Nunca me había percatado de los disparates ortográficos en las escrituras de los abogados.
Fue por una coyuntura de mi vida personal donde me vi envuelta en el kafkiano mundo de las leyes, que me dediqué a escudriñar cómo masacran nuestro idioma algunos profesionales del Derecho.
Digo algunos, porque tengo ejemplos de corrección excelente cuando usan nuestro idioma, pero por desgracia no es la mayoría. Y aclaro, mi abogado personal escribe muy bien.
Como en la vida de todo se aprende, y de lo malo brota lo bueno, en medio de esta situación personal estoy descubriendo un tema apasionante, y es el del lenguaje empleado por los abogados.
He visto tantos errores ortográficos en las escrituras que me pregunto si estos profesionales no estudiaron ortografía en algún momento de su vida.
Pareciera un hambre eterna de comer acentos, porque ellos brillan por su ausencia.
Si son los signos de puntuación, eso merece un capítulo especial. Como diría mi padre: “alabao, esto es lo último”.
He conversado sobre el tema con ciertos abogados y el primer argumento que me esgrimen es las peculiaridades del estilo notarial.
Ellos deben utilizar términos en latín, algunas expresiones que en la lengua coloquial están desechadas pero no para los fines legales.
Estuve leyendo sobre el tema y la idea predominante es que el lenguaje y estilo de los instrumentos públicos deben ser los idóneos desde el punto de vista de la corrección idiomática.
Las escrituras deben redactarse en idioma español, claro, puro, preciso, sin frases oscuras o ambiguas.
Además debe cumplirse con la propiedad en el lenguaje y la severidad en la forma, para que se pueda hablar de un ejemplo positivo a la hora de redactar.
Si se comprenden las especificidades legales pero no puede ese motivo justificar las barbaridades que escriben.
Tal vez sean muy buenos en su labor, pero si escriben mal nuestro idioma son unos perdedores, amén del dinero que hagan, porque están demostrando mala formación profesional.
Recordemos que de las filas del Derecho salieron numeroso intelectuales de talla mayor. Eran personas muy ilustradas y con un dominio exquisito del idioma.
En cierta ocasión impartí un curso de oratoria para estudiantes y profesionales de la carrera de Derecho. Allí quedó demostrado que la persona que mejor habla tiene más posibilidades de argumentar su caso.
Y si hablar bien supone escribir con corrección, sólo nos queda instar a los abogados a que se preocupen por usar mejor su lengua materna y no seguir en su glotonería ortográfica porque engordarán demasiado.