Editorial
Silencio, por favor
En los alrededores y dentro de los hospitales se exige guardar silencio porque el ruido es dañino para la salud, y, en cambio, el silencio ayuda a las personas a sanar y a sentirse bien. Es fácil comprender eso. Lo incomprensible es porqué sabiéndolo tanta gente hace mucho ruido de manera deliberada, dañando a veces hasta de manera irreversible la salud propia y ajena.
En las calles circulan camionetas y camiones cargando enormes parlantes de metro y medio de alto por cincuenta centímetros de ancho —o más grandes todavía—, que emiten música de mala calidad al más alto volumen posible para anunciar cualquier actividad festiva o comercial. En los barrios y caseríos se venden numerosos productos alimenticios o de cualquier otro consumo, en camionetas dotadas con altoparlantes que ofrecen la mercancía de manera ensordecedora.
A su vez, los conductores de vehículos a motor, particularmente taxistas y buseros, suenan innecesaria e insistentemente sus bocinas. Muchas personas que al parecer se aman mucho a sí mismas, en los días de sus cumpleaños ponen la música alusiva a todo volumen, desde la madrugada. En esta misma página publicamos hoy la queja de unos vecinos por el ruido de las fiestas que celebra una universidad. En las fiestas patronales y de fin de año abundan los estallidos de pólvora que causan grandes gastos, pérdidas materiales, personas quemadas y enfermas de los oídos. Y hasta los predicadores religiosos pronuncian sus mensajes por medio de altavoces orientados hacia las calles que impiden conversar y entenderse a los vecinos cercanos y los transeúntes.
Según los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ningún ser humano debe ser expuesto a sonidos que excedan los 85 decibeles (unidad de medida del ruido), pero la agresión acústica cotidiana es muchísimo mayor que ese límite. Asegura también la OMS que el ruido causa toda clase de molestias, estrés, trastornos del sueño, pérdida de la atención, dificultad de comunicación, disminución de la capacidad auditiva y pérdida del oído, alteraciones psico-físicas, problemas cardiovasculares, retraso escolar, conducta agresiva, dificultad de convivencia, aumento de los costos sanitarios, baja productividad laboral, accidentes de trabajo, ciudades inhóspitas, etc.
Y aún así se continúa dañando el ambiente acústico de manera desmedida y no hay autoridad ni ley que valga para proteger a las personas, inclusive a las mismas ruidosas.
Estas reflexiones son oportunas y válidas ahora que se celebra en muchas partes del mundo el Noveno Día Internacional de Hacer Conciencia Sobre el Ruido, que se celebró por primera vez el 30 de abril de 1996 auspiciado por la League for the Hard of Hearing (LHH) de Nueva York, Estados Unidos, y que tiene el propósito de “llamar la atención de la sociedad sobre el problema creciente del ruido, una forma de contaminación que, por no dejar residuos materiales ha recibido, históricamente, menos atención que otras, como la polución del aire y de las aguas o la causada por la basura”.
Debería ser fácil para todos comprender que el oído humano no es inmune a la agresión acústica, que sufre lastimosamente daños irreversibles cuando es expuesto a elevados niveles de ruido. Hay leyes que prohíben los ruidos excesivos e innecesarios, pero casi nadie las conoce y menos que las autoridades correspondientes se preocupen por aplicarlas, y si los hacen son desconocidos. Inclusive muchas personas creen, erróneamente, que entre más ruido se hace mejor se expresa la alegría de vivir, y que de todas maneras el oído humano termina por acostumbrarse a la agresión de los ruidos perniciosos de toda clase y cualquier nivel de decibeles.
Las autoridades, pero también las propias personas afectadas por el ruido, deben hacer algo para combatirlo —al menos asociarse y promover campañas educativas permanentes— y favorecerse con el silencio relajante y bienhechor. Está plenamente comprobado inclusive por la vida cotidiana que el silencio es el ambiente más propicio para reflexionar, estudiar, aprender y convivir, y que los sonidos moderados y agradables al oído contribuyen a desarrollar la personalidad del individuo.
En realidad, el único silencio que no se debe tolerar nunca más es el que acalla la voz de la libertad y del derecho incondicional a la información y la libre expresión del pensamiento.

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