Popogatepe
Ana Gabriela Padilla
Que hiciéronme salir: viejas las manos desnudas de una vieja desgarrando uñas en los dientes azulados del ancho cono. Nadie si las cabezas se alzarían indómitas o si los cuerpos vendrían vomitados en su propia sangre supo ya.
Y en sus espadas pezones fracturados tendones opacados de su lepra como insulsa llama roída flama blancuzca en su punto más álgido. Provocación unísona hacia el vahído a amontonar sus huesos entre mi vientre terco emblema de rocas y de fuego.
Voluntad estéril ésta que baja desde los pueblos blancos despertando la danza nocturna cuita obstinación o sagacidad innata hasta entrar aquí donde el hombre ha sido uno en su fragilidad existente.
Y verme hermana del guardabarranco y del venado vestida de intangible como espectro eterno en sus cabezas: sospecha de libertad opacada por el miedo. Disposición de unos ojos moribundos al que todo lo cura al que cura sin medicina: como peripatéticas fusiones doctrinarias que han sepultado mi nombre. 
|