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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE JULIO DE 2003
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No hemos perdido el paraíso

.Acerca del XIII Festival Internacional de Poesía en Medellín, y la Primera Cumbre Mundial de la Poesía por la Paz de Colombia

Blanca Castellón*

¡Créanlo! Sólo hay que buscarlo en Medellín, ahí se recupera cada año, cada día, en que miles de seres humanos ponen su alma y su razón al servicio de la poesía. Más de una década en que gracias a los organizadores, en especial el coordinador Luis Eduardo Rendón cuya entrega a los caprichos armoniosos de los 50 poetas del mundo no tuvo límites y una multitud de seres halados como la hermosa Yaira, el Buen Johnny y otros que forman parte del equipo, invitan a probar los frutos del árbol de la vida que extiende sus raíces y su savia por los cinco continentes.

Del 14 al 22 del mes pasado, se llevó a cabo el XIII Festival Internacional de Poesía en Medellín y la Primera Cumbre Mundial por la Paz, que este pueblo viene persiguiendo a través de varias décadas. Este año por primera vez se intentó conjugar el cese al fuego, con “esa cosa liviana, halada y sagrada” como definiera Platón a la poesía. Digamos una semilla mejorada en cuanto a los festivales anteriores, que ojalá germine a favor de ese pueblo que huele a creatividad y a arte. Ojalá los medios de comunicación no intenten desangrar la propuesta con sus dardos, muchas veces envenenados en busca de amputar un pie al gato y le den igual importancia a la poesía que al derecho que tienen los colombianos a recoger el canto de los poetas como se recoge la lluvia, para verterlo en la médula de la guerra y apagarla de una vez.

Por asuntos del poder divino, de generosidad de la luna. De la suerte y de amistades valiosas como el gran poeta Raúl Henao, salí favorecida en la rifa y me tocó representar a Nicaragua; modestia aparte, el duende me ha tocado con su varita mágica muchas veces y he vivido experiencias más o menos semejantes en otras tierras. Medellín va más allá, más allá de todas. Se llenan las plazas. Se llena la luna. Se llena el corazón; de un aire suave de pausados giros. Se vive. Se entra en aquellos versos premonitorios de Darío que sólo había leído y que en la ciudad de la eterna primavera: toque. Comí y bebí: “únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos/ formen todos un solo haz de energía ecuménica/ ... sólidas, ínclitas razas/ muestren los dones pretéritos que fueron de antaño su triunfo”.

El cielo nos dio su húmeda bendición más de una noche, se abrieron los paraguas y los latidos de la imaginación. Jóvenes, niños, adultos en estereofónico coro respirando el enigma. Viajando al principio. Saltando de las aristas envenenadas de la guerra a la calidez de la paz. Entrando a la íntima evolución de nuestra especie. Dejando plantada la médula del odio que nos observaba con los binoculares de la envidia que ya conocemos y que más de alguna vez se ha incrustado en este nuestro ombligo de América.

Parece tan difícil retorcer las líneas que nos llevan a la extinción de la especie: los académicos, los razonables, los notables, los burgueses, los campesinos, los obreros, los científicos, los banqueros, los comerciantes, las pitonisas, las ejecutivas; todos buscando el equilibrio global afuera de sí mismos, a mil años luz de la palabra que de verdad hace la paz, el amor. Reformadora del caos. Justiciera del odio. En Medellín regrese a las cavernas ancestrales, a la vida comunitaria. Abracé mi propia imagen y me reconcilié con ella, porque en todos y cada uno presentes en plazas, avenidas, pueblos lejanos, se reflejaban o se multiplicaban como el milagro de los panes las palabras de medio centenar de poetas de todo la esfera, con la esperanza de enderezar el camino que nos lleve al abrazo eterno con la naturaleza y el cosmos.

Escribo estas líneas desde algún lugar de Nicaragua donde ha regresado mi cuerpo, mi alma todavía sigue allá, es necesario y urgente remolcar a Medellín a nuestra patria o vámonos todos para allá.

No puedo abandonar la página, sin hacerles llegar un tanto de mi dicha, algunos fragmentos de la poesía que se incrustó en mi vientre y que preñó mi horizonte con su luz.

* Poeta nicaragüense.  
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No hemos perdido el paraíso


Pétalos desgajados en Medellín


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