Gonzalo Rojas
El “azar” del Cervantes
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 | El poeta chileno Gonzalo Rojas se siente fascinado con el Premio Cervantes de las letras que en Madrid recibió de manos del Rey Juan Carlos. Un premio
que, a su juicio, le fue concedido por azar, como ocurre siempre en la literatura |
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Gonzalo Rojas, en Santiago de Chile, poco antes de recibir el Premio Cervantes. |
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Nelson Sandoval Díaz*
La fascinación de Rojas, nacido en Lebu y que cumplirá 87 años el próximo 20 de diciembre, viene de Cervantes, a quien considera un colega y un portento, que se destaca sobre todo por la fértil creatividad del autor chileno para inventar palabras que llama su “terrestridad”.
El siguiente es el diálogo que el autor de La miseria del hombre en un otoñal y “vesperal” crepúsculo de Santiago, pocas horas antes de partir de Chile hacia Madrid, a la ceremonia de premiación.
—¿Cómo se siente allá y con el Premio Cervantes? —Me siento en mi casa sobre todo en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en la calle Pinar 21, una gran residencia, de tanta tradición. Allí uno se siente como en su propio mundo, es realmente un encanto.
—¿Cómo avizora ese ritmo vertiginoso de acontecimientos, desde esa España que le concedió el Premio Cervantes a esta España que lo materializa? —Yo no lo vería como una mudanza tan implacable, sino como otra vez la vivacidad, la gracia y el destello propio de la gran España. Sin desmesura quisiera decirle que en el fondo del fondo no ha pasado nada en cuanto a deterioro o a destrucción, no. Al revés, España está en su luz propia desde hace muchos años ya, en la luz de la memoria, en la luz del rigor, en la luz de la tradición, todo está aquí, y así se me da. Claro, hay una modificación también, quién va a negar eso, pero eso no alcanza a perturbar ni a dañar nada.
—En su poesía, que toca asuntos trascendentales, la sociedad, la política, el erotismo, la muerte, Gonzalo Rojas parece ser un poeta permanentemente asombrado frente a la realidad. ¿Es el asombro, como estos versos que recordábamos recién? —Me fascina esa claridad para pensar pensamiento vivo. Porque de veras el asombro, y no es porque Platón lo haya dicho precursoramente, el asombro es el encantamiento desde el cual nosotros escribimos. Un encantamiento y un hechizo que, sin embargo, admite la perplejidad. Eso es lo muy curioso del caso. No es una fascinación meramente fascinante, sino que es una fascinación pero sabiendo que la cosa, que ese portento, tiene también algunos riesgos. Porque los poetas no escribimos sólo desde el encanto, sabemos que esto es un riesgo. Se nace y se desnace simultáneamente, a cada instante. Y claro, el asombro.
Estoy por el asombro, me fascina, quise mucho a un poeta del asombro, que no importa nada que no haya escrito una línea, que se llamó Roberto Matta. Todo un poeta, de primerísimo orden. Matta y (Juan) Rulfo, por asociar dos nombres disímiles, en dos patrias de nuestra gran patria iberoamericana, distantes y distintas pero muy próximas siempre. Rulfo y Matta, como le digo, no escribieron ningún verso, pero el asombro los hizo asomarse a este prodigio.
—¿Comparte la idea de la trascendencia de la Poesía, que siempre permanece, pese a ser tan maltratada? —Estoy muy de acuerdo. Es la Poesía la que encarna en uno, como por azar. Realmente uno no merece a la palabra, se la dan. ¿Quiénes? No sabemos, los dioses, la vibración misma, planetaria u otras vibraciones todavía mayores, pero la palabra es el epicentro de todo, no se va a cancelar nunca la palabra, por mucho que la imagen aparentemente haya hecho estragos en este plano de las comunicaciones. No se cancela ni la palabra ni el silencio, como he dicho varias veces. Y cuando uno escribe, escribe desde la palabra y desde el silencio también. Y por eso ella (la palabra) aparece de repente muy críptica, muy sellada en el enigma. Y la gente suele decir, “mire yo no leo poesía, ¿sabe por qué?, porque no se entiende”. Claro, no se entiende con las “entendederas” lógicas, pero se entiende porque es esa vibración misma de lo que es. Y por eso el parentesco tan hondo entre la poesía y la filosofía, en sus preludios y siempre. Pregúntele a Heidegger si no me cree.
La poesía es indescifrable, eso ya se sabe. Y de lo que escribe uno casi no sabe, y sin embargo sabe. A tentativas, a puras aproximaciones uno va intentando descifrar el mundo, llámese este mundo realidad, o intrarrealidad, o suprarrealidad, o lo que fuere. Pero es mera aproximación, nosotros no somos de la exactitud, pero creemos en el rigor. También, por cierto, hay que tener el oficio, manejar ese oficio, pero no creer que sólo el oficio es toda la poesía. Parece confuso pero no es confuso.
—El 2004 es un año especial para la poesía chilena, marcado por dos hechos relevantes: el Premio Cervantes a Gonzalo Rojas y el Centenario de Pablo ¿quedará algo más o será un evento más, como tantos? —Pienso que el centenario nerudiano no le da a él más jerarquía que la que tuvo desde muchacho este precocísimo Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, que ya a los 16 hizo un libro que se llama Crepusculario, que es una suma de crepúsculos. Él vio el mundo desde el crepúsculo “vesperal”. No es el mío, el mío es un crepúsculo matinal, que también es un crepúsculo. Neruda es una figura que excede todo lo que se llama el ciclo del Centenario, de quienes cumplen cien años. Y la pregunta mía puede ser un poquito fuerte: ¿quién no cumple cien años? Eso no es el prodigio. El prodigio está en que él empezó siendo un poeta y persistió en esa tarea mayor y es uno de los poetas de jerarquía grande del siglo XX. No es el único, ni en lengua española es el único. Los hay en España, en Argentina —ahí está Borges—, los hay más arriba, está (César) Vallejo, ¡Mon Dieu! ¡Cuidado con Vallejo, siempre! y hay otros poetas de jerarquía máxima. Claro, en el año 1916 murió ese genio iberoamericano que se llamó Rubén Darío. Y curiosamente ese mismo año empezó ese otro poeta grande de nosotros, que se llama (Vicente) Huidobro, a hacer lo suyo, con un libro precioso, publicado en Buenos Aires, El espejo de agua, el año 16, qué curioso. Y Neruda, sobre el año 21 escribe sus primeros versos y el 23 entrega su libro, el que estábamos comentando ahora. Claro, en los ciclos de la producción nerudiana hay variables, pero persisten la grandeza, el rigor, el desvelo por la palabra, el prodigio imaginativo.
—En su propia obra, ¿Gonzalo Rojas distingue variables, o los críticos le han distinguido épocas, fases diversas? —He sido un poeta cuyo ejercicio es más bien circular y no creo en la línea, no creo gran cosa en la persecución de una misma línea, un libro encima de otro libro, un ladrillo encima de otro ladrillo. He escrito lo mío como girando, como jugando el juego de la rotación y a lo mejor de la traslación, también. Entonces en lo mío no distingo grandemente ciclos, pero sí distingo vertientes, como el amor, la muerte. Pero qué poeta no ha mostrado la preciosidad del Eros, del amor. Estoy hablando del amor en grande, por cierto. Amor que mueve el sol y las estrellas, como decía el Dante. ¿Qué poeta no ha hecho eso? ¿Qué poeta no ha mostrado la muerte, que no se ha asomado a aquélla. Entonces soy un poeta erótico y también fanático, pero también de la inmediatez, de la realidad y también por ahí toco, aunque parcamente, la línea sociológica, lo social, lo político. Esto no abunda en mi trabajo, no por recelo sino porque no se me ha dado esa visión. Pero las visiones principales son las que le decía, son Amor, Eros y Vida, vida, no más.
—En Chile tenemos la tendencia de asumir los logros (y fracasos) de nuestros compatriotas como causas nacionales. No es Rojas quien ganó el Premio Cervantes, es Chile. ¿Sentirá que lo recibe como representante de Chile, como representante de algo más universal, que es la poesía, o simplemente como Gonzalo Rojas? —Creo fundamentalmente lo último. Soy un poeta del coro, no un poeta privilegiado, ni siquiera acepto la idea del “original poeta”, ni menos la idea de lo nuevo. Me divierte la famosa “novedad por la novedad”, creo que es una autotrampa. No hay nada de eso.
Lo “nouveau”. Decía en el siglo XX, en Francia, el gran Apollinaire, que es buena la idea de lo nuevo, pero ¿qué es lo nuevo? Al minuto envejece. Entonces no le creamos tanto a lo nuevo. En cuanto a si este premio se le da a mi persona, nada. Si la poesía misma encarna en uno por azar, estos premios se dan también por azar, no le quepa la menor duda. Por azar le dieron un Premio (Nobel) a un señor cuyo nombre no quiero recordar, que nació en la España del siglo XIX, aburrido señor y por azar a lo mejor no le dieron el premio a Kafka, el Nobel. Y en cuanto a si me siento poeta nacional chileno, no soy representativo de nada, eso ya lo saben. Hay otros poetas representativos, supongo que los hay y los habrá habido, y se ha dicho de repente, mire, es un poeta representativo de tal o cual espacio, cuerda, etcétera, etcétera.
Para mí Nicanor (Parra) es realmente un grande y ya he dicho, sin una pizca de ironía, que este Premio debió ser para él. Lo merece más que nadie, porque tiene ángel, tiene imaginación, tiene luz propia. Sólo me cabe desear que se acuerden de él los responsables del otro premio, del premio mayor, del Nobel.
—¿En sus 60 años de creación poética? —Empecé aparentemente tarde. En realidad empecé más temprano, sólo que no publicaba nada. Escribía y como le tenía respeto a la palabra y me desvelaba la palabra, por mirar lo imposible que es ella de esclarecer, anotaba en algunos papeles algunas cosas, pero recién después de experiencias muy preciosas en mi país, después de vivir en las cordilleras, con los mineros del cobre, me acuerdo, me puse a pensar cómo podría hacer un ejercicio mayor. Ejercicio porque eso es lo que yo escribo, ejercicios poéticos.
—¿Quiere decir que sus poemas son como una búsqueda? Me recuerda los Ejercicios con el tema de la rosa, de Alfonso Alcalde. —Alfonso Alcalde fue un buen poeta. Esa palabra, búsqueda, me encanta.
*Redactor de EFE 
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