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Rubem Fonseca maestro de la novela negra

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.Discreto, afable, alérgico a las entrevistas y a la fama gratuita, el escritor brasileño Rubem Fonseca, reciente ganador del Premio de Literatura “Juan Rulfo” 2003, cree que la buena literatura supera siempre al escritor y nada de lo que éste pueda decir debería ensombrecer lo que cuentan sus libros

El escritor brasileño, Rubem Fonseca.

 

Alberto Cabezas

Fonseca (Juiz de Fora, Minas de Gerais, 1925), un maestro de la novela negra y del cuento, se sinceró con sus lectores en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), sobre todo con los más jóvenes, a quienes tentó a retar las reglas del mundo en el que viven y a subvertir sus valores.

Nadie diría, viendo a este hombre calvo calado con gorra, vestido con pantalón vaquero y de mirada gris, esquiva y despierta, que tan aparente timidez encierra tras de sí un enorme escritor.

No tiene pelos en la lengua pero habla poco, menos aún con la prensa, y cuando lo hace recuerda siempre que la literatura es el único patrimonio que tiene, su lucha diaria y la libertad el principio más vivo que debe defender un autor, como hizo él durante la dictadura de Ernesto Geisel cuando “Feliz Año Nuevo” (1975) sufrió el embate de la censura.



El inframundo de Fonseca

Sus amigos tuvieron oportunidad de ilustrar un poco de la personalidad del mito, de contar las anécdotas que le rodean y de explicar que los periodistas no son los únicos que tienen dificultades para hablar con él de sus libros: con ellos tampoco lo hace.

El profesor de literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y traductor de portugués, Romeo Tello, destacó de Fonseca que esté dispuesto a que nadie conozca detalles de su intimidad.

La máxima fundamental del escritor es que “se debe leer la literatura prescindiendo totalmente del escritor”, y ello explica la distancia que ha tomado de los medios de comunicación, dijo Tello.

Rafael Pérez Gay, representante de la editorial Cal y Arena, que ha traducido al español algunas de las principales obras de Fonseca, le definió como un “escritor libresco, culto, intransigente” cuyo gran rasgo es su naturalidad, “un don mayor y dificilísimo en la literatura”.

“Sus fines no se proponen descubrir al asesino. Su hazaña literaria es descubrir la condición humana”, agregó este editor, quien definió a Fonseca como un maestro del suspenso que va más allá del género negro.

En el cuento “Corazones Solitarios”, Fonseca construye un personaje de esos que supuestamente se le parecen tanto, por su pasado policial, por sus vínculos con el lumpen, por ser un hombre de letras: “Yo trabajaba en un diario popular como reportero de sucesos. Hacía mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante que afectase a una joven hermosa y rica de alta sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo”.

“Crímenes así ni en Roma, París, Nueva York, dice el editor del periódico, estamos en una fase ruin. Pero en poco tiempo eso va a cambiar. La cosa es cíclica y cuando la gente menos se lo espera, estalla uno de esos escándalos que dan material para un año. Está todo podrido, a punto, y sólo hay que esperar”, dice el cuento.

Para otro de sus amigos, el escritor mexicano Elmer Mendoza, los relatos de Fonseca “son historias cortas, pero los universos no son menores” porque en ellos el brasileño ha logrado combinar y mostrar a personajes de todos los estratos sociales y calidades humanas que, entre otras cosas, cometen errores.

En los libros de Fonseca, Mendoza ha encontrado “una literatura que está llena de citas de escritores” que inevitablemente dejan al lector pensativo.

Mendoza lo considera un escritor entrañable, con una inmensa capacidad para escuchar, y lo compara con el Premio Nobel de Literatura 2003, el sudafricano John Maxwell Coetzee: “Son hombres que no son divos, que tienen el corazón abierto para alguien que se acerque a ellos”.

Algo parecido dijo hace tiempo Mario Vargas Llosa, para quien Fonseca es un autor surgido de las bibliotecas con el fin de crear una literatura de calidad que roba técnicas y materiales a la cultura de masas.

Según el escritor de origen peruano, la herencia del mundo policial, la abogacía y los guiones cinematográficos han permitido a Rubem Fonseca crear personajes como el legendario Mandrake, un abogado criminalista cargado de escepticismo pero con gran sentido del humor.

Marcial Aquino, autor de cuentos y guionista brasileño, hizo referencia a la obra crítica “Feliz Año Nuevo” (1975) como una de las más importantes de Fonseca, que poco después de su lanzamiento, con 30,000 ejemplares vendidos, fue censurada por la dictadura que entonces gobernaba Brasil, que la consideró “un atentado a la moral y a las buenas costumbres”.

En aquella obra, Fonseca retrata “una realidad feroz, brutal” que cuestionaba al gobierno militar, contrario a la idea romántica que se tenía en aquellos años de Brasil y que le hizo un escritor visionario.

De su colección de cuentos y de la polémica que se desató dijo entonces: “Es como si condenaran a Richter por un terremoto. Yo sólo mido la violencia”, dijo hace años Fonseca, quien años después ganaría aquella batalla legal contra el Estado.



Cómo escribir un cuento

Con su estilo humano y cargado de sencillez, Fonseca pidió a los jóvenes ser transgresores y no conformarse con las reglas de la realidad que les toca vivir.

Explicó que la literatura es un arte excelso gracias a su carácter polisémico, con una interpretación diferente para cada lectura de una misma obra, lo que a su juicio la convierte en una manifestación superior al resto de las artes.

Rubem Fonseca considera que “no se precisa ser inteligente para ser escritor”, que es más necesario saber leer, que les guste leer y poder ver la realidad y entender sus significados.

También cree que en el mundo de las letras “no basta hacer las cosas con sentimiento. Hace falta también lucidez, una noción del sentimiento de aquel que está leyendo”.

Otro requisito que demanda a quienes quieran escribir bien es tratar de estar motivados, si bien cada escritor encuentra su propia fuente de motivación.

El escritor recordó que el recientemente fallecido Manuel Vázquez Montalbán escribía porque quería ser “alto, guapo y rico”, que el británico Salman Rushdie lo hace “porque le agrada mentir”, y que Wole Soyinka dijo en su día que lo hacía por masoquismo.

Pidió a los jóvenes aspirantes a escritores que le escuchaban “tener paciencia, porque escribir es una cosa muy aburrida”, y puso como ejemplo los cinco años que tardó Gustave Flaubert en finalizar “Madame Bovary” o la década que tardó Juan Rulfo en completar “Pedro Páramo”.

El cuarto y último requisito que citó el escritor fue el de estimular la imaginación: “todos tenemos una prodigiosa, hay que saber usarla”, insistió.

Además de estas propuestas, la literatura exige “coraje, valor y valentía” de quienes se dedican a ella para “decir aquello que no puede ser dicho” o aquello “que nadie quiere oír” porque es incómodo o insolente.

Para Fonseca, una de las cosas que el escritor nunca debe hacer es limitarse a describir la realidad, como hacen el periodista o el ensayista, sino más bien trabajar como si fuera “un carpintero o un arquitecto”, sin hacer de la literatura “una cosa sacrosanta”.

Una joven le preguntó qué ingredientes debería tener un cuento para ser bueno. Fonseca se quedó callado, miró al cielo, se tocó la cara y contestó: “lee a Rubem Fonseca”. EFE  
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Rubem Fonseca maestro de la novela negra


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