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MIéRCOLES 10 DE OCTUBRE DEL 2001 / EDICION No. 22517 / ACTUALIZADA 12:45 am

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La cuarta guerra

Se dice que los bombardeos contra las instalaciones militares del régimen de los talibanes en Afganistán y las bases terroristas establecidas en el territorio afgano, son las primeras acciones de la cuarta guerra mundial (la tercera guerra mundial habría sido la “Guerra Fría”), que se librará en todas partes del mundo donde actúen los terroristas y donde el terrorismo sea financiado, alentado o protegido por gobiernos, organizaciones y empresas de cualquier naturaleza.

En realidad, esta guerra no es contra los musulmanes, como pretenden hacer creer Ossama Bin Laden y sus partidarios abiertos y encubiertos. Ni siquiera es una guerra sólo contra la organización terrorista Al-Qaeda, a la que se imputan los horrendos crímenes del 11 de septiembre. Es también una guerra contra los terroristas de la ETA, en España; del IRA, en Irlanda; de las FARC, en Colombia; o los tamiles de Indonesia.

El Islam, igual que todas las muchas religiones que hay en el mundo, es una religión de paz, de amor, de compasión, de tolerancia, de ética y de compasión al prójimo aunque pertenezca a otras creencias. El enemigo mortal de la democracia, de la igualdad, del liberalismo político, de la separación de la religión y el Estado y de la igualdad entre los sexos, no es el Islam, sino una minoría de musulmanes fanáticos. La gran mayoría de los musulmanes son gente buena, piadosa, con virtudes y defectos igual que todos los seres humanos, ya sean cristianos, judíos, budistas o hinduistas.

Por otro lado, se dice también que en la guerra contra el terrorismo no puede haber neutralidad política ni moral. Es cierto. Ante la gravedad de las circunstancias y en la situación creada en todo el mundo a raíz de los atentados del 11 de septiembre, ya no se puede seguir tolerando a regímenes que sustentan al terrorismo ni a organizaciones políticas que son amigas de los terroristas, que los protegen y defienden de diversas maneras.

Para bien o para mal, todos los países del mundo están involucrados en la guerra contra el terrorismo, y Nicaragua no puede ser la excepción. La casualidad histórica ha hecho coincidir la guerra mundial contra el terrorismo con unas elecciones en Nicaragua en las que los sandinistas tienen, según las encuestas, una buena oportunidad de alzarse con la victoria y regresar al poder. Y esto motiva a muchos nicaragüenses y a gobiernos democráticos que auspiciaron el proceso de pacificación y democratización de Nicaragua, sobre todo el de EE.UU., a temer que nuestro país de nuevo pudiera ser un santuario del terrorismo internacional.

La razón por la que la comunidad democrática internacional y particularmente Estados Unidos de Norteamérica observan con preocupación el desenvolvimiento del proceso político nicaragüense y la posibilidad de un triunfo electoral sandinista, es comprensible: los sandinistas, cuando gobernaron Nicaragua, acogieron a terroristas de todas partes del mundo, permitieron o instalaron bases para su entrenamiento y se vincularon con los gobiernos extremistas que usaban todas las formas de lucha, incluyendo el terrorismo, contra Estados Unidos y los países democráticos en términos generales. Y después que perdieron las elecciones y entregaron el poder en 1990, los sandinistas continuaron siendo amigos de gobernantes que violan masivamente los Derechos Humanos de su propia gente e instigan el terrorismo a escala internacional; y siguieron siendo camaradas de organizaciones radicales y terroristas de diversos países.

Inclusive, en 1995, durante la discusión de la reforma constitucional de ese año, los sandinistas se opusieron a una moción que proponía modificar los artículos 42 y 43 de la Constitución Política de la República para excluir a los terroristas internacionales del derecho de asilo en Nicaragua y hacerlos sujetos de extradición.

Los sandinistas, que son respaldados por gran parte de la población nicaragüense y tienen una gran responsabilidad por los destinos de la nación, deberían romper de manera expresa, pública y verificable los nexos que aún los unen a gobernantes y organizaciones terroristas de otras partes del mundo. Pero no sólo porque podrían ganar las elecciones o seguir en la oposición, sino también, y ante todo, porque repudiar y combatir el terrorismo es una obligación moral y un compromiso con Nicaragua y con toda la humanidad.  
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