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Rescatar la ciencia es una tarea impostergable
Jorge A. Huete-Pérez
El autor es doctor en biología molecular

En las próximas semanas asumirá el mando del país un nuevo Ejecutivo, el cual heredará un país de enormes contradicciones. Una de las principales virtudes del gobierno saliente es la estabilidad económica y el crecimiento de la inversión. Sin embargo, una asignatura reprobada es la del desarrollo científico y técnico. El estado en que el gobierno saliente deja a este sector es de un abandono total.

En este tema, la gestión de Bolaños significó un enorme retroceso considerando que desde 1995 se organizó el Consejo Nicaragüense de Ciencia y Tecnología (Conicyt), adscrito después a la Vicepresidencia. La ineficiencia de este consejo se ha visto amplificada por las contradicciones entre Presidencia y Vicepresidencia a lo largo de cinco años.

Para hacer una proyección del desarrollo científico y tecnológico del país se requiere, además de reconocer las debilidades del actual sistema, identificar los cambios necesarios en función de las metas deseadas. Aunque los científicos damos por descontado que a estas alturas ya nadie pone en duda el papel del conocimiento como motor de competitividad y calidad de vida, lo cierto es que en Nicaragua la duda aún persiste.

Hay que tener claro que, por lo general, los políticos no están convencidos de la necesidad de invertir en ciencia y tecnología. En días recientes, durante un encuentro auspiciado por Funides escuché a un alto consultor del Ministerio de Educación preguntándose si realmente necesitamos hacer investigación.

Este tipo de posiciones que estimula la mediocridad y dependencia del exterior, plantea que los pocos recursos deberían utilizarse para la productividad, pero ignora que no se puede dejar de lado la importancia de las nuevas tecnologías y avances científicos en la mejora de la cadena productiva y en el combate a las enfermedades. La dependencia científica sólo la podemos ir acortando cuando empecemos a pensar en formas autóctonas que respondan a nuestras necesidades.

Las tendencias actuales del desarrollo económico basado en el conocimiento indican que los países en vías de desarrollo corren el riesgo de empobrecerse aún más si no incorporan la ciencia y la tecnología como factor importante de su estrategia económica. Ante esta situación, Costa Rica ejecuta un plan de ciencia pensado para 25 años.

El camino seguido por nosotros, en cambio, ha sido errático y contradictorio. En términos relativos a su población, Nicaragua posee la comunidad científica más pequeña de la región. El poco desarrollo científico se ha debido gracias al ímpetu de algunos investigadores y varias iniciativas de las principales universidades del país como la UCA que con sus 17 centros e institutos de investigación concentra cerca de la mitad de todo el quehacer científico del país.

Sin embargo, este esfuerzo en la investigación contrasta con la carencia de una institucionalidad científica y políticas públicas que faciliten un crecimiento coherente. Puesto que este modelo más altruista que programático no es sostenible a largo plazo, la solución de estas contradicciones no puede postergarse. Para fortalecer la economía y empezar el camino hacia el desarrollo hace falta que nuestros gobernantes se convenzan de que invertir en ciencia es invertir en un futuro sustentable. Urge implementar una estrategia de mediano y largo plazo que consideren el conocimiento como el motor de la competitividad y calidad de vida.

Dos puntos fundamentales de dicha estrategia deben ser la consolidación de la institucionalidad científica que incluye al Consejo Nicaragüense de Ciencia y Tecnología (Conicyt), y los centros de excelencia investigativa de las universidades, y el financiamiento para la formación de mejores recursos humanos. La agenda mínima formulada por la Sociedad Científica Nicaragüense (SCN), es un aporte valiosísimo para despegar.

Por otra parte, en congruencia con la aspiración humanista de alcanzar una sociedad más justa, un compromiso ineludible del nuevo gobierno será dar los primeros pasos hacia una mejor educación científica en todos los niveles, inclusive en lo que algunos llaman la “popularización” o “democratización” de la ciencia. Y en esta misma línea, fomentar el uso de las nuevas tecnologías y el conocimiento —desde la biotecnología a la epidemiología molecular— para identificar oportunidades emergentes y programas que directamente beneficien a los más necesitados.

El nuevo Poder Ejecutivo tiene el reto ineludible de implementar cambios sustanciales en materia de ciencia y tecnología. A su favor encontrará el talento y el entusiasmo de muchos jóvenes que, ante la tentación de la fuga de cerebros, preferirían quedarse a contribuir con su patria. El desafío que se le plantea al gobierno es que se arme de voluntad y valentía política suficientes para no desalentarnos.

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