El cine por el cine
Genealogía fílmica de “El señor de los anillos”
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 | “Sus raíces cinematográficas influenciadas por Los nibelungos” (1924) de Fritz Lang, obra cumbre del expresionismo alemán |
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Franklin Caldera*
“El retorno del rey”, que completa la trilogía de “El señor de los anillos”, lleva a su culminación el esplendor visual de los dos segmentos anteriores: “La sociedad de los anillos” y “Las dos torres”. Aunque basada en la epopeya fantástica homónima del escritor británico nacido en Sudáfrica, JRR Tolkien (1892-1973), esta trilogía neozelandesa es un compendio de todo el cine de aventuras del siglo XX.
Sus raíces cinematográficas están en “Los nibelungos” (1924) de Fritz Lang, obra cumbre del expresionismo alemán con sus gnomos, gigantes, dragones, héroes, princesas y figuras históricas anacrónicas (Atila); y la película italiana “La corona de hierro” (1941), ambientada en un mundo mágico, donde se mezclan leyendas medievales con los mitos de Tarzán y Robin Hood (en versión femenina).
En el suculento bufé visual que ofrece “El señor de los anillos”, el cinéfilo podrá detectar referencias a King Kong, “Los 10 Mandamientos”, los esqueletos espadachines de “Jasón y los argonautas” o la araña gigante que ataca al microscópico “Hombre increíble”. Los guerreros a caballo evocan a los samurai de Akira Kurosawa y la interminable batalla que ocupa la mayor parte de “El retorno del rey”, es la versión de alta tecnología de “Alejandro Nevski” (1938) de Eisenstein, modelo de muchas batallas cinematográficas (“Campanadas a medianoche” de Orson Welles).
Lo más significativo de “El señor de los anillos” en términos de la evolución del cine de aventuras, es que consolida la tendencia dentro de este género de sustituir lo que los franceses llaman “puesta en escena” (secuencias largas con mayor campo de acción para los actores), por la técnica del montaje como la desarrollaron los teóricos soviéticos en los años 20 (“El Acorazado Potemkin”), dando más importancia a las relaciones de los planos entre sí que a su contenido. Esta técnica tiende a limitar la duración de cada plano a unos segundos (“El Club de la pelea” y “Los piratas del Caribe” son ejemplos recientes), fragmentando hasta tal punto que la labor de los actores se configuran en la etapa de posproducción.
La trilogía de “El señor de los anillos” es cautiva de su propio esplendor visual. Pocas veces el cine ha visto planos tan maravillosos (como la entrada en combate de los jinetes fantasmas en “El retorno del rey”, que superan la riqueza cromática de los grandes filmes en Eastmancolor japoneses de los años cincuenta o las joyas del Technicolor o el Sovcolor (especialmente el filme fantástico “Sadko”).
Los modelos pictóricos de “El señor de los anillos” son las hermosísimas ilustraciones victorianas de las ediciones de lujo de los cuentos de Perrault o las leyendas arturianas, y los filmes futuristas de dibujos animados de Ralph Bashki, con algo de la estética de los cómics. ¿Pero qué encierra tanta belleza visual?
En los filmes clásicos de aventuras (“Scaramouche”, “Los vikingos” o, recientemente, “Gladiador”), las secuencias de acción complementan el desarrollo paulatino de la historia y los personajes. Pero en filmes como “El retorno del rey”, con la lógica de los videojuegos, la superficialidad sicológica (el desarrollo de los personajes se limita a su función dentro del esquema argumental) e ideológica (mensajes filosóficos generalizados), da paso a una estructura recargada de detalles argumentales (muchos de naturaleza visual), cuyas relaciones sólo los iniciados pueden detectar, lo que hace necesario ver la trilogía completa varias veces. El extenso diálogo entre Gandalf y Bilbo Baggins (Ian Holme) que da inicio a la trilogía es una excepción en una obra en la cual la cantidad sustituye la profundidad.
Como producto comercial, “El señor de los anillos” tiene, a nivel de personajes, curiosas coincidencias con otra trilogía: “La guerra de las galaxias”, que inauguró la era de los “blockbusters” o superproducciones concebidas como empresas, destinadas a generar ganancias multimillonarias en taquilla y con la venta de subproductos, entre los que ocupan lugar destacado, los discos versátiles digitales.
Así, el hobbit Frodo (Elijah Wood, auténtico “angelito con cara sucia”), desempeña la misma función de Luke Skywalker (Mark Hamill), el protagonista pequeño y aguerrido con el que los niños se pueden identificar; el héroe tradicional, atlético y apuesto, es el futuro Rey Aragorn (Viggo Mortensen), contrapartida de Han Solo (Harrison Ford); la Princesa Eowyn (Miranda Otto) es, por supuesto, la princesa Leia (Carrie Fischer); el Rey Brujo destruido por Eowyn, es la reencarnación de Dath Vader; la “criatura” contrecha Gollum (“animada” digitalmente sobre los movimientos y gestos del actor Andy Serkis) vendría a ser la versión malévola del anciano Yoda; y los robots C3PO y R2D2 son ahora los hobbits Pippin (Billy Boud) y Merry (Dominic Monaghan).
El lugar del anciano ex caballero jedi Obi-Wan Kenobi lo ocupa el mago Gandalf. Ambos personajes fueron interpretados respectivamente por dos renombrados actores shakespeareanos: Sir Alec Guinness y Ian McKellen. Otra coincidencia es la aparición en ambas trilogías de los dos principales protagonistas de las cintas de terror de la Hammer: Peter Cuhsing (el Gran Moff Tarkin en “La Guerra de las galaxias”) y Chrístopher Lee como Saruman, el supremo villano de “El señor de los anillos”. Los siete minutos de Lee en “El retorno del Rey” fueron eliminados inexplicablemente (aunque de seguro serán reintegrados en la edición en DVD).
Algunos han criticado la fijación de “El señor de los anillos” con los personajes blancos y rubios, lo que se explica por estar basada la obra de Tolkien en leyendas nórdicas. El director es el neozelandés Peter Jackson, cuyo filme anterior más interesante es “Criaturas Celestiales” (1994), basado en la historia real de dos colegialas (interpretadas por Kate Winslet y Melanie Lynskey) que se enamoran y deciden matar a la madre de una de ellas.
*Crítico de cine nicaragüense. 
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