Fin de disputa de siglos entre católicos y luteranos
Adolfo Miranda Sáenz
469 años después de la Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero, la ciudad de Augsburgo (Alemania) se volvió a convertir el 31 de octubre de 1999 en cruce de caminos del cristianismo. Allí se firmó la Declaración conjunta entre católicos y luteranos sobre la doctrina de la justificación. Fue esta precisamente la doctrina fundamental que dividió a las dos iglesias en 1530, cuando Lutero presentó al rey Carlos V la Confesión de Augsburgo. La fecha escogida para la firma del documento fue especialmente simbólica, pues también recuerda aquel 31 de octubre de 1517 en el que Martín Lutero publicó sus 95 tesis de Wittemberg. El texto que firmaron el cardenal Edward Idriss Cassidy, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, y el obispo Christian Krause, presidente de la Federación Luterana Mundial, recoge los frutos de 30 años de diálogo surgido tras el Concilio Vaticano II.
Mientras la Iglesia Luterana hacía énfasis en la fe para obtener la justificación de Dios por nuestros pecados, la Iglesia Católica enfatizaba también la necesidad de practicar buenas obras. Los luteranos repetían con San Pablo que “Dios justifica al hombre por la fe, independientemente de sus obras”, mientras los católicos repetían con Santiago que “la fe sin obras, es muerta en sí misma”. (Romanos 3.28. Santiago 2.17). Dos textos en apariencia contradictorios, que en realidad son complementarios. En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación fueron la causa principal de la división y dieron lugar a las condenas mutuas. Por lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable para acabar con la división. El diálogo ecuménico ha permitido llegar a un consenso respecto a la justificación, gracias al cual las mutuas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican en nuestros días.
Sin pretender en este breve artículo profundizar teológicamente, puedo decir que ahora, en resumen, católicos y luteranos confiesan conjuntamente que la justificación —que nos alcanza la salvación— no se produce por mérito propio del ser humano, sino que es fruto de la fe en Jesucristo y su obra redentora; es una gracia, un don de Dios inmerecido por nosotros. Asimismo, el ser humano coopera aceptando la acción justificadora de Dios, no rechazándola. Esa fe, si es auténtica, renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos para hacer buenas obras. Dicha fe es activa en el amor y por consiguiente el cristiano no puede ni debe quedarse sin producir buenos frutos.
Además, el justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por estar expuesto al poder del pecado y a sus ataques apremiantes, el ser humano no está eximido de luchar durante toda su vida contra la oposición a Dios y la naturaleza egoísta del viejo Adán. Asimismo, el justificado debe pedir perdón a Dios todos los días, como en el Padre Nuestro, y es llamado incesantemente a la conversión y la penitencia.
La Declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación. A la luz de este consenso, las diferencias de lenguaje, elaboración teológica y énfasis que aún puedan subsistir, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no contradicen el consenso sobre los postulados fundamentales. Sin duda, un gran paso trascendental para la unidad, que se suma a otros importantes pasos de acercamiento dados por varias iglesias cristianas.
El autor es abogado.

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