Ganando en las calles
Humberto Belli Pereira President@avemaria.edu.ni
Es fundado el optimismo desbordado de quienes participaron en Granada en la segunda gran demostración contra el pacto. Se ha desatado un tsunami político que puede cambiar nuestro destino. Una de las lecciones más claras de la historia contemporánea es el poder de la gente cuando se decide a protestar cívicamente. Ejemplos muy recientes son los de México y Ucrania. En abril, ante el desafuero del Alcalde de ciudad México, López Obrador, más de un millón de personas manifestaron su protesta en lo que se llamó la marcha del silencio, y la decisión fue revertida. Hoy el Alcalde se perfila como el candidato más poderoso del país.
En noviembre del año pasado, doscientos cincuenta mil ucranianos protestaron el fraude electoral perpetrado contra el candidato opositor, Víctor Yushchenko, en lo que se llamó la revolución naranja, y las elecciones fueron anuladas. Un mes después, en la siguiente ronda electoral, Yushchenko ganó las elecciones.
Los ejemplos se multiplican y extienden a lo largo de la historia. Un ejemplo clásico de la eficacia de las manifestaciones pacíficas para cambiar el destino de los pueblos, fue la famosa marcha de la sal, protagonizada por Gandi, en 1930, y que incidió considerable en la independencia de la India. Otro caso fueron las grandes marchas encabezadas por Martin Luther King, en Estados Unidos de los años sesenta, las cuales contribuyeron a conquistar la igualdad jurídica de los negros.
El poder de la calle deriva, hasta cierto punto, de la convicción contemporánea de que la voluntad popular es el principio que legitima cualquier gobierno. Aún los tiranos dicen representar al pueblo y las dictaduras comunistas se llamaban “democracias populares”. Por eso cuando el pueblo se manifiesta en forma visible y masiva, el efecto psicológico y político es inmenso, nacional e internacionalmente. Las marchas o jornadas populares pueden legitimar y deslegitimar a los actores políticos, acalambrar a las fuerzas represivas, y cambiar el curso de la historia.
Evidentemente, la eficacia de la calle depende en gran parte de la determinación y capacidad de sacrificio de los manifestantes. Las masas ucranianas tuvieron que acampar varios días y noches bajo la nieve y el frío, antes de lograr sus objetivos. Los seguidores del Mahatma Gandi tuvieron que soportar estoicamente las garroteadas que les proporcionó la policía inglesa. Luther King fue asesinado. Pero al final prevalecieron. La lección esperanzadora de éstas y muchas otras experiencias es que un pueblo, una mayoría, valiente y resuelta a defender sus derechos, y a no dejarse avasallar por la injusticia o la corrupción, es poderosa. Es invencible.
Las presiones internacionales tienen peso en el ajedrez político nicaragüense. Pero lo que más peso tendrá, y lo único que devolverá a los nicaragüenses el sentido de su autoestima y dignidad, es su capacidad de conquistar cívicamente sus derechos en la única arena que la corrupción de las instituciones le ha dejado: la calle. La crisis actual es una oportunidad excelente para sacudirnos de ese sentido tan profundo y dañino de impotencia, depresión y fatalismo, que ha caracterizado buena parte de nuestra historia.
Las palabras del líder ucraniano Yushchenko, dirigiéndose a sus seguidores después de anularse las elecciones, pueden servir de inspiración. “Hemos cambiado al país en los últimos 12 días”, les dijo. “Éstas son personas diferentes, ahora somos ciudadanos y es probablemente el sentimiento más importante”. Efectivamente, observadores de Ucrania han comentado que las protestas han alterado la visión de pueblo pasivo y sumiso que tenían de si los ucranianos tras la opresión zarista y estalinista. “Han logrado unirse, respaldar a su candidato y oponerse a la manipulación y la falsificación. El nivel de respeto a sí mismos y de orgullo es enorme”.
No importa que todos los canales legales estén bloqueados. No importa que los poderosos controlen el Poder Legislativo, el Judicial y el Electoral, pudiendo hacer leyes a su antojo e inhibir a quien se cruce en su camino. Los ciudadanos con convicción tienen el recurso extraordinario del poder de la calle y de la resistencia pacífica. Los pactistas no podrán ignorar el clamor de millares de patriotas rodeando por tiempo indefinido la Asamblea Nacional, el CSE, o las instituciones que el pueblo escoja. Ya está en marcha la revolución azul y blanca. Cuando Rubén Darío dijo que Nicaragua estaba echa de vigor y de gloria, no estaba delirando.
El autor es Presidente de la UniversidadAve María College.

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