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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 30 DE AGOSTO DE 2003
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Suave evocación

.Héctor Villalobos, el maestro del folclor brasileño

Joaquín Absalón Pastora*

Fulgores de “neón” abrumaban de colorido el giro de sus ojos —chisporroteos— cuando respondían a cada pregunta del curioso entrevistador. Alzábase la incitación cuando se les preguntaba por Héctor Villalobos, el maestro del folclore brasileño. Vayamos a esta proporción signada desde luego por cada una de sus distantes geografías: Villalobos en Brasil, Bartok en Hungría.

Evoco el concierto de un dueto, uno de los tantos bendecidos por el lustre manual y obsesivo, animado por la animosidad irrevocable de compartir los escenarios del Mundo: Antonio Guerra Vicente y Belkiss Carnero de Mendonca. No sé si todavía la pareja pergeña, tienta o hace temblar los escenarios con las arcadas sobre el cello y las manos limpias y robustas sobre el piano de cola de la pretenciosa innovación.

Hicieron historia y dejaron en las nuevas generaciones el sabor soterrado a veces, por la inclinación de cultivar lo muy distante y ajeno a las raíces dejando a un lado la cercanía del panel criollo lleno de mieles, de cada uno de los países de América Latina. Y de esa riqueza oculta ellos fueron itinerantes sin ser indiferentes a los grandes creadores y ejecutantes de la concordia clásica.

A los dos los vimos y los tratamos en el Teatro Nacional Rubén Darío en el encuentro que siembra y fertiliza los frutos espirituales en la inmensa y nunca sosegada memoria. Dos eminencias en el arte de los sonidos, dos evasores honrosos de la improvisación.

Belkiss muy técnica y profesoral y Antonio más “puntoso” sobre todo cuando parece envolver al cello con sus brazos en los caprichos de la música absoluta de Brahms, natural en el redondeo de la percepción y de la ejecución. Dentro de los muchos expuestos en la tenacidad viajera, lucieron a Vivaldi, a Brahms y a Villalobos, montando aires nuevos en la sonata número cinco del primero, compuesta de dos largos y de dos allegros intercalados concediendo a su instrumento la oportunidad de lucir la diferencia tonal hasta donde la riqueza lo permita, dejando al pianista que haga la riesgosa traslación (por aquello de ser más añoso en el sonido) del clavecín al piano de gran volumen, acompañante cauteloso ensimismado en la iniciativa melódica del compañero de armonías, libre en hacer uso de los decorados de la concepción puesta en las páginas pentagramadas.

En Brahms se siente mejor el ambiente de cámara (más en la sonata opus 38) escrita especialmente para piano y cello y por lo tanto para los artistas entregados a la proclama de ese binomio seductor. Constantes fantasías y caprichos recaen en el piano, felices impactos, múltiples e impresionantes tonos graves en las cuerdas del cello que Brahms con su afecto a “la música por poesía”, engarza con melodías reservadas que los oídos ansían dando saltos más a menudo en el enfoque de la estelaridad.

Al margen de sospechar alegremente que todavía andan juntos por el mundo, merecen ambos la remembranza y la ponderación del empeño de poner énfasis en los valores de la música latinoamericana.

*Crítico musical  
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Suave evocación