Reportaje Especial
Cacaulí recobra vida con la Virgen
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 | Los habitantes de Cacaulí prácticamente viven mordiendo su propia pobreza. Para llegar al lugar, hay que desviarse cuatro kilómetros desde la propia entrada de Somoto, donde aún yacen los esqueletos de una extinta gasolinera. Sus pobladores dicen que ahí se podría morir uno de tristeza, con excepción de los días 8 de cada mes, cuando llega un río de feligreses |
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Algunos feligreses llevan recipientes con agua, para que la Virgen los bendiga, y ayude a la sanación de sus familiares. LA PRENSA/G. MIRANDA. |
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Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Segunda entrega.- “La Virgen María me dijo que mi hijo está en el cielo”, dice Clara Nimia Gómez, habitante de Cacaulí, quien asegura también que la ha visto más de una vez.
Vive junto a su esposo Miguel Jiménez. Dice que “cuando empezó a aparecer, fui y me curó de una gran enfermedad que tuve”. Esa enfermedad era tristeza. La tristeza por la desaparición de su hijo Jaime Jiménez, en 1983, cuando tenía 19 años. Cortaba café en la zona como voluntario y jamás lo volvió a ver.
“Lo mataron”, dice Gómez, “pero en esos años estaba todavía desesperada por encontrarlo y fue hasta en 1993 que la Virgen me dio la calma para seguir viviendo”.
Gómez asegura haber visto “señales en el cielo” que indican la presencia de la Virgen María. “Todo se pone de colores lindos”. La segunda vez la curó de “una herida en el corazón”. Su rostro no muestra señales de dolor. “Ahora sé que mi hijo está en el cielo. Ella me lo dijo y mi tristeza desapareció”.
El camino de acceso es difícil, pedregoso y lleno de un polvo liviano que sube y se multiplica ahogando la respiración. A los lados del camino, los árboles agonizan de sed, las ramas secas y tostadas, parecen implorar al cielo por lluvia.
Subiendo una pequeña cuesta, se llega al lugar de las apariciones, clavado en una pendiente que al fondo nos deja un valle montañoso. El aire fresco y la quietud, giran desordenadamente en el lugar.
LUGAR PARA MORIR DE TRISTEZA
Entramos en una casa o más bien en una construcción de madera podrida, arcilla petrificada, cuarteada y milagrosamente en pie. Nos recibe un señor que descansa en una silla. Sus ojos celestes desgastados son tristes. No cambia de expresión. La risa no aparece en su rostro y nos mira como si hablara con dos muertos, como si el fotógrafo y yo fuéramos fantasmas.
–“Ni una vez. Para qué lo voy a engañar”, dice.
Nunca ha ido a ver las apariciones de la Virgen María, aunque está a menos de cincuenta metros del lugar. Se llama Matilde Suárez Morales y tiene 68 años. Dice tener “tiempales” de vivir en Cacaulí y que oyó de las apariciones hace unos seis años.
En la cocina, su mujer pacientemente se peina el cabello blanco con algunos pedazos negros. Se llama Amada Aroca. Tiene 65 años y conoció a Suárez hace 35 años, un año después de la muerte de su primer esposo José María Rodríguez, con quien procreó tres hijos. Después vino a vivirse a Cacaulí. Afirma que nunca ha ido al lugar de las apariciones.
Pero está temerosa. Con su puño se tapa la boca cuando sonríe. “Para qué querés ver estos cadáveres feos”, dice riéndose.
Se queja del lugar. “Aquí todo está muerto. Lo único es el día de las apariciones, ese día sí que viene mucha gente. Pero aquí no crece nada y solamente llueve dos veces al año. Es un lugar para morirse de tristeza”.
VECINA NO CREYENTE
Al frente, vive Petronila Colindres, de 77 años y nueve hijos. Tranquilamente descansa en la silla mientras tres perros y dos gatos deambulan por el piso de tierra. “Nunca he ido porque no creo en esas cosas”.
Dos pares de botas descansan en la sala. El perro negro con blanco atacó al gato gris y éste huyó por la puerta trasera. El dueño de las botas, entra y las lleva a otro cuarto. Es su hijo Pedro Joaquín, quien heredó las cejas de la madre.
“Me sorprende ver tanta gente”, dice. “Yo no sé en qué va a terminar esto, pero la verdad me eriza los pelos tanta gente creyente”.
Cuando salimos de la casa, el mexicano Pedro Fernández canta: “¡Quién te dice te quiero... quién te besará tu peloooo!”.
TESTIMONIO DE SANACION
Doña Lucila Mejía, de 90, viene con una sonrisa grande arrastrando su joroba. Se acerca y dice con un humor excepcional. “¿Me dijeron que ustedes me van a llevar al basurero?”. Para nada. “Bueno, al menos que me hagan jabón”, dice riéndose.
“Dios no me va a dejar mentir”, dice como preámbulo. “Yo la he visto. Tuve una revelación a través de una botella con agua”.
Mejía asegura que antes sufría de “un cansancio horrible” y que “se me iba el mundo, casi me desmayaba cuando caminaba mucho”, pero después de su experiencia con la Virgen, “estoy mejor. Siento que me cambió el corazón. Ya ves, a mis años, yo debería estar clavada en una silla, pero camino más que un chavalo”.
FE LA MUEVE DESDE CUSMAPA
En la calle, viene caminando descalza Marta Vásquez, de 45 años, junto a sus hijos María Anselma, de 13 y Juan José, de 15 años. Vienen desde San José de Cusmapa para “ver a la Virgen”. Cada uno lleva un recipiente con agua “para que sea bendecido y después lo bebemos para sanarnos”.
Es la tercera vez que visita el lugar y asegura que lo seguirá haciendo, porque “la verdad, es que la Virgen está ahí y los que no la pueden ver, sienten su presencia”.
LOCALIDAD ESPECIAL PARA ENFERMOS
- Hay que bajar con cuidado para ver la gruta de piedras y cemento en la que está la imagen de la Virgen María junto a la del Niño Jesús. En el lugar se ha instalado una carpa gris que tapa parcialmente la parte de abajo y la de arriba ha sido rústicamente preparada para recibir a los fieles que vienen los ocho de cada mes al sitio.
- Ripios de madera han sido clavados para hacer bancas y el zinc está precariamente sostenido por troncos delgados de madera, enterrados en el piso sin ningún tipo de supervisión. El lugar está dividido en tres. La zona derecha para los “Enfermos Graves”. La izquierda sin ninguna señal y en medio, está un pasillo desde el que se llega a un semicírculo desde donde se aprecia la gruta con las imágenes protegidas por un vidrio.
- La propiedad es de Dora Dávila, tía de Panchito, el muchacho que asegura ver a la Virgen María. Pero ella no está. Viene hasta tarde porque da clases de primaria, en Somoto.
MENSAJES A TRAVES DEL VIDENTE
Estos son algunos de los mensajes recopilados por Francisco Dávila, Panchito, el joven que asegura ver y escuchar a la Virgen María en el poblado de Cacaulí, cerca de Somoto y que han sido transcritos por diferentes personas.
Sobre desastres
— “Este fin de año y en el 2000, morirá mucha gente en el mundo, los que queden serán bendecidos por mí y vivirán en paz (se dio la tragedia por inundaciones en Venezuela y otras). 8 de noviembre de 1999
— “Durante todo el año 2000 habrá grandes cambios en los gobiernos del mundo y será para mal, habrá caos y destrucción”. 8 de noviembre de 1999
— “Oren mucho, porque en un lugar del mundo va a haber una gran destrucción en este año. Por eso aquí en Nicaragua no ha habido nada, porque continúo apareciéndome en este Valle tan humilde. Yo quiero que reciban mi bendición nuevamente”. 8 de abril año 2001
Armamentismo
— “Los hombres han provocado la ira de Dios. Son los únicos culpables de los castigos enviados a la Tierra. Deben orar mucho y cambiar de vida”. 8 de noviembre de 1999
— Los hombres, en el mundo, fabricarán instrumentos de destrucción que envenenarán el planeta, solo se salvarán quienes beban mi agua. Sábado 8 de enero año 2000.
A los jóvenes
— “Los jóvenes que andan en malos pasos y consumen drogas, deben dejarlas y orar a mi Hijo, para que los libere de ellas y yo los bendeciré”. Sábado 8 de enero año 2000.
Con este artículo:
Frutos Valle: “Ahí se siente la presencia de Dios”. 
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