos parecen dispuestos, al igual que algunos miembros del Congreso estadounidense que han presentado recientemente una legislación para una nueva e integral reforma migratoria, a extender una mano benévola a los inmigrantes y ofrecerles una mejor oportunidad de adaptarse a esta nación y contribuir a su desarrollo.
Fue en los años 50, precisamente cuando mi madre vino por primera vez, que el programa bracero, el primer acuerdo de trabajadores temporales, estaba en pleno vigor. Bautizado como un programa de “esclavitud legalizada” por un funcionario estadounidense, el programa acabó en desgracia una década más tarde. Lo que mi madre vio a mediados de los 80 fue la primera ola de inmigrantes latinoamericanos que vinieron sin ningún programa especial y a menudo ilegalmente.
Hoy los latinos se han convertido en el grupo minoritario más grande de este país. Su trabajo no sólo beneficia a esta economía sino también a las economías de sus países de origen. Ojalá la próxima etapa que presencie mi madre, incluso sin necesidad de venir acá, sea la del poder nivelador de este país, que surtiendo efecto en Latinoamérica empiece a arrastrar consigo algo de las viejas estructuras de clase a su alrededor.

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