Pbro. José de Jesús Jiménez
Se puede decir que la Biblia es uno de los libros más leídos. Hay muchos libros de autores antiguos que se leen, pero generalmente por especialistas o por iniciados en los temas correspondientes, pero la Biblia es leída por personas de todos los niveles intelectuales. ¿A qué se debe ese fenómeno?
Algunos leerán la Biblia por curiosidad —pocos—, la mayoría porque en la Biblia espera encontrar respuestas a las interrogantes que más afectan al hombre: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿cuál es el sentido de la vida? ¿cómo encontrar la felicidad? ¿en qué consiste el verdadero amor?
Para algunos las respuestas que da la Biblia son una opinión más, pero de mucho peso, ya que toda la cultura de occidente se ha edificado sobre la sabiduría en ella contenida. Para otros, las respuestas que da la Biblia son las respuestas, las únicas válidas para las aspiraciones más profundas del hombre.
En cualquier caso, quien quiere llegar a algún sitio ha de elegir el camino para conseguirlo. La Biblia es, al menos, un camino que muchos han seguido y siguiéndolo muchos han llegado, es de sentido común conocerla al menos para tomar las propias decisiones.
Antes de adentrarnos en la materia es necesario hacer unas consideraciones preliminares. Esas consideraciones están orientadas a conseguir la actitud mental adecuada para entender el mensaje y a configurar el marco en el que se sitúa la Biblia.
El primer punto se refiere a los distintos modos que los hombres tenemos para conocer la realidad. Salta a la vista que son diferentes las actitudes mentales del matemático, del botánico, del economista, del comerciante, del político, de la madre que conoce a su hijo. Y sin embargo, en todos los casos se tienen conocimientos verdaderos. ¿Cuál es la actitud mental para conocer el mensaje de la Biblia?
El segundo pretende hacernos ver en qué se distingue la Biblia de cualquier otro libro que pretenda también dar respuestas a las interrogantes más profundas del hombre. La Biblia no es una exposición científica acerca del Universo, no es un tratado de antropología ni siquiera un tratado de teología, en el sentido tradicional de la palabra.
La Biblia es un libro que pretende recoger la intervención de Dios en la vida de los hombres, el diálogo de amor de Dios con los hombres. Y precisamente cómo se dirige a todos los hombres está escrita en un lenguaje que todos puedan entender. Por supuesto que en ese diálogo, como en todo diálogo, se dan a conocer sus interlocutores, los fines e ideales de cada uno, los planes que tienen; en este diálogo, además, uno de ellos, Dios, arroja luz sobre lo que es el otro, el hombre.
Desde luego que existen otros libros que podemos encuadrar dentro del género de “Libros religiosos” como son el Corán, las Máximas de Confucio, el Zendavesta, incluso podríamos, si ampliamos mucho el concepto, incluir aquí todas las mitologías. Alguno de esos libros nos hablan de Dios, otros de la constitución del mundo, del origen del mal, nos dan normas de comportamiento. Pero, a diferencia de la Biblia, nos hablan de un Dios imaginado por el hombre y de una constitución del mundo también imaginada por el hombre, no de realidades.
La Biblia tiene la pretensión de hablarnos de un Dios real, no construido por la imaginación del hombre, del origen del mundo como algo real, no como una mitología, de unas normas de conducta enunciadas por aquél que conoce al hombre. Pero no es ésta la pretensión última de la Biblia.
PALABRA ETERNA
Cuando hablamos de diálogo debemos notar que, en cierto sentido, estamos hablando de la actividad más crucial para el hombre. Un hombre sin diálogo es un solitario, incompleto, sin amigos, sin amor. La única forma que tiene el hombre de comunicarse es abrirse al tú con el diálogo. Por supuesto que el diálogo tiene distintos grados de profundidad y, dependiendo de esos grados de profundidad, son los lazos de unión que establece.
Pues bien, ese diálogo al que pretende incorporarnos la Biblia es un diálogo de amor con Dios, en el que se establecen vínculos tan estrechos y profundos que se puede hablar de amistad, filiación. Más aún, pretende incorporarnos a ese “diálogo” eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y que la unión establecida por ese diálogo se refleje en la Iglesia, es lo que pidió Jesucristo en su oración sacerdotal: “ut omnes unum sint sicut tu pater in me et ego in te, ut sint unum sicut et nos unum sumus” (Juan). Algunos místicos han llegado a decir que en la unión con Dios el diálogo llega a ser: Dios dice al alma: todo lo mío es tuyo y el alma dice a Dios: todo lo mío es tuyo.
¿Pero la Biblia no nos relata un diálogo que tuvo Dios con hombres que ya murieron? ¿Cómo es posible que yo me incorpore a ese diálogo? Efectivamente, la palabra del hombre es temporal, se pierde en la historia, pero la de Dios es eterna y permanece siempre actual. Más aún, la palabra del hombre, en la medida que es parte de ese diálogo con Dios, de alguna manera participa de esa eternidad y de esa actualidad. Por eso puedo yo incorporarme a ese diálogo que llamamos también revelación pública y convertirlo en un diálogo personal: yo y Dios.
Por todo lo anterior se ve claro cuál es la disposición que hemos de tener para leer la Biblia con fruto. Ha de ser una disposición de fe y amor. Esto implica la vida de la gracia y la vida de oración. Se trata en realidad no sólo de leer la Biblia sino de vivir dentro de esa historia de amor que son el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.
Tomado en www.encuentra.com