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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 3 DE ENERO DE 2004
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Los “prólogos de Rubén Darío”

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.Compilados por Jirón Terán

 

Jorge Eduardo Arellano*

Cincuentidós textos prologales (38 en prosa y 14 en verso), se compilan en esta nueva obra de don José Jirón Terán, patriarca de los darianos nicaragüenses. Realmente, a su edad octogenaria admira la energía con que los anota hasta la exhausteridad, no sin disponer de la ayuda de colegas en América y Europa, especialmente la del alemán Gunther Schmigalle. Éste, refiriéndose a la edición precedente Quince prólogos de Rubén Darío /Managua, Instituto Nicaragüense de Cultura, 1997, comentó:

“Valía la pena [rescatarlos]: los prólogos son de una lectura amena y estimuladora. Se refleja en ellos la amplísima gama de amistades de Darío, la variedad de sus intereses, la virtuosidad de su estilo, todas sus calidades poéticas y humanas” (La Prensa Literaria, 24 de enero, 1998).

Las piezas suman cincuenta y una, pues culminan con “El último prólogo”, un cuento de 1913 —publicado en El Cubano Libre de Santiago de Cuba el 20 de abril— en el cual Darío teoriza y cuestiona su quehacer prologatorio como capitán del modernismo en América Latina y España. De esta manera, si exceptuamos el prólogo de un folleto político centroamericanista sin autor conocido, los beneficiarios de su pluma consagratoria fueron más de cuarenta literatos, casi todos amigos del poeta, aunque algunos se indignaron con él y otros no lo fueron siempre.

Excluimos entre ellos, naturalmente, a un persa (Omar-Al-Kallan), a un norteamericano (Edgar Allan Poe) y a un portugués (Eugenio de Castro), autores respectivos de las famosas composiciones Rubáyai, El Cuervo y Salomé y otros poemas, traducciones al castellano que Darío contribuyó a difundir en el mundo hispanohablante impulsado por su afán cosmopolita. Más predominan entre sus prologados los españoles: ocho (Juan Ramón Jiménez, Salvador Rueda, Ramón María del Valle-Inclán, Gregorio Martínez Sierra, Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala, Javier Valcárcel y Joaquín Alcaide de Zafra). Ya en su discurso de incorporación a la Academia Nicaragüense de la Lengua —leído el 30 de septiembre de 1993—, Jirón Terán se había referido a la mayoría de estas piezas que, con las dedicadas a los autores de la América nuestra, entrañan una relación trascendente para comprender y valorar la renovación modernista, sobre todo en España. Allí, cuando llegó Darío por primera vez en 1892, tras el impacto conmovedor de Azul... se vivía la controversia de la influencia gala, la negación del indígena y hasta la existencia de la literatura hispanoamericana. Y se pensaba que España y sus antiguas colonias no eran sino una sola nación, constituida por las fuerzas unificadoras de la lengua, la religión, las costumbres y la raza. Todo esto lo trastocó Darío.

Y su papel de prologuista, actividad intelectual que se remontaba a 1887 en Chile, vino a constituir una faceta complementaria de su labor intelectual. Mejor dicho: de hombre de letras profesional y moderno. Por algo no dejó de escribir prólogos, solicitados por sus compañeros y discípulos, hasta 1913. Transparentes, no pocas veces críticos, alguno una pequeña obra maestra de ironía (el breve y contundente de A flor del alma, poemario del uruguayo Armando Vasseur); curiosos como el del álbum del caricaturista argentino Pelele, seudónimo de Pedro A. Zavalla; o el del libro de viajes De Bogotá al Atlántico del colombiano Santiago Pérez Triana; eruditos e intertextuales, saturados de encomio objetivo unos, otros verdaderos ensayos, semblanzas inolvidables, retratos líricos. De todo hay en estos prólogos —incluyendo convicciones estéticas, referencias autobiográficas, gajes del oficio, en fin—, publicados en vida del autor.

Aún vital, persistente, vigoroso, Jirón Terán se ha esforzado por enriquecer esta perspectiva poco estudiada de Darío. Su labor de anotación, por otra parte, sorprende, ya que no es común entre nosotros, al igual que su devota entrega de dariólatra. Esta obra —y numerosos aportes anteriores— lo demuestran de forma decidida y ejemplar.

*Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.  
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