Nada personal
Lección de Guatemala
Douglas Carcache
El desastre que sufrió Guatemala por la tormenta Stan es la repetición de una lección que el huracán Mitch ya le había dado a Centroamérica en octubre de 1998, sobre todo a Nicaragua y Honduras.
Si esa lección no la interpretamos bien esta vez, en una tercera ocasión otra tormenta o huracán podría dejar a Centroamérica entera inválida. Ojalá no exista la tercera, que en la creencia popular es la vencida, la definitiva.
¿Cuáles fueron las circunstancias que precedieron al Mitch y propiciaron la destrucción y la muerte de más de tres mil personas sólo en Nicaragua? A mediados de 1998, meses antes de que el huracán se estacionara frente a las costas caribeñas de Honduras, en el territorio nicaragüense hubo 15,196 incendios forestales, en parte alentados por la sequía, que acabaron con más de 530,000 hectáreas de bosques y 379,000 hectáreas de cultivos y pastos, según datos oficiales.
Las lluvias provocaron más daños en poblaciones ubicadas en pendientes o laderas y en comunidades campesinas donde las tierras carecían de árboles suficientes. Por los incendios forestales, los suelos perdieron capacidad de absorción de agua y con el diluvio se despedazaron.
La tragedia mayor en Nicaragua fue la del volcán Casita, donde un deslave sepultó varios caseríos. Las rocas se desmoronaron en el cráter y formaron una presa natural en la ladera, hasta que se rompió una pared de 500 metros de largo y desató una ola de casi 1,500 metros de ancho, capaz de arrastrar árboles, rocas y casas, explicaron los geólogos.
Siete años después, en Guatemala acaba de suceder algo parecido en la zona de Panajachel, donde las corrientes de lodo cubrieron aldeas indígenas con todo y sus habitantes.
El veredicto de los especialistas, días después, es que la tragedia se debió a los malos manejos en la agricultura, la construcción de viviendas en zonas de riesgo y la falta de conocimiento de la población. Nada sorprendente, porque esos factores, que agravan los desastres naturales, han sido señalados cientos o miles de veces en Centroamérica, sobre todo después del huracán Mitch.
Como no estamos descubriendo el agua helada, lo que habría que preguntarse es qué han hecho los gobiernos y los organismos no gubernamentales (ONG) en los últimos siete años para evitar que los campesinos o indígenas cultiven o hagan sus casas donde no deben, porque tampoco podemos culpar a los campesinos de ser ignorantes y no prever las consecuencias de un clima enloquecido.
Tanto el Estado como los ONG tienen la responsabilidad, si reciben financiamiento exterior para eso, de educar a la población en el manejo de los recursos naturales, de abrirles opciones para producir sin provocar daños y de exigirles que cumplan las normas de protección.
Hace una semana, cuando caía una lluvia persistente sobre Nicaragua, la Defensa Civil desplegó brigadas por temor a los deslaves, porque hay al menos 100 zonas susceptibles a esos desastres, que ya no podemos seguir considerando como castigos de Dios, sino como consecuencia de la falta de protección ambiental y de un desarrollo rural equilibrado.

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