Nada personal
El respeto a los otros
Douglas Carcache douglas.carcache@laprensa.com.ni
A veces recibimos llamadas de ciudadanos que protestan por la bulla que hacen algunas comunidades evangélicas, durante sus cultos o campañas en los barrios, porque no dejan dormir y a veces ni conversar.
Ese atropello bullicioso ocurre también cuando hay fiestas al aire libre o algún vecino hace su propia parranda y sube sin medida el volumen de la música, olvidando el daño que hace al resto de familias de su calle.
Al margen de culpar a uno u otro, el problema mayor es que la Policía desatiende los reclamos de los ciudadanos afectados por los alborotos. Conozco el caso de una mujer, mayor de 60 años, que se pasa la noche entera llorando por nerviosismo e impotencia cuando a una vecina se le ocurre trasnochar oyendo reggae con estruendo. Se quejó hasta el aburrimiento, porque nadie le hizo caso.
Además de ser mala educación, imponer la bulla en un vecindario es una agresión contra la vida de los demás ciudadanos, porque, según la Constitución de la República, “los derechos de cada persona están limitados por los derechos de los demás”.
Le pregunté a un creyente evangélico si no le parecía contraproducente acosar a la gente con sermones escandalosos y reconoció que esas campañas fuera de tono incomodan a la gente que no pertenece a la iglesia. “Pero es mejor oír esa bulla que la de los pandilleros o la de las discotecas”, ripostó, justificando que al menos la primera tiene un buen propósito, evangelizar.
Creo que ninguna de esas estridencias son agradables ni saludables para las personas que quieren llevar su vida privada en calma. Además, dudo que predicando a gritos, o con altoparlantes, algún pastor pueda conseguir más seguidores que adversarios.
Aunque parece que las iglesias protestantes han aumentado, la última encuesta de opinión pública de la empresa M&R reveló que del 90.2 por ciento de nicaragüenses que se declaran miembros de alguna religión, el 70.5 por ciento son católicos, el 16.5 evangélicos y 3.2 de otras confesiones.
Periodistas de LA PRENSA le preguntaron a un pastor por qué sacaba los parlantes del templo y los ponía en la calle, si eso molestaba a la gente. Él respondió que los vecinos igual escandalizan cuando hacen fiestas para recoger fondos.
Ninguna transgresión justifica otra. Es obvio que los pastores de ciertas denominaciones religiosas quieren que todos los pobladores del barrio escuchen, a la fuerza, sus prédicas, porque creen que así atraerán más adeptos, pero lo que al final consiguen es crispar más a los ciudadanos que ya viven tensos por los problemas económicos cotidianos.
Cuando salimos a las calles, nos percatamos de la intranquilidad que presiona a la gente y en consecuencia hay conductores que corren sin precaución, otros que gritan y amenazan, y peatones que cruzan las vías aterrorizados. Si para colmo, la bulla acosa sus hogares, el tormento o la cólera serán mayores. 
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