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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE JULIO DE 2003
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Poesía nicaragüense
Elegía a las piernas de Helena

Guillermo Rothschuh Tablada

Apenas se abre el día Helena muestra bajo sus peplos sus claros peristilos.
Pulido mármol revela sus dones por donde no pasó dedo de Fidias ni pico de grulla,
sino tornado vuelo de ledas y de ánsares.

Y piernas más que columnas, y jónicas más, que corintias, se doblan sin quebrarse.
Porque yedras, suben, se enredan en sus rodillas, y lamen si a sus tobillos bajan.

Desesperante paz para mi guerra de nervios, para mis sueños de lunas fatuas. Porque ella, estelar
y marina, en perpetuo turno dase al ojo que nunca se fatiga.

Y ábrete, y sésamo, y mil cuentas más de sus noches más íntimas. Imaginando poses.
En escabel sentándose y en pórticos divirtiéndose.
Brindando como por descuido sus muslos de cristal
—purísimos—.
De resplandor gorgónicos y de fulgor gorgorino.

Porque ellos, como las profanas prosas de Don José Lezama Lima
—el de las licuantes eles— atosigan, hieren, enlaberintan, aniquilan.

Cráteres para mis labios antes que goznes para las
puertas Esceas, porque Héctor se levanta
y Aquiles se recrea.
Y una década aplacar la contienda, no es tiempo ni ley
que mengüen su belleza secular y autónoma.

Pero, ahora, más que lágrimas empleamar que
deshiela, es hilillo de sangre mi tributo mío, de humor
vítreo, de vino en véritas, de amor que desea —batallador
sin rodelas— hundirse hasta el puño de la espada.

Porque a sensible lucha, cruenta guerra, Femio. Y no
es trampa segura vivir siempre delirando, loando,
recordando lo que a fe incierta nunca has vivido, ni
sentido. Pozo más bien de aguas muertas. Fuente
seca y amarga.

¿Pero, cielo sellado, hasta cuándo Homero, abrirá la
aurora sus rosados dedos? ¿Hasta cuándo Helena
enrumbará la ingeniosa odiosa –Odisea, sobre el mar que
nunca duerme y que el cielo desvela?

¿Cómo aplacar las furias si trigal el pelo del rubio
Menelao; si amurallado arde París; si enfurrullado arde
Agamenón; si arde Sarpedón; si todos arden, arden,
arden, en flamantes pabilos que el celo atiza y el tiempo
enceniza?

Hogueras funden espuelas para el viaje del guerrero.
¿Pero cómo partir si Tiresias no vuelve, ni el caballo vuela?
Cómo volver a la siempre
adorada, amada Ítaca, sí vientos de rencores agitan los
velámenes, y los remos —las piernas de Helena— yacen
bajo sábanas sepultadas? ¿Hasta cuándo, Homero?
¿Hasta cuándo?  
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Elegía a las piernas de Helena