Olvídense que hace dos semanas cometí el error de afirmar que El Secreto de la Montaña había ganado el Oscar —aunque se lo merecía—, olvídense por todos los cielos de todas aquellas diferencias que tienen conmigo y vámonos a disfrutar la última aventura de los X Men acompañados de nachos, porque últimamente tienen un excelente sabor.
Esta ha sido la más sorprendente de las entregas que he visto en los últimos años, sólo comparada con las emociones que sentí al ver la saga de Matrix o de La Guerra de las Galaxias.
No, que no los engañe la máxima que ni las segundas ni terceras partes son buenas. Para esta película están desechadas todas las “malas vibras” porque de entrada se lleva las palmas y nos deja casi sin aliento, porque cada vez hay que abrir más y más la boca del asombro de lo que fue capaz el director, y mejor ni digo quién fue, no vaya a ser que otra vez me equivoque.
Sí, realmente creí que tras la segunda parte vendría un colapso de la historia, pero estaba equivocado. Los X Men volvieron con superior fuerza y una rebelión de proporciones épicas que hará desaparecer desde el puente de San Francisco hasta tu cuerpo y alma, porque el que no se sostenga bien de su butaca, quedará expuesto a ser pulverizado y lanzado a miles de kilómetros como si fuera un muñeco de trapo en manos de Bambam, el niño superdotado de Los Picapiedras.
Parecía mentira que todavía quedaran tantas cosas con qué sorprendernos, tantas incógnitas qué responder, tanto qué escarbar y aunque extrañé la falta de meterse en la mente de los personajes para explicar un poco más sus motivos y pasiones, quedé satisfecho debido a la velocidad con que se mueve la historia a un ritmo tan violento que si uno va por unas palomitas, seguro que cuando vuelva, ya todo ha acabado como en esas fascinantes peleas de Mike Tyson en las que en un parpadear, el contrincante estaba inconsciente en la lona.
Fue una entrega en la que abundaron los buenos efectos especiales y tampoco se dudó en sacar del juego a los que ya no era necesario tenerlos, sin extender mucho más su presencia hasta hastiarnos.