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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 27 DE AGOSTO DE 2005
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Vuelo 999

Foto  

El Lago de los Cisnes. Años sesenta. Óleo sobre tela. Aurorita Padilla de Espinoza.

 

Juan Bautista Páiz

En el aeropuerto internacional todos empiezan a despedirse de sus amigos, tíos y padres. Lucen tristes y adoloridos por el que se va.

—Es normal en las despedidas —dice Álvaro a Bárbara y a estos dos, nadie los llega a despedir.

Los pasajeros suben las escalinatas y las manos frenéticas de los familiares a través de las ventanas, parecen monarcas en apareamiento.

Álvaro toma asiento al lado de Bárbara (norteamericana radicada en Nicaragua desde hace muchos años). Comienza a hojear el periódico, mientras su esposa observa por última vez la puesta del sol en su segunda patria.

El Boeing 747 empieza a elevarse dejando atrás lágrimas y racimos de miradas acongojadas.

El pájaro metálico lleva volando una hora y diez minutos, en este instante le empieza a fallar el motor y los pasajeros son estremecidos por el horrible temblor, gritan enloquecidos de pavor, sienten que el avión se va a caer en cualquier momento, pero antes que cesen los gritos de los asustados viajeros, se normaliza el motor.

Todos están nerviosos, menos la pareja que ocupa el asiento cincuenta y uno, ni siquiera se ruborizan, al contrario, sonríen ante el peligro, no les asusta en lo mínimo.

Uno de los pasajeros, el señor regordete, de aproximadamente 55 años, lleva puesto sombrero tejano y vestido impecablemente de negro, le clava los ojos a los dos pasajeros extraños, Álvaro y Bárbara.

—Son ellos —piensa—. No me cabe la menor duda.

Vuelve a murmurar:

—Los demás pasajeros no se fijan en ellos.

El señor del sombrero tejano se incorpora de su asiento y decide confirmar su incertidumbre. Al llegar donde están los extraños, se distrae un poco y al volver su vista hacia ellos, no hay nadie, sólo los cinturones destrabados y los pasaportes de ambos personajes sobre el asiento vacío.

Asombrado el señor regordete del sombrero tejano, toma los documentos y los lee: “Álvaro Rodríguez; Bárbara Smith”. Estupefacto no pronuncia palabra y en total mutismo vuelve a su asiento.

En este momento hacen la primera escala.

Las azafatas ofrecen refrescos, vinos y deliciosas cervezas.

El señor del sombrero se puso más nervioso al ver que la pareja va tranquilamente en los mismos asientos y ahora se sirven vino y aprovecha cuando la muchacha azafata pasa cerca de él, y le pregunta:

—¿Quiénes le pidieron esa marca de vino?

—¿Qué marca, qué vino, señor?

—Éste, de la botella verde oscuro.

—Ah, los doctores Rodríguez-Smith.

El señor gordo, del sombrero tejano, insiste:

—Pero esa marca de vino ya no existe en el mercado, desde hace mucho tiempo.

—Es cierto, pero la compañía la encarga especialmente para ellos, son nuestros clientes... siempre viajan con nosotros.

Al notar la seguridad de la muchacha, el señor de negro no interrogó más sobre la identidad de la pareja extraña y le pidió disculpas.

Ha transcurrido una hora y cincuenta y siete minutos, desde la ultima escala.

El copiloto se comunica con la torre de control del aeropuerto y ésta le responde positivo.

El gigantesco pájaro plateado lleva pintada en sus costados dos enormes letras: R & S, el nombre de la empresa aérea.

El enorme avión se desliza como un gran delfín en la pista.

El vuelo novecientos noventa y nueve ha llegado a su destino, a las 21 horas con 13 minutos.

Los rostros de recién llegados se iluminan, alegres de haber llegado a su patria y otros por estar en un país que no conocen.

El señor del sombrero tejano es el primero en bajar las escalinatas, haciendo desorden, y rápidamente se pierde entre los que han llegado a recibir a su familiares. Casi al trote penetra al salón de seguridad, va tras los personajes enigmáticos, los ve pasar y cuando entran a la aduana, el señor vestido de negro, se distrae leyendo un afiche que está pegado en una puerta de cristal en la entrada principal.

El oficial de migración lo saca de su ensimismamiento.

—Señor, su pasaporte por favor.

No contesta.

—Señor, ¿qué le pasa?... ¿Es sordomudo?

—No, este que... este que... ese cartel que está pegado en la puerta principal, ¿cuándo lo pusieron?

—Hoy, en la mañana, ¿por qué?..

—Es que esos señores son misteriosos.

—¿Cuáles señores?

—Los que están en ese afiche. Son los mismos pasajeros que venían en el avión, en el vuelo 999 de la compañía R & S, yo los venía persiguiendo pero me distraje y se me perdieron de vista.

—No señor, usted debe estar ebrio o mal de su cerebro, ellos fallecieron hace más de cincuenta años; hoy es el aniversario de su muerte, fue una tragedia aérea.

El señor regordete le pregunta espantado:

—¿Y se puede saber quiénes eran?

—Por supuesto que sí. Son los fundadores de la línea aérea R & S, los doctores Álvaro Rodríguez y su apreciada esposa Bárbara Smith.

(León, 1960). Bibliotecólogo. Pertenece al Grupo Literario ESPEJO. No ha publicado libro.  
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Propuesta


Vuelo 999


Las cañitas


Mi casa