La Nicaragua
Ernesto Mejía Sánchez
Aquí remedando a la rosa, las mosquetas y diamelas daban alarma a la vista, disparando antes su aroma al ambiente: allí la Nicaragua, las campánulas, las arreboleras, avergonzaban la pura luz del sol con sus matices y cambiantes.
Serafín Estébanez Calderón (“El Solitario”), Escenas andaluzas. Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1993, p. 265.
Andrés y yo somos hombres de pueblo, de pueblo chico, y padecemos memorias de infancia y mocedad. Nuestras lecturas van cargadas de recuerdos: amigos, paisajes, pájaros, flores y frutos de la tierra. Con frecuencia discutimos sus nombres y variantes. Él me ha dictado por el teléfono esas líneas de El Solitario en que figura la Nicaragua, una flor, en una escena andaluza. He recorrido las Andalucías, sus jardines y cármenes, terrazas y balcones floreados, y nunca me topé con la flor de mi sangre, llevada allá por sangre conquistadora, la misma que nos trajo tantas cosas de Castilla. Esto no puede quedarse así. Navegaré los diccionarios de la flora libresca y obtendré un puñado de noticias tranquilizantes. Aquí van enseguida: en la región oriental de Nicaragua se da la Nicaragüita (Plumeria rubra), que en la occidental se llama vulgarmente chiquiona; es roja, retozona y sandunguera. La amarilla (Plumeria pálida), es el sacuanjoche, del náhuatl, zacuani (amarillo) y xochitl (flor) La roja es el cacaloxóchitl o jacalosúschil mexicano, Flor de mayo, Flor de cuervo, Alejandría, en maya Chacnicté. Pero el sacuanjoche amarillo es la flor nacional, la flor de los concursos y los sellos de correo. Ah Nicaragüita saltarina, llevada en maceta, sobre el mar, prendedora, pegajosa, prendida, perdida en el Alándaluz. Andalucía, sólo una flor pudo conquistarte. Guerra florida, pues, que llevamos dentro, juntos, Andrés.
* (Escritor nicaragüense) 
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