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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE MAYO DE 2004
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Rostros que asoman

Foto  
.Pinturas de Danilo Torres expuestas en Casa de Estelí hasta el 20 de junio

Danilo Torres. Serie Estos rostros que asoman entre la multitud, técnica mixta, 2004.

 

Donaldo Altamirano (Escritor)

Demos por sentado que, al confrontar los cuadros de esta exposición, una significativa mayoría del público de nuestra ciudad se sentirá un tanto desorientada, defraudada, por momentos alarmada, escandalizada, desconfiada de haber sido enviada a masticar y engullir guiso de gato por caldo de conejo. Es decir es muy posible que lo que vean no corresponda a sus opiniones, a sus nociones habituales, a sus conceptos asentados, a sus expectativas regulares sobre arte. Probablemente sus ideas sobre este tema se vean provocadas, sacudidas, agredidas, sacadas de balance, empujadas con cierta violencia para desplazarse hasta una posición insólita.

Comencemos por confesar que en cierto sentido compartimos esa sorpresa, aunque debemos aclarar que por causas totalmente divergentes: la presente exposición constituye una muestra de amplio aliento creativo, de talento artístico atrevido, innovador, desarrollado y maduro por parte del pintor, poeta y narrador Danilo Torres Rodríguez. Ésta es una demostración evidente del dinamismo y su creatividad, de su capacidad de evolución, de su disconformidad permanente, que le permite ir siempre más allá de las propias limitaciones, rompiendo con las convenciones y con los prejuicios personales, tribales y sociales, con el comentario insulso que se conforma con una aprobación superficial, fácil y efímera. Los frutos de este laborioso esfuerzo, por tanto, necesariamente vendrán a sorprender tanto a propios como extraños.

Al inaugurar esta muestra saludamos pues una contundente demostración de madurez de nuestro amigo poeta y pintor, quien con esta serie de imágenes resume y culmina largos años de inquietud, cientos de hora de estudio de dedicación, de desvelo y trabajo sigiloso, en busca de una expresión personal que, solicitada por otras urgentes preocupaciones de la vida diaria, ha experimentado prolongados lapsos de receso, de indecisión, de titubeos, pero que ha encontrado al fin ancho cauce para una caudalosa manifestación de plenitud.

El poeta Torres, hace ya varias décadas, ha hecho sus primeras armas en el terreno de la plástica abordando entre otros temas el paisaje local, de manera bastante tradicional, pero con una morosidad, con un esmero y un fervor particulares, con una intuición certera, que eran ya anticipo de estas otras fases más maduras. Por otra parte ha incursionado en el retrato a la manera expresionista, ha hecho experimento de composición abstracta, se ha interesado por la creación de formas libres o por la recreación de ambientes tanto naturales como fantásticos, incursionando así en diferentes estilos y corrientes pictóricas. Utilizando en sus inicios materiales y medios considerados menores, tales como las acuarelas, la témpera o las tintas, sobre soportes de cartulina o de papel. Ahora, el artista vuelve por su fueros con vigoroso empuje y nos muestra otra fase desarrollada, unitaria, coherente, de su plenitud como creador, desplegando un universo de referencias que (resulta oportuno recordarlo) ha sido precedido y en cierta medida anunciado por acertadas expresiones en el terreno de la poesía y de la narrativa.

Vale señalar que son aquí más importantes las sugerencias, las insinuaciones, las asociaciones de imágenes y simbologías, que las frías definiciones teóricas o el mero análisis técnico. En general, notemos que menudean las alusiones orgánicas, con frecuencia se definen figuras sustentadas por una estructura viva, por un esqueleto articulado, silogismos biológicos enlazan sus elementos, cohesionan sus partes anatómicas.

En cuanto a la filiación, a la ubicación histórica de estos personajes, subrayemos que oscilan entre el arcaísmo y la intemporalidad, se dan ciertos aires de familia que los acercan al imaginario medieval tardío. Es válido proponer asociaciones que nos remitan a la pintura de los siglos pasados, a la parafernalia demoníaca de Konrad Witz (1400-1447), a los grabados admonitorios de Albrecht Dürer (1471-1528), a las anticipaciones de ultratumba de Hyeronimus Bosch (1450- 1516) o más cerca de nuestros días, a las aguasfuertes más mordaces, más críticas del antibelicista Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) o los grabados y pinturas de José Clemente Orozco (1883-1949). Pero tampoco resultan raras unas sutiles alusiones a la hibridación zoo-antropomórfica, a la libre mezcla de vegetales, animales y humanos presentes en la iconografía precolombina.

Un aliento arcaico insufla a estos seres de pesadilla diurna, tanto por el atuendo como por la fisonomía o por la atmósfera, por los tonos de la coloración tenebrosa, herrumbrada, congestiva o tóxica que los habita y envuelve. Aunque afectan poses de caballeros, criollos de rancia prosapia, más bien a ratos parecen malandrines, ganapanes, pordioseros, crápulas, subrepticia, clientela prostibularia, población flotante de garitos y tabernas.

Tampoco resulta ocioso señalar los rastros del expresionismo moderno en las irregularidades anatómicas, en el gesto enfático de algunos miembros esqueléticos, en el fruncido anguloso de los pliegues de la piel, en los rostros ambrosianos, patibularios, en las facciones criminoides, en las cuencas sin fondo, en los crueles surcos faciales, en las hondas depresiones, los verdugones, los tajos en la piel, que definen el desaliento de una vida precaria y mortecina. Posibles referencias a ese mundo olvidado de las pobres gentes, de los ignorados y anónimos, de los marginales, con quienes el mismo ejercicio profesional pone en contacto al artista, el olvidado campesino de nuestros valles y montañas, el obrero mal asalariado de los suburbios, los precaristas de las barriadas periféricas, los alcohólicos ilustres o anónimos. Resumido en una frase, con los desahuciados de toda esperanza, con quienes reúne en sus existencias las limitaciones de una vida de privaciones y fracasos, junto con los trazos físicos de una olvidada nobleza humana, más de grandeza de temperamento, de fuerza, de carácter y de resistencia estoica, que de decaídos y vanos abolengos.

Una exposición como ésta resulta propicia y debe aprovecharse para propósitos didácticos. Por mi parte quiero señalar en este sentido dos pistas seguras para posibles temas de investigación, sobre todo para las futuras generaciones de estudiosos y de analistas críticos. Una se refiere a la consistente trama de relaciones que enlaza estas pinturas (por temática, por estilo, por intención) con el mundo recreado por el artista Torres en sus trabajos de escritor, tanto en la recia prosa de su novela Ojos sobre el valle, como en un gran número de viñetas, cuadros vivientes y retratos de una multitud de personajes realizados en el resto de su obra escrita. En esta oportunidad me limitaré a un enfático indicio, existente una continuidad irrebatible entre la amplia galería de personajes de extracción popular, de origen suburbano y campesino que dan vida a sus escritos, y esta colección de personajes, vestidos con harapiento esplendor, de facciones arrugadas, de rostros curtidos por amontonados sufrimientos y frustraciones históricas, que pueblan esta noche las paredes de estas salas. Es una misma lucidez social, una misma conciencia crítica la que enfoca, describe, y reúne a unos y otros, es una misma mentalidad la que recrea con amoroso esmero los surcos, las cicatrices que la vida ha dejado sobres éstos, al decir de Pablo Antonio Cuadra y Ezra Pound, Rostros que asoman en la multitud.

Una segunda indicación son las diversas y fecundas relaciones que pueden encontrarse entre estas obras y lo más vigoroso y original de la obra conjunta de otros artistas estelianos, sus contemporáneos y amigos. El imaginativo y delicado trabajo surrealista y expresionista de Rafael Gámez, las zoologías fantásticas y las tramas cromáticas de Boanerges Cerrato, la saga procesional de los campesinos desarraigados, combativos y sufridos de Leonel Cerrato, la paisajística alucinante de Rafael Marín Daboud, las recreaciones arqueológicas de Antonio Rodríguez, Harold Jarquín y Armando Mejía, las inquietudes eclécticas de Hilario Valenzuela, las experimentaciones formales y los juegos anatómicos de Bayardo Gámez y de Donaldo Altamirano, todos los recursos de invención, de exploración, de investigación cromática y de experimentación tonal del grupo están presentes, han sido estudiadas, tomadas y desarrolladas de una manera creativa y personal por Danilo Torres, añadiendo siempre su percepción particular, los detalles originales propios de su temperamento.

Dedicado al poeta Álvaro Urtecho, que siempre está entre quienes comprenden primero.  
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Rostros que asoman