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LUNES 3 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23019 / ACTUALIZADA 1:00 am
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El desafío que enfrentan las universidades públicas

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Humberto Belli Pereira

Las universidades, como instituciones generadoras del capital profesional e intelectual de las naciones, son vistas como sedes de la conciencia crítica de la sociedad y como centros de innovaciones. Por eso causa extrañeza observar cómo las universidades públicas nicaragüenses han resistido muchas veces su propia transformación.

El último intento serio de reformar la educación superior fue abortado en 1993, cuando el Congreso de la Educación Superior Nicaragüense, que venía organizando Alejandro Serrano y otros elementos progresistas del CNU, fue misteriosamente suspendido. De acuerdo a Ernesto Medina, rector de la UNAN-León, los intentos de reforma de la década de los noventa fallaron “por falta de voluntad política”. Indudablemente cambios y reformas parciales sí han ocurrido. Algunas carreras y recintos han revisado sus políticas de admisión, sus planes curriculares, y sus sistemas informáticos y administrativos. Pero dichos cambios han tendido a quedarse en la superficie. No han tocado aún las áreas más sensibles y no cuestionan las premisas básicas del sistema. El Foro Nacional de Rectores, inaugurado el 12 de febrero como instancia de reflexión sobre la temática universitaria, tendrá precisamente, como uno de sus principales retos, romper con toda esa tradición de inmovilismo.

La exigencia de cambios profundos en el sistema universitario es un imperativo que nace de la gran ineficiencia con que funciona. La evidencia disponible actualmente sugiere que la mayor parte del seis por ciento destinado a la educación superior se desperdicia en estudiantes que no se gradúan, y que la mayoría de los que se gradúan dejan mucho que desear. Un conocedor muy honesto de nuestra educación, Juan B. Arríen, expresaba así el problema:

“Los profesionales tradicionales reaccionan frente a lo que perciben como un deterioro generalizado de la enseñanza universitaria y la correspondiente inflación de los certificados profesionales; no pocas familias y los propios estudiantes experimentan cierta frustración al no encontrar empleo debido con frecuencia al bajo nivel atribuido a los títulos y a la creciente competencia; los empresarios manifiestan descontento con la formación de los profesionales y técnicos que necesitan contratar;...” “Existen incontables señales sobre el bajo grado de eficiencia de las universidades oficiales. Varios países, entre ellos el nuestro, desembolsan dos y tres veces el costo normal por graduado debido a los años acumulados para obtener el título. A eso se añaden las altas tasas de deserción que se manifiestan en el hecho de que ni siquiera el 30 por ciento de los que ingresan, concluyen la carrera”.

En efecto, una de las quejas que uno escucha en profesionales y empresarios es que muchos universitarios tienen un nivel casi nulo de lectura, que les cuesta redactar o expresarse con un mínimo de coherencia o propiedad, y que tienen dificultades para razonar o pensar críticamente.

Inútil sería alegar que lo que el sistema universitario necesita no es tanto cambios estructurales profundos, sino mayor financiamiento. El presupuesto universitario ha gozado los incrementos presupuestarios más fuertes de la última década. En 1989 el estado le otorgó 4 millones 700 mil dólares, en 1995; 24 millones, mientras que para el año 2003 la cifra había subido a 49.5 millones de dólares. Pero en todo este período nadie ha podido documentar que dicho incremento haya mejorado el aprendizaje de los alumnos. Lo que en sí revela otra grave ineficiencia del sistema: No tener información que permita evaluar su eficiencia.

Hoy día es claro que las universidades públicas no pueden obviar más el imperativo de examinarse con total transparencia y someterse a una profunda revisión. Para esto habría que romper el molde reaccionario en que han actuado y superar la actitud acrítica que las ha caracterizado por más de una década. Tantas veces se ha visto a los estudiantes tomar las calles enfurecidos porque no se les entregan los millones que reclaman. Pero ¿cuántas veces se les han visto protestar contra la mediocre educación que reciben? ¿Qué voces se escuchan exigiendo la reforma interna de un sistema que los defrauda? Algo similar ha ocurrido con los medios de difusión y la izquierda nicaragüense, quienes alertas a detectar y denunciar con vehemencia las fallas de la sociedad, han sido comparativamente complacientes con las universidades estatales.

Ojalá que esto cambie. Ojalá que con el Foro de Rectores, y otras iniciativas similares, presenciemos un despertar de la conciencia estudiantil y nacional que proponga los cambios verdaderamente revolucionarios que nuestro sistema de educación superior urgentemente necesita.

El autor es presidente del Universidad Ave María College.

president@avemaria.edu.ni  
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