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Más que unidad liberal

Modernamente, el concepto de “fuerza democrática” es ajeno a la identificación de izquierda, centro o derecha. Este concepto se refiere más bien a la postura de aquellos que creen que un clima de libertad política, social y económica es el camino correcto para el desarrollo humano integral. Esto incluye la promoción del sistema de libre mercado; el respeto a la libertad de expresión; el fortalecimiento de la institucionalidad y del Estado de Derecho, el sometimiento de todos los ciudadanos a las leyes y la independencia de los Poderes del Estado. En consecuencia, las fuerzas democráticas por definición se oponen al continuismo, al caudillismo y al autoritarismo.

Sin duda que los partidos representados en la Asamblea Nacional —excepto el Frente Sandinista— caben dentro del concepto de fuerza democrática. Por lo tanto, las iniciativas actuales de varios líderes políticos de unir esfuerzos para contrarrestar la tendencia dictatorial del actual Gobierno es saludable y atinada, pues sólo unidos pueden los demócratas hacer sentir su fuerza. Desde luego que esto requerirá de mucha madurez y humildad pero, sobre todo, de patriotismo. Una coalición de fuerzas democráticas tendría que encontrar un mecanismo consensuado para elegir un liderazgo que les represente. Se ha hecho en el pasado y se puede hacer de nuevo.

Esto, por un lado, evitaría que Daniel Ortega y el Frente Sandinista sometido a él sigan llevando a nuestro país por desfiladeros peligrosos y, por otro lado, aseguraría que Nicaragua salga del atraso y que el pasado nefasto de control de la economía, de los medios de comunicación y de la vida privada de los ciudadanos, así como de confrontación geopolítica y de odio de clases, quede enterrado para siempre. Es urgente trabajar en función de la nación. No hay que esperar a que el incendio se extienda por toda la casa y la devore por completo. Nuestros hijos y nietos tienen el derecho de vivir en una democracia que les ofrezca libertades y oportunidades de estudio, de trabajo y de desarrollo. Nicaragua cuenta con recursos naturales suficientes, con ciudadanos trabajadores e industriosos, con amigos generosos en la comunidad internacional dispuestos a ayudarle para salir adelante. Lo que el país ha logrado a pesar del boicot de algunos de sus malos hijos es mucho para tirarlo por la borda.

Hasta la fecha, el danielismo hizo un trabajo frío, calculado y sistemático para estorbar el desarrollo democrático y usar todos los espacios para volver al poder. Cuando el entonces presidente Enrique Bolaños entregó a Arnoldo Alemán en las manos del sistema judicial orteguista para que respondiera acusaciones de graves actos de corrupción, seguramente no esperaba que Daniel Ortega aprovecharía esa decisión para regresar a la Presidencia. El propósito de Bolaños de combatir la corrupción era una buena intención pero, sin el apoyo de su propio partido, se convirtió en una tarea imposible. Ortega exprimió la situación de Alemán como se exprime una naranja madura, hasta extraerle la última gota de jugo. La lucha contra la corrupción era y es para el ahora Presidente sandinista, una cuestión totalmente secundaria. ¿Acaso no fue su gobierno de los ochenta uno de los más corruptos de nuestra historia? Préstamos multimillonarios, expropiaciones, piñatas son todo parte de la historia política de Ortega. ¿Quién procesó a los sandinistas por apropiarse de lo que no les pertenecía? Para Ortega, la acusación contra Alemán era relevante simplemente porque le permitiría regresar al poder. Y así ocurrió.

Ahora, las fuerzas democráticas deben volver al punto en donde se perdieron al tomar cada cual por su propio camino y ceder el control del poder y el manejo de la democracia a una pandilla de políticos codiciosos y corruptos. Ahora hay que armarse de madurez política diseñar una estrategia conjunta para salvar a Nicaragua de la dictadura que se está levantando poco a poco como una tormenta que oscurece el cielo.

Por eso no se debe hablar simplemente de la “unidad liberal” pues hay sectores no liberales —incluyendo a gran cantidad de ciudadanos sin partido— que deben ser incluidos en un proceso de diálogo que lleve a la formación de un frente democrático amplio y sólido que sirva como muro de contención contra el autoritarismo que amenaza a todos los nicaragüenses. ¡Ah! Pero sin falta debe haber un compromiso de transparencia efectiva y de repudio a los corruptos, porque democracia y libertad son irreconciliables con la corrupción.

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