Julio Valle-Castillo poeta que se revela pintor
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 | Sus pinturas estarán expuestas en Galería Códice hasta el
próximo viernes |
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Julio Valle-Castillo |
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Luz Marina Acosta*
En la Cuaresma del 2004 surgieron sorpresas; entre ellas, La pasión de Cristo de Mel Gibson, una película hiperrealista motivo de polémica en el mundo religioso y del cine. En Nicaragua hubo un doble descubrimiento, un nuevo artista plástico, mi hermano el escritor Julio Valle-Castillo con otra versión de La pasión: 17 variaciones del tema de la Verónica. La serenidad, la compasión, la trascendencia de un rostro que desde pequeños conocemos, que hemos visto miles de veces, pero que pintado por Valle-Castillo cobra nueva vida y actualidad.
Si la película de Gibson me impactó por su crudeza, por la cantidad de sangre que te salpica y que me erizó todo el cuerpo; los lienzos de Julio Valle-Castillo me transmiten La pasión de manera diferente, no hay mucha sangre que salpique pero hay mucha fuerza expresiva. Uno puede ver el rostro maltratado, pero hay paz y serenidad; un sosiego y una espiritualidad que duelen más que ver un cuerpo flagelado y rasgado, como lo vemos en la cinta.
¿Influyó la película de Mel Gibson con tu pintura? —No, no la he ido a ver todavía, cuando termine este ciclo de cuadros voy a ir. Vos bien sabés que no soy muy cinéfilo, aunque reconozco su calidad del séptimo arte.
¿Por qué La pasión en este momento coincide con la película? —Creo que el momento no puede ser más propicio: el mundo se ha convertido en un mercado, lo único que importa son las ganancias, un mercado planetario. La era cristiana, ya no lo es. El triunfo del capitalismo o de este sistema, se llame como se llame, es el triunfo de la corrupción. Hay desesperanza, cinismo, apatía, violencia, guerras gratuitas, mentiras políticas, estatales, racismo… Abierta o veladamente la especie busca el rostro de Cristo, es decir, la fisonomía de la mansedumbre, el enfrentamiento de la bondad, los rasgos del bien, la solidaridad, la misericordia, el perdón; el gran parecido familiar humano.
¿Por qué hasta ahora te revelas como pintor? —Además de lo que te he dicho, porque me he puesto a trabajar con materiales más serios, quiero ser leal con esa aptitud mía. Dejé o renuncié a ser pintor porque creía y creo que no se puede servir a dos señoras, la poesía y la pintura; pero, hoy, soy infiel a la literatura y fiel a mí, o promiscuo con las dos. Tengo 51 años, me estoy haciendo viejo, y no quiero morirme sin haber rendido un tributo personal a la línea, el color, a la luz, al volumen, al claroscuro, a la forma…
En Nicaragua tenemos ejemplos de artistas que son conocidos como pintores o pintoras y que luego se han presentado como escritores, creo que es el primer caso, ¿o hay otros? —No, en Nicaragua la poesía le ha cantado a la pintura, pensemos en Darío y su poema a Velásquez, al Goya moderno, a Alfredo Ramos Martínez, a Roberto Montenero, a quien el nicaragüense le dijo: “Puesto que escribe lo que yo pinto, porque yo pinto lo que él escribe”, y en el padre Azarías H. Pallais, que celebró la pintura española; Enrique Fernández Morales fue un dibujante de primera y de temas religiosos. Pablo Antonio Cuadra recreó muchas piezas y colores de la cerámica prehispánica, del dibujo inciso indígena y lo hizo bien, espléndido. Ernesto Cardenal es nuestro mejor escultor, sin duda alguna. Carlos Martínez publicó sus dibujos y apuntes. Mi padrino Fernando Silva es muy creativo: dibuja en blanco y negro, pinta al óleo, ilustra sus propios textos y los ajenos, aplica papeles de colores…
¿Qué se siente estar al otro lado; es decir del lado de los que vos has criticado, del lado del pintor? ¿Te da temor la crítica? —La crítica no me da miedo, no debe de dar miedo, la crítica no condena ni premia, no castiga; la crítica entiende creadoramente, genera visiones, valora. Admira. El crítico no es un censor, es un creador o recreador.
¿Alguno de tus amigos pintores te ha ayudado con el manejo del material? —Sí, el poeta y también pintor Álvaro Gutiérrez en México me enseñó las virtudes del acrílico; la generosa Ilse Ortiz de Manzanares, con su propia bolsa de óleos que enseñó a iluminar el acrílico; Pablo Beteta me indicaba cómo lograr y hacer electos realistas, y Róger Pérez de la Rocha, llegó a mi casa, me trazó o rectificó el dibujo, me mandó libros. Todos limpian, gallardamente, sin asomo de celos o mezquindades me entusiasmaron, me estimularon, creyeron en mí y mis cosas. Mi agradecimiento… Mi compadre Alejandro Aróstegui me prestó pinceles y acrílicos para pintar hace algunos años una Verónica. En cierto sentido es culpable…
¿Habías pintado Verónicas antes? —Sí, desde niño, sobre pliegos de papel de envolver, echado en el suelo o en hojas de cuaderno hice varios rostros de Cristo. Mi tía Olguita Castillo Pérez los guardaba. En la Parroquia de Masaya había un gran mural de la Verónica pintado por Toño Sarria y yo lo vi a diario por toda la infancia… Quién sabe qué imaginerario generó eso en mí, qué habrán hecho con esa tela, ahora que diz que restauraron. Y vos misma Luz Marina, tenés un cuaderno donde hay apuntes del rostro de Cristo y otros ejercicios.
¿Qué pintores te han enseñado en este tema? —Bueno, eso es mucho decir, el Greco, Zurbarán, pintor de rostros y un maestro en las telas, en los pliegues y yo intento como collage y pintura los pliegues, el peso de la caída de las telas (recordá que soy bisnieto y nieto de turcos vende manta). Rouault, que desangra y desuella sus Cristos. Tiziano, Caravaggio, el Veronés. Todos. Y, por supuesto, don Rodrigo Peñalba, los Cristos modernos que Peñalba pintó en Nicaragua.
*Promotora cultural 
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