Prosa
Agonía de poeta
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Hijos de la miseria. Acrílico sobre tela, 2002. Erick González. |
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Guillermo Fernández Ampié
Amanecía. El hombre despertó con síntomas de poeta. Grandes estertores sacudían su cuerpo y su piel expelía un olor a crustáceo. Tras muchos dolores y sin que él lo advirtiera, se había transformado en un árbol nómada. Asustado, decidió abandonar la casa, y con muchos esfuerzos caminó por las polvosas calles de su barrio, con pasos desganados, como los de un niño que aunque no desea es obligado a asistir a misa.
A cada momento tropezaba, y para evitarlo, tuvo el ánimo de levantar los obstáculos. Así recogió letras, fue reuniendo palabras, cazó signos musicales (blancas, negras, redondas y corcheas). Los mezcló amasándolos febrilmente con sus manos débiles, hasta formar un paraguas para cubrirse del sol. Y siguió andando.
Cuando se enteró, había llegado hasta el puente sobre un río abandonado. Ahí se encontró con una mujer de rostro transparente. Ella comprendió su espíritu torturado. Al menos, así lo entendió él, y se arrodilló a sus pies. Ella lo albergó en su regazo, como si un hijo suyo fuera. Lo abrazó con sus brazos relucientes, y él le acarició el vientre con sus dedos de madera. El se durmió arrullado por el viento que nadaba en sus oídos, y sólo así logró apaciguar sus pensamientos de volcanes y mareas... Él nunca supo que ella era la muerte. 
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