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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE MAYO DE 2004
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Un perfil de la hoguera

Foto  

Aparicio Arthola. Escultura, 2002

 

Herman Ríos (Novelista)

Nada detuvo a Ariel Montoya para posarse en el cerro más alto de su Patria para demostrar sin preámbulos ni ataduras su vertical postura de pensador y poeta a través de su libro Perfil de la hoguera (Anamá, Ediciones Centroamericanas 2001). Caviloso y crítico va imprimiendo en la hoja blanca y suelta las preguntas sobre gérmenes y maldades que han logrado empujar a sus coterráneos y a él mismo a la temible diáspora y es con precisión de pinceladas eróticas donde la Patria es mujer y las mujeres son Patria: ¿es que la Patria, como a una muchacha prohibida nos es imposible acariciar?

El enojo y los agravios que el poeta no logra callar contra la naturaleza, hacen aflorar el temor a ver destruida la sublime relación con la hembra amada, con lo que el ser sensible y amoroso es en sí mismo: ternura, sensualidad y erotismo. Cansado de esperar aquel beso y el olvido, se lo resuelve otro fenómeno hijo de la naturaleza, el tiempo. No hay entonces otro camino que desagraviar la humildad solitaria del entorno.

El poeta no descansa en su peregrinar de vaivenes emotivos, vuelve lo que se marchó y se acercan los recuerdos como aluvión de recuerdos pueriles y necesarios para seguir amando: en un halo de luz de crisol ve a la mamita Paya y al abuelito César trayéndole la canasta repleta de crepúsculos, de meandros de ríos de invierno, de olores de horneados panecillos de maíz y los estrépitos del relincho y el galope del centauro de otros tiempos. No lo deja el tintineo de los recuerdos de la casona de su Esquipulas, que aún persisten en embalsamar silencios, refrendando estampas presentes en la memoria del adiós.

El poeta busca las penumbras, no de su alma sino las del sosiego para poseer lo conseguido cuando dio un paso para atrás entendiéndose nuevamente con las mariposas. Les volvió a dirigir la palabra y una mariposa le prestó su longa lengua para libar dulzura. Y la mujer amada fue seducida, para buscar el lecho donde el silencio se convirtió en cataclismo de pasión: ahora en esta cama, en esta nave victoriosa en donde nuestros sexos se entregan. En su andar entre hogueras, el poeta logra que uno mismo encuentre una verdad de la conciencia: el amor siempre tiene vigencia. Su énfasis es enorme, en el mismo instante que le dice a la amada: Me embriagan los olores/ de las flores/ que yo interpreto como tuyos / añadiéndoles/ el coraje/ de tu aroma.  
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Un perfil de la hoguera