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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE MAYO DE 2004
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–La casa de la piedra bocona: una novela de la compasión

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.Nueva novela de Martine Dreyfus

Martine Dreyfus.

 

Jorge Eduardo Arellano (Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua)

Esta es la segunda vez que escribo sobre Martine Dreyfus Bendaña (Managua, 1950), lo que implica el reconocimiento a una autora, a una novelista de vocación tardía, pero decidida y dedicada, consciente de su oficio y difícil de ubicar en el panorama de las letras nicaragüenses últimas. ¿Su literatura pertenece a la del exilio, que no se concentra en Miami, sino que abarca otras ciudades de Estados Unidos, México y Centroamérica? Definitivamente, no. ¿O puede figurar en la que podría denominarse Literatura del Destierro, al margen de motivaciones políticas y vinculada a otras causas? Es muy probable.

Lo cierto es que Martine ha elaborado su narrativa durante una prolongada vivencia en España, o vallisoletana para más señas, produciendo tres noveletas: El viaje de la vida (1997), prologada por Pablo Antonio Cuadra, su tío político; Todo pasó en abril (2000) y La casa de la Piedra Bocona (2004). A las tres las une un hilo de Ariadna: la nostalgia de su patria originaria y una visión no por exotista menos sincera, cristalina, autobiográfica. Además, un rechazo a la desesperanza, o mejor dicho: una actitud tendiente al canto de la vida y de la esperanza, por hablar en términos rubendarianos, lo cual no le impide ser realista y denunciante.

La casa de la Piedra Bocona contiene éstos y sus propios elementos. El principal de ellos, o cohesionador, es la construcción de un espacio mítico a partir de la llamada “Piedra Bocona”: una pequeña estatua precolombina de más o menos un metro de altura, empotrada junto a la puerta principal —achaflanada— de una antoñona, esquinera y famosa vivienda granadina. Pues bien, Martine transforma esa vivienda en el habitat mágico de una existencia burguesa —no exenta de tragedias— erosionada por el tiempo. Y no diré más sobre los personajes que consumieron sus horas en ella, disfrutando de su tranquilidad y tesoros (como un piano de cola y una biblioteca enciclopédica), de su bienestar y sosiego.

Basta apuntar que la novela, ejecutada a la perfección por el dibujante Fernando Antonio Barquero Bendaña (“Totín”), sugiere que el contenido de la misma se circunscribe en un ámbito local. Pero no es así. Martine, en la segunda y tercera parte de La casa de la Piedra Bocona, nos traslada a Europa y a Estados Unidos, exactamente a Nueva York, donde describe el torrecidio perpetrado por el terrorismo talibánico. Como en su novela anterior, ésta es de personajes y no de lenguaje. Es decir, se imponen aquéllos, especialmente las parejas, compartiendo la formada por Pía y Leopol Lambert (“lo tenía todo: elegancia, cultura, inteligencia”) una notable escena erótica que no es necesario transcribir.

Por lo demás, Martine ya no mantiene su hibridaje léxico (mezcla de vocablos hispanopeninsulares como carantoñas, “mimos”; gabardina, “saco”; cojonudo,“óptimo”; gilipollas, “tonto”; consumisión, “beber”; e hispanoanicaragüenses como motete y cipote); ahora lo enriquece con el mexicanismo harto usado (chingadas) y algunos anglicismos como hall y chanche, otorgando a su escritura un toque internacional, afín al escenario africano de Patrick, otro de sus personajes con quien Pía se relaciona. Se trata de un ecologista condenatorio de los imperios coloniales que dejaron al continente negro asfixiado por el hambre, el sida y la guerra.

Pero otro denominador común a Todo pasó en abril sostiene su tercer aporte narrativo: la percepción elogiosa de Granada, Nicaragua: “ciudad perdida en el tiempo, a la sombra de un volcán extinguido y bañada por un lago inmenso. La Granada americana quizás más española que la andaluza, sultana por su esplendor y belleza. En Granada todo parece que está en su lugar. Las casas están en su lugar, las iglesias están en su lugar, el barrio de Jalteva y el de La Merced, hasta el colegio de los Jesuitas está en su lugar”. Lo que no está en su lugar es Nicaragua y su tragedia de pobreza extrema. Martine alude a ella en varias ocasiones, por ejemplo cuando se refiere a “los lastres y lacras difíciles de superar” resurgidos en los años ochenta. Pero, asimismo, idealiza la vida de un lustrador de zapatos (“El Chino”) y su familia: madre o mujer de la calle y hermanita (“la tierna”), sin eludir la áspera realidad de la miseria. Ambas fallecen de la misma enfermedad, después de vivir en el rincón de un edificio post-terremoteado cerca de la Avenida Bolívar.

Martine habla de ellos, los olvidados (en lenguaje buñuelesco) del mundo; viviendo en el sub-mundo de la Managua actual del tráfico diario, donde pululan los limpiadores de vidrios de los automóviles, cuando los semáforos se ponen en rojo; los vendedores de bolsas de agua, de periódicos y de todo lo habido y por haber, para ganarse la vida. Y también los huele-pega. En esa dirección, ella conduce a su personaje —a quien compadece ¿desde su posición de clase o de sus raíces cristianas?— al Intecna de Granada para que olvide la visión espeluznante de La Churepa —el megabasurero donde “los condenados de la tierra” escarban para obtener alguna especie de alimento podrido— y salga adelante.

El “Chino” es adoptado por el matrimonio de La casa de la Piedra Bocona y se incorpora a ella; después de formarse, parte al extranjero donde obtiene el más amplio bienestar. El “olvidado” se transforma en un ser feliz. ¿Se trata de una novela rosa? Si y no. En el primer caso, porque atenta contra la verosimilitud: “Alba y Pablo entregaron al ‘Chino’ su amor de padres. Juntos compartieron y encausaron el devenir del muchacho. Hasta que un día voló y los dejó solos y perdidos antes el nido vacío. Y regresaron a La casa de la Piedra Bocona para ver llegar el tiempo del adiós con la vana esperanza de que el ‘Chino’ la llenáse con su alegría y juventud”. Y no porque en la noveleta subyace una profunda denuncia sobre la miseria humana, convicción a la que se debe esta frase no convencional de la autora “A veces la vida es generosa”.   
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–La casa de la piedra bocona: una novela de la compasión


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