Ruido, ley y religión
No tenemos información acerca de cuán ruidosas son las ciudades de Nicaragua, particularmente Managua, en relación con otros centros urbanos del mundo. Lo que sí sabemos es que en América Latina Buenos Aires es la urbe más ruidosa y la cuarta en todo el planeta, después de Tokio, Nagasaki y Nueva York, según un estudio que hace algunos años elaboró y dio a conocer la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Pero es obvio que Managua y algunas otras ciudades de Nicaragua que se han urbanizado aceleradamente en los últimos años, son ahora demasiado ruidosas y, por lo tanto, dañinas para la salud de las personas que viven en ellas. De acuerdo con los criterios establecidos por la mencionada Organización Mundial de la Salud, el ruido en general y el excesivo en particular, constituye una grave distorsión del entorno humano que atenta contra el buen estado de salud física y síquica de las personas. Por eso en reiteradas ocasiones, la OMS y otras organizaciones internacionales que velan por la salud humana, así como personalidades médicas y ambientalistas de todo el mundo, advierten que el problema del ruido excesivo debe preocupar seriamente a las autoridades gubernamentales a las que les competen atender asuntos como éste. Pero también debe ser motivo de alarma del conjunto de la sociedad y de cada persona en particular.
En este sentido cabe destacar la importancia de la iniciativa de ley que se está discutiendo actualmente en la Asamblea Nacional (pues hasta los diputados de Nicaragua de vez en cuando intentan hacer algo positivo para la sociedad), con el propósito de regular la generación de ruidos y prohibir los que son excesivos, innecesarios y perjudiciales para la salud pública.
Sin embargo, también hay que deplorar la reacción de algunas personas y entidades contra esta iniciativa de ley, porque se consideran perjudicadas por la misma e, incluso, la califican como un medio de persecución religiosa. En este caso se trata de las denominaciones eclesiales que acostumbran celebrar sus cultos en los vecindarios populosos usando altoparlantes que reproducen a muy alto volumen su música, cantos y oraciones, con lo cual molestan a las personas que viven en los alrededores, causan daño a su salud y alteran la tranquilidad que necesitan sobre todo los ancianos, niños y enfermos.
Sin duda que no es menospreciable el argumento de que las oraciones y cánticos son gratos a Dios y que, por lo tanto, no se deben prohibir las celebraciones del culto religioso con reproducción de audio al exterior en volumen alto. Pero la realidad es que el tope normal de los decibeles que aguanta el oído humano no cambia si se trata de un culto religioso o una celebración política, o simplemente la bulliciosa fiesta de un vecino.
El límite razonable de sonido que soporta el oído humano, según los especialistas, es de cuarenta decibeles. Dicen que es posible resistir hasta setenta decibeles, pero este nivel ya pone en riesgo los oídos de las personas. Pasados los 90 decibeles el sonido es inevitablemente dañino y arriba de los 120 decibeles (que es lo “normal” en algunas discotecas, propaganda callejera y ciertas celebraciones políticas y religiosas), entonces se está hablando ya de un ruido pernicioso y doloroso que tiene consecuencias inevitables e irreparables para sus víctimas directas o indirectas.
En realidad, el más elemental sentido de sensatez humana y de responsabilidad ciudadana debería hacernos entender a todos, que si se prohíbe hacer ruido dentro y en las cercanías de los hospitales, lo mismo que en escuelas y otros centros de reunión, es porque el ruido molesta a las personas y daña la salud. Y que, en cambio, el silencio es propicio para recuperarse de las enfermedades, para estudiar, para reflexionar, para deleitar el espíritu y para orar, o sea para establecer contacto con Dios.
A este respecto, prácticamente todas las religiones han establecido que el silencio es la compañía preferida por Dios. Silencio había antes de la Creación y silencio habrá cuando se terminen los tiempos. Y de acuerdo con un principio místico ampliamente reconocido, el silencio es el preludio de la revelación y de la relación directa con Dios que —como se dice— sólo llega al alma de quien hace reinar en ella el silencio.

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